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LUGARES PELIGROSOS

Publicado el 10 de diciembre de 2021, 4:39

Aurelio Arteta, catedrático de Filosofía Moral y Política en el País Vasco, nos invita a una reflexión sobre un nutrido ramillete de tópicos de uso frecuente, por no decir cotidiano, lugares comunes que a menudo constituyen un perezoso refugio donde ponernos a salvo de acometer un pensamiento más personalizado y crítico. Enfatizando que los tópicos no son solo «formas de hablar», el profesor Arteta apunta los efectos perversos, a nivel intelectual y social, que pueden esconderse tras su aparente carácter intranscendente.

 

LUGARES PELIGROSOS

 

Mi lema es «grita siempre con los demás». Es el único modo de estar seguro.
George Orwell

 

1. Los tópicos son lugares comunes, en griego tópoi. Se trata de lugares —aquí, verbales— conocidos, transitados o frecuentados por todos o por muchos, sitios donde nos encontramos la mayoría. Según esta acepción corriente, el tópico es un dicho que no dice nada nuevo a nadie, sino más bien lo que todos saben. Lo que se pretende con él es el satisfactorio encuentro de uno con esa mayoría, el ocultamiento en medio del número, la huida de toda disputa y, en fin, la tranquilidad consiguiente… En cierto sentido no andan lejos de las frases hechas. Los tópicos son frases prefabricadas, ya terminadas y dispuestas para uso de cada cual. Esto es, expresan pensamientos que no hemos pensado o producido nosotros mismos, sino que nos vienen ya aderezados y completos. Cada uno de ellos se forma como una reunión de palabras que han sido ligadas y expresadas por otros; no por éste o aquél en particular, sino por el Otro —grupo, sociedad, etc.— anónimo e impersonal. Y que luego repetimos todos. Alguien ha escrito que «al principio era la palabra, no la frase hecha»; sí, pero en la sociedad al final suele triunfar la frase hecha.

Vivimos del tópico como del aire que respiramos, pero recibimos de mejor grado la noticia de la contaminación atmosférica que la de la intoxicación de nuestras letanías más usuales. Poner en solfa tan arraigadas muletillas sería como quitarnos nuestras andaderas: nos vendríamos al suelo. Son estos comodines del lenguaje ordinario los que nos aportan la seguridad de que no estamos solos. Contribuyen desde luego al gregarismo, tal como lo expresó Orwell: «Mi lema es “grita siempre con los demás”. Es el único modo de estar seguro». Tal es la función primera de los tópicos: acomodarnos al grupo, arroparnos con «lo que se lleva», vestirnos a la moda verbal del momento a fin de llegar a ser de los nuestros. En una palabra, volvernos normales.

Es verdad que a menudo los tópicos cumplen también cometidos indispensables. Verbigracia, el ahorro de esfuerzo explicativo cuando entramos en cierto tipo de comunicación, que sería muy fatigosa como tuviéramos quedar razones de cuanto decimos y sin reposar en lo que todos damos por sabido. En ese sentido, el tópico viene a ser como el cemento de nuestras relaciones cotidianas, un espacio familiar que habitamos con toda naturalidad y complacencia. Pero en esa calidez, en ese carácter inmediato y contagioso, reside justamente su mayor peligro. En el funeral uno deja escapar el no somos nada, por ejemplo, y eso sólo basta para quedar incluido en el grupo de los cercanos al finado y de paso eludir meditaciones más hondas sobre nuestra condición mortal.

Pero, si no es factible —ni quizá prudente— prescindir de todos ellos, nos conviene tomar precauciones al menos frente a los más reiterados. Porque el tópico acostumbra ser hijo de la pereza intelectual y hermano del prejuicio. A base de amontonar esos lugares comunes, construimos nuestra comunicación más impersonal y automática. Decir lo que se dice nos permite evitar la tarea de ponernos a aprender, opinar sin la molestia de pensar lo que decimos y, de paso, alcanzar la ilusoria certeza de entender y ser entendidos. Viene a manifestar lo que en general se espera oír y a un tiempo lo que nos oculta ante los demás.
Comentar lo que se comenta, sin mayor cautela, nos protege frente a muchos desconciertos y nos gratifica con la rutina superficial de todos los días. Ya sólo eso debería ponernos en guardia contra el fácil recurso al latiguillo. ¿Trataré de hablar yo mismo o dejaré que sean los otros anónimos quienes hablen por mí? ¿Habré de someterme a la suave pero férrea presión del entorno o me atreveré a desafiarla y arrostrar así —por distinguirme— su extrañeza y hasta su condena?


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