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Nadie es más que nadie

Publicado el 9 de enero de 2022, 22:46

Procuremos afinar el oído. Cuando hoy se repite eso de que no tengo por qué compararme con nadie, tal vez quiera subrayarse la dificultad de dar con un criterio valorativo aceptable para todos y de aplicarlo con la debida justeza a los méritos o vericuetos del alma de cada cual. Podría ser que allí resonara, malinterpretado, el ideal clásico de la autárkeia. Pero lo más probable es que semejante actitud provenga de una encastillada autosuficiencia o del temor a un resultado desfavorable de aquella eventual comparación.

 

1. De ahí que se reitere, a fin de impedir cualquier juicio sobre la valía de un hombre con relación a otros, que todas las comparaciones son odiosas. Nada más cierto cuando pretende medirse lo que nada tiene en común, o conforme a pesas de valor equivocadas; también si quiere evitarse efectos tales como alentar la vanagloria de uno o la humillación de otro. Fuera de ello, no tendría que ser repudiada sin exponerse a caer en el mutismo o en el sinsentido.

Si hoy la comparación parece haberse vuelto especialmente insufrible, quizá se deba a que un erizado amor propio ha revestido de una apariencia abominable a la disposición misma a emitir juicios morales. Ese tan frecuente «¿quién soy yo para juzgar a nadie?» suena las más de las veces a un retador «¿quién es nadie para juzgarme?», y la consigna de no juzgar no nace tanto del respeto hacia el otro como del temor a recibir una mala calificación en ese examen. Difícil será sentir algún gusto por el superlativo, si tanta prevención suscita ya el mero término comparativo.
Claro que no hay comparación en valor de la que uno no pueda precaverse anticipando o concluyendo que algo o alguien son sencillamente diferentes. El sosiego adviene en cuanto nos zafamos de la responsabilidad de emitir un juicio de valor que pueda volverse contra nosotros o malquistarnos el favor del colega. No es sólo el miedo al error el que nos frena, sino el miedo a las protestas del que se tiene por —igual de— diferente. De suerte que ya no es preciso poner de manifiesto ni admiración ni desprecio, porque el mero dejar sentada la diferencia excluye toda pesquisa ulterior.

 

2. El siguiente paso viene con la solemne aseveración de que nadie es más (ni menos) que nadie, hasta ahí podíamos llegar. Quien hoy se arriesgue a insinuar aquel viejo dictamen de Heráclito, «Uno solo es para mí como miles, si es el mejor», se adentra en terreno minado. Lo que cualquiera reconoce a cada momento (que alguien está más o menos desarrollado que otros en una amplia gama de órdenes, desde el intelectual hasta el atlético), eso lo negamos tajantemente en cuanto ese «más/menos» se refiere a las cualidades morales. Aquí sobra todo acercamiento, y cualquier intento de indagar o probar esta peculiar valía será tomado como una pretensión desmedida. Atreverse siquiera a pensar lo contrario será una tentación a la que, como mucho, puede uno ceder en el fuero interno de su conciencia, donde no tenemos que rendir cuentas a nadie, pero jamás en el espacio social o público.
Y no siempre es la piedad ante la previsible humillación de quien saliera malparado del contraste ni la prudencia de evitar el orgullo desbocado del ganador las que desaconsejan ponerse a medir la valía respectiva. La dignidad intocable que con justicia nos atribuimos parece marcar un tope absoluto para semejante pretensión. Es de suponer que eso querría decir Machado al reiterar que, «por mucho que un hombre valga, nunca tendrá valor más alto que el de ser hombre». Y es cierto: no podemos ser ni más ni menos que hombres. El error estriba en olvidar que esa esencial dignidad, conforme a los elementos que la configuran, contiene una dimensión potencial. Si nuestra humanidad se revela en nuestra conciencia y libertad, entonces podremos ser más o menos humanos y, a fin de cuentas, más o menos que otros hombres. Es decir, según hayamos desplegado mejor o peor esas posibilidades encerradas en la dignidad que nos distingue. No debe sonar a juego de palabras decir que cada persona debe hacerse digna de su dignidad humana.

 

3. Claro que, si nadie es más que nadie, añadiremos enseguida que yo no tengo que imitar a nadie. No tendré modelo alguno, porque ni puedo conceder a alguien como yo tal preeminencia ni consiento ser su copia aproximada. Acabemos, pues, con la «competitividad» escolar y otras clases de emulación, como si fueran indicios de incompetencia moral. Tampoco admito servir de modelo para nadie, por halagüeño que ello resuene, porque no entra en mis planes asumir semejante responsabilidad. Uno es el modelo para sí mismo; o ni siquiera eso: carezco de modelo y en cada momento soy mi propio original, porque soy radicalmente original. Que luego estos presuntos originales seamos tan parecidos será cosa del diablo.
La conclusión está cantada: yo no tengo por qué admirar a nadie. Al menos en el terreno moral, no admitiré la superior valía de ningún otro. En este dominio no entendemos lo raro como lo escaso y por ello tal vez más valioso; según el credo vigente, eso no puede ser admirado justamente por raro o como extraño. A lo sumo, hoy se le conoce como un «referente». Escuchemos asimismo la proliferación de lo «interesante» frente a la muy pálida presencia de lo admirable; o notemos cómo hemos rebajado lo admirable a lo agradable, de igual manera que lo desagradable ya desterró del vocabulario común a lo abiertamente detestable. El caso es reprimir el entusiasmo al pronunciar el juicio, no sea que traspasemos los límites fijados por la urbanidad. Se trata más bien de mantener una actitud distante y neutra, «objetiva». Si acaso brotara, que la admiración no se nos note, porque eso nos degradaría en la consideración ajena y de rebote en la autoestima.
Por lo demás, ¿quién confesará que admira a alguien, cuando puede decir que esa persona me encanta y quedarse encantado ante lo que se le ofrece como extraordinario? Pero el caso es que el admirar moral implica aspiración, propósito de acceder a la altura del (o de lo) admirado, mientras que quien simplemente se encanta no sale de la contemplación y de su alelado disfrute. En la admiración hay un elemento de razón ausente del encantamiento o maravilla, que se deja llevar por la placentera impresión del instante. Por eso mismo, el primer afecto exige alguna perseverancia en el esfuerzo, en tanto que el simple quedar fascinado subraya la transitoriedad y aleatoriedad del suceso maravilloso. No puedo admirar cada día cosas distintas, pero sí dejarme cautivar por ellas y sus contrarias a cada paso. Se ha perdido la capacidad admirativa de entraña moral y, si subsiste, permanece como arrinconada y sin atreverse a salir a la luz. Ha triunfado el ideal del mediocre y ha salido derrotado el ideal del héroe o del santo.
La admiración, ese síntoma primero de la perfectibilidad humana, esa aspiración a la virtud que percibimos en quienes nos parecen más perfectos, ha sido demasiado malentendida. No es señal de nuestra poquedad e impotencia, sino más bien expresión de nuestra potencia: si no fuéramos afines a lo admirable, no llegaríamos a ser sus admiradores. Por esa pasión celebramos la dichosa pertenencia a una especie, la humana, capaz de producir ejemplares tan excelentes y obtenemos el impulso preciso para desear elevarnos a su altura. La admiración, el sentimiento de lo mejor, es también el mejor de los sentimientos.


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