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Sólo cumplo con mi deber

Publicado el 9 de abril de 2022, 0:14

Este tópico se dice de muchas maneras (cumplo órdenes, me limito a hacer mi trabajo —o a seguir el procedimiento—, no es asunto de mi incumbencia o de mi competencia), que podrían resumirse en el castizo yo soy un mandao. Surge a la menor insinuación o reproche de haber tenido parte en la producción de algún daño al prójimo. Responde también a muchos factores, de los que entresaco solamente dos bien conocidos.

 

1. Desde luego, en primer lugar, la obediencia a la autoridad. El sujeto aduce aquí la obediencia debida, al menos la obediencia que por lo visto disculpa o absuelve a los ejecutores del mal, como si cualquier orden debiera ser acatada sin el menor resquicio a la reflexión. Tiende asimismo a ampararse en su falta de poder para intervenir en la marcha de las cosas, ignorando las muchas formas de cambiar la dirección de esa marcha. Tampoco quiere saber que los poderosos sólo pueden abusar de su poder durante el tiempo en que los ciudadanos se lo permitan.

Un caso particular de esa conducta sumisa es el habitual proceder de la llamada personalidad autoritaria. Según se sabe, cuenta con esa personalidad aquel que objetiva la realidad en términos de poder e impotencia y se comporta acuciado por la rigidez, el convencionalismo, el conformismo y la escasa autorreflexión. No es el caso del bruto partidario de implantar el «ordeno y mando», como suele creerse. Al contrario, se refiere a la clase de individuos que necesitan recibir órdenes y obedecer, que se arropan en el narcisismo colectivo del grupo en el que se integran a fin de disfrutar de la máxima irresponsabilidad.

No se piense, pues, que el acomodarse de la conciencia individual a la autoridad establecida se ciñe sólo al régimen político autocrático; es más bien inherente a la sociedad misma, también a la democrática. La inocencia con que nos autoexculpamos tiende a achacar a la perfidia del poderoso lo que con frecuencia se debe bastante más a la medrosa docilidad del ciudadano medio. Para Primo Levi, el hombre es «demasiado sumiso, no demasiado agresivo (…); es una cuestión de excesivo respeto a la autoridad, no de ejercicio de la autoridad: éste es el mal principal». Ahora bien, la obediencia puede ser de diversa naturaleza y hay un tipo de obediente que no siempre recibe órdenes precisas o en todo caso recibe nada más que recomendaciones. Se trata de un conformismo prestado al poder del grupo o a la opinión pública. Por eso mismo la falsa tolerancia no es lo opuesto de la barbarie, sino que hasta puede ser su mejor aliada.

Hay un elemento corderil en el comportamiento de quien se limita a contemplar la iniquidad o la mentira reinantes, para a lo sumo condenarlas en voz baja y con remilgos. Vassili Grossman, que sabía algo de esto, dejó escrito que «la sumisión de las masas es un hecho irrebatible». Subraya así la autoridad más constrictiva de ese perpetuo vigilante que es la mayoría, frente a la que la rebelión es aún más difícil por formar uno mismo parte de ella. Ante esta última avergüenza menos inclinar la cabeza, porque los otros —los depositarios de esa autoridad masiva—, lejos de echarnos en cara nuestro acatamiento, se sentirán refrendados por él.

 

2. Pero sabemos que el instrumento más eficaz para reducir el alcance del deber de cada cual y renegar de cualquier obligación moral es la división del trabajo. Hay una forma bien conocida de división «interna» del trabajo, una división mental de la actividad de cada uno que nos permite perder de vista sus consecuencias y eludir en lo posible la responsabilidad aparejada. Se trata de cuartear la mente en departamentos estancos, de manera que cada tarea sucia o sospechosa de serlo quede justificada por sí misma sin remitirse al perverso resultado del conjunto. La mano derecha no sabe lo que hace la izquierda. Franz Stangí, el siniestro jefe de Treblinka, confesaba que «la única forma de sobrevivir era compartimentar mi mente». Puesto que su misión era sólo ocuparse de los objetos de valor de los judíos en el campo, él no se hacía responsable de su aniquilación. Así se descarga la culpa y no hay que dar más explicaciones.

Reflejo la una de la otra, esta división mental se corresponde con lo que llamamos en general división del trabajo. Se ha probado experimentalmente la mayor disposición del individuo a infligir o consentir el daño solicitado a medida que el proceso que ejecuta ese daño se fragmenta y tiene lugar mediante funciones secundarias. Todo lo que se interponga entre la acción del sujeto y sus efectos, todo cuanto aumente la distancia entre el agresor y la visibilidad de su víctima…, aumentará también su inconsciencia acerca del daño causado o permitido. Así pues, en una sociedad compleja es fácil sentir disminuida la responsabilidad personal cuando uno mismo no pasa de ser un eslabón intermedio en la cadena de la acción dañina. Cuando se trata de resultados halagüeños, nos atribuimos el mérito de haber cooperado a alcanzarlos. Como esos resultados sean repulsivos o funestos, en cambio, la tentación es la contraria: nosotros sólo éramos una pieza del engranaje, nuestro quehacer apenas tuvo parte en el desenlace final. Por aquí se escurre la responsabilidad individual en el seno de un grupo.

La forma burocrática de la división del trabajo representa la cima de ese método, un método que trasciende el mero orden laboral para instaurarse como la lógica última de toda organización colectiva. Representa el gran triunfo de la razón instrumental, la que pregunta sólo por la adecuación eficiente entre medios y fines al tiempo que desdeña la evaluación moral de los fines mismos. Sumidos en un proceso burocrático cualquiera, ningún individuo lo domina por completo en todas sus fases ni, por tanto, asume el producto final como de uno mismo. «En todo sistema burocrático —recuerda Hannah Arendt—, el desvío de responsabilidades es algo rutinario». Pero también significa el poder de todos al que sin embargo nadie quiere ver como propio. Definida como una forma de gobierno, «la burocracia es el gobierno de nadie y, precisamente por eso, la forma menos humana y más cruel de gobierno…». O sea, se diría, la forma impersonal en que la obediencia de todos es la obediencia a nadie en particular.

Al implantar esa lógica, la racionalidad instrumental sugiere e incluso impone a la mayoría la omisión como su modo habitual de conducta. La pregunta por la responsabilidad se resuelve en un problema de delimitación de funciones. La burocracia, esencialmente jerárquica, se caracteriza por la obsesión de asignar competencias, de manera que a cada tarea le corresponda un determinado ámbito de funciones en el que el ajeno no debe inmiscuirse. La omisión general se vuelve así obligatoria precisamente para el mejor funcionamiento del conjunto. En esta lógica implacable cada cual desempeña su cometido y sólo ése; tal es el deber que ha de cumplir, y nada más. Somos actores en una parcela social cada vez más estrecha y meros espectadores de lo que ocurra en el resto.


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