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DIECISIETE CONTRADICCIONES Y EL FIN DEL CAPITALISMO: CONTRADICCIÓN 1. VALOR DE USO Y VALOR DE CAMBIO

Publicado el 9 de diciembre de 2021, 1:27

NADA PODRÍA SER más simple. Entro en un supermercado con dinero en el bolsillo y con él compro algunos artículos alimenticios. No me puedo comer el dinero, pero sí esos artículos, de forma que la comida me es útil en formas en que el dinero no lo es. Los alimentos son pronto usados y consumidos, mientras que los trozos de papel y las monedas que son aceptadas como dinero siguen circulando indefinidamente. Parte del dinero que me cobran en el supermercado es a continuación pagado en forma de salario al cajero o cajera, que a su vez utiliza el dinero para comprar más comida. Parte de él se lo quedan los propietarios en forma de beneficio y lo gastan en todo tipo de cosas. Otra parte va a los intermediarios y finalmente a los productores directos de los alimentos, quienes también lo gastan de diversas formas, y así sucesivamente. En una sociedad capitalista tienen lugar diariamente millones de esas transacciones. Las mercancías como la comida, la ropa y los teléfonos móviles vienen y van, mientras que el dinero sigue circulando por los bolsillos de la gente (o las cajas fuertes de las instituciones). Así es como la mayor parte de la población mundial vive habitualmente su vida cotidiana.

En una sociedad capitalista, todas las mercancías que compramos tienen un valor de uso y un valor de cambio. La diferencia entre ambas formas del valor es significativa, y en la medida en que a menudo se enfrentan una con otra constituye una contradicción que puede dar lugar ocasionalmente a una crisis. Los valores de uso son infinitamente variados (incluso para el mismo artículo), mientras que el valor de cambio (en condiciones normales) es uniforme y cualitativamente idéntico (un dólar es un dólar, e incluso cuando es un euro tiene un tipo de cambio conocido con el dólar).

Consideremos, por ejemplo, el valor de uso y el valor de cambio de una vivienda. Como valor de uso, ésta ofrece cobijo; es un lugar donde la gente puede construirse un hogar y una vida afectiva; es un nicho de reproducción cotidiana y biológica (donde cocinamos, hacemos el amor, tenemos discusiones y educamos a los niños); ofrece privacidad y seguridad en un mundo inestable. Puede también funcionar como símbolo de estatus o de pertenencia social a algún subgrupo, como signo de riqueza y poder, como señal mnemónica de memoria histórica (tanto personal como social), como objeto de importancia arquitectónica, o simplemente para ser admirado y visitado por los turistas como creación elegante y hermosa (como la Casa de la Cascada de Frank Lloyd Wright). Puede convertirse en un taller para un innovador con aspiraciones (como el famoso garaje que se convirtió en centro de lo que iba a ser Silicon Valley). Puede ocultar un taller de trabajo esclavo en el sótano o utilizarse como escondrijo para inmigrantes perseguidos o como base para el tráfico de esclavas sexuales. Podríamos proseguir con una larguísima lista de distintos usos que se le pueden dar a la vivienda. Sus usos potenciales son, en resumen, aparentemente infinitos y muy a menudo puramente idiosincrásicos.

¿Pero qué se puede decir de su valor de cambio? En gran parte del mundo contemporáneo tenemos que comprar la vivienda o alquilarla a fin de disponer del privilegio de usarla, para lo que tenemos que emplear dinero. La cuestión es cuánto valor de cambio se requiere para procurarnos sus usos y cómo afecta ese «cuánto» a nuestra capacidad para disponer de los usos particulares que deseamos y necesitamos. Suena como una pregunta simple, pero de hecho su respuesta es bastante complicada.

Hace ya mucho tiempo, los pioneros de la frontera estadounidense construían sus propias casas sin apenas ningún coste monetario: la tierra era gratuita, utilizaban su propio trabajo (o se procuraban la ayuda colectiva de los vecinos sobre una base recíproca: tú me ayudas a mí ahora con mi tejado y yo te ayudaré la semana que viene con tus cimientos) y obtenían del entorno muchas de las materias primas (madera, adobes, etc.). Las únicas transacciones monetarias eran las relacionadas con la adquisición de hachas, sierras, clavos, martillos, cuchillos, arneses para los caballos y cosas parecidas. Todavía pueden encontrarse sistemas de producción de viviendas de ese tipo en los asentamientos informales que constituyen las áreas urbanas hiperdegradadas [slums] de muchas ciudades de los países en vías de desarrollo y así se construyeron por ejemplo las favelas en Brasil. La promoción de la «autoayuda» por el Banco Mundial desde la década de 1970
señaló formalmente ese sistema de construcción de viviendas como adecuado para las poblaciones de bajos ingresos de muchos países del mundo. Su valor de cambio es relativamente limitado.

Las viviendas se pueden también «construir por encargo». Alguien dispone de suelo y paga arquitectos, contratistas y constructores para edificar una casa con su propio diseño. El valor de cambio queda fijado por el coste de las materias primas, los salarios de los albañiles y carpinteros y el pago por los servicios necesarios para habilitar la casa. El valor de cambio no domina en este caso, pero puede limitar las posibilidades de crear valores de uso (no se dispone de suficiente dinero para construir un garaje o todo un ala de una de una mansión aristocrática se queda sin construir porque se acaban los fondos de financiación). En las sociedades capitalistas avanzadas mucha gente amplía el valor de uso de una vivienda existente (construyendo un cobertizo anejo o elevando la construcción con un desván, por ejemplo).


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