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Tartessos y las colonias

Publicado el 6 de diciembre de 2021, 14:48

«Por voluntad de los dioses, una tempestad arrastró una nave de Samos que se dirigía a Egipto y la llevó a Tartessos, más allá de las columnas de Hércules [estrecho de Gibraltar]. Como aquel mercado estaba todavía intacto, los de la nave obtuvieron fabulosas ganancias... »

Así cuenta Heródoto el descubrimiento de Tartessos por los griegos, por casualidad o por voluntad de los dioses. «Aquel mercado todavía estaba intacto», dice. Lo llama mercado y asegura que sus descubridores regresaron con ganancias nunca vistas. Para los griegos, Tartessos era El Dorado, Jauja, la tierra de los metales, de la plata, del oro y del estaño, el país donde ataban los perros con longaniza.

Para comprender cabalmente el mito de Tartessos será mejor que nos traslademos a las lejanas tierras de Oriente Medio. Por aquellos pedregales y desiertos discurrían el Tigris, el Éufrates y el Nilo, tres caudalosos ríos, cuyas crecidas anuales inundaban los llanos; al retirarse el agua, quedaban cubiertos de un limo espeso, un excelente fertilizante sobre el que se criaban estupendas cosechas de cereal y hortalizas.

Vistas sobre el mapa, las tres cuencas fluviales dibujan una media luna, el Creciente Fértil. Pues bien, en este Creciente Fértil florecieron, a partir de la revolución neolítica, una serie de Estados que son la cuna de nuestra civilización: Sumer, Babilonia, Akad, Asiria, Persia, Israel, Fenicia y Egipto.

Hoy día, el progreso industrial de un país es directamente proporcional a su consumo de petróleo, pero los países más avanzados son deficitarios en petróleo y se ven obligados a importarlo de los productores, principalmente de los países de Oriente Medio. En la antigüedad, ocurría algo parecido. El subsuelo de los países desarrollados, que eran los del Creciente Fértil, era pobre en metales. Había que importar el estaño, la plata, el oro, el cobre, que constituían el motor del progreso.

Había otro país en el Creciente Fértil, Fenicia, que no disponía de cuenca fluvial alguna en la que criar ubérrimas cosechas. Sus ríos eran mezquinos, y la franja costera donde se asentaba estaba aislada del continente por una cadena de montañas. Los fenicios, «el pueblo botado al mar por su geografía» (Heródoto), sólo disponían de los espléndidos bosques de cedros y del mar, pero también de la astucia y el sentido común necesarios para advertir que estaban predestinados a la construcción naval y al comercio marítimo. Su pericia marinera era proverbial. Baste decir que, hacía el año -600, una expedición exploratoria fenicia financiada por el faraón Necao II dio la vuelta a África partiendo del mar Rojo, para regresar, tres años después, por el estrecho de Gibraltar: una hazaña en la cual invertirían todo un siglo las carabelas portuguesas dos mil años después, en la época de Colón.

Los fenicios poseían la flota y el conocimiento del ancho mundo, con sus mercados y sus minas. Por lo tanto, se convirtieron en suministradores de metales de los países ricos de la zona, todos ellos de interior y nada inclinados a las aventuras marítimas. Además, siempre atentos a la mejora del negocio, los fenicios legaron a la humanidad dos inventos fundamentales: el dinero y el alfabeto, tan necesarios para las transacciones y la correspondencia comercial. Por cierto, estas letras en que yo escribo y usted lee, el alfabeto latino, son las mismas que inventaron los fenicios hace tres mil años (si acaso, algo alteradas ya, después de pasar por los griegos, por los etruscos y por el ordenador).

En Fenicia el comercio lo determinaba todo, incluso el sistema político. En una región en la que todos los países estaban gobernados por reyes divinizados y despóticos, los fenicios constituían una federación de ciudades que eran, más bien, grupos de empresas. El verdadero gobierno de cada ciudad estaba en manos de una oligarquía financiera, la asamblea de ancianos, una especie de consejo de administración, aunque, por cuestiones de protocolo, existía también una dinastía real representada por la familia más poderosa. Los fenicios no tenían ejército. En caso necesario, contrataban mercenarios. De todos modos, sus ciudades estaban defendidas por el mar, porque las asentaban sobre islas próximas a la costa (Tiro, Arados) o sobre penínsulas de estrechos istmos (Biblos, Sidón, Beritos [hoy, Beirut]).

Los marinos fenicios practicaban una navegación de cabotaje, sin perder de vista la costa, y procuraban establecer colonias y factorías distantes entre sí un día de navegación. Una de estas colonias fue Cartago, en la actual Túnez, que crecería hasta convertirse en una gran potencia mundial, rival de la propia Roma, como veremos en seguida.

El mayor suministrador de materias primas de los fenicios era el legendario reino de Tartessos, que se extendía por el Levante y el sur de España. Allí había de todo en gran abundancia. Filones de plata (en Huelva, sierra Morena y Cartagena); minas de cobre (en Huelva); vetas de estaño (en sierra Morena, aunque, cuando creció la demanda, hubo que traerlo también de Galicia y de las islas Casitérides, las del estaño, es decir, las Británicas). El comercio de los metales se complementaba con el de otros productos igualmente valiosos: pieles, esclavos y esparto.

Apurando el símil petrolero, podríamos equiparar a la aristocracia de Tartessos con los nuevos ricos de los países del petróleo, esos jeques que no saben ya en qué gastar sus prodigiosos ingresos y que, en el espacio de una generación, han pasado de la vida frugal e incómoda en una jaima a la ostentación de palacios; los que se han apeado del apestoso y bamboleante camello para repantigarse en fabulosos automóviles y matar el tiempo en cruceros de placer a bordo de magníficos yates. Estos patanes encumbrados por el azar de la historia constituyen la réplica lejana de los aristócratas tartesios, que posiblemente habitaban en viviendas modestas, poco más que chozas, pero perdían la cabeza por los adornos lujosos y atesoraban kilos de preciosas joyas de recargado diseño (petos, collares, brazaletes, pendientes...) y se hacían importar lujosas vajillas orientales (jarros cincelados, páteras, objetos exóticos, adornos de marfil) desde los mejores talleres chipriotas. Como un Taiwan de la época, Fenicia comerciaba en objetos pequeños y valiosos, producidos en serie y fáciles de transportar: tejidos, joyas, perfumes, adornos, amuletos, vajilla, figuritas de marfil, huevos de avestruz y otra pacotilla. Con estos productos, inundaron los mercados allá donde encontraron metales con los que comerciar. No intentaban ser originales, ni les importaba armonizar los más dispares estilos, creando una especie de kitsch que debió de ser muy apreciado por sus clientelas indígenas. Se limitaban a fabricar aceptables imitaciones de todo producto griego, mesopotámico, egipcio o de Asia Menor que se vendiera bien. Por eso, sus producciones son de difícil clasificación y causan quebraderos de cabeza en los museos. También comerciaban, me temo, con objetos robados. En Almuñécar se han descubierto urnas egipcias de alabastro procedentes de una tumba en el valle del Nilo. En la antigüedad existía un activo comercio de objetos de lujo egipcios robados en las tumbas. Y es que el personal, cuando ventea negocio, no respeta nada.


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