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Sé tú mismo

Publicado el 15 de diciembre de 2021, 22:22

Sé tú mismo

 

Cuando los ideales declinan, se diría que nada mejor podemos procurar sino que cada cual trate de «ser él mismo». ¿Acaso no es lo que nos proponen los consejos de autoayuda? Parece entonces que no hay valor más alto que el de la autenticidad, porque cualquier otro debe estar ya contenido en éste. Pero habrá que andar con cuidado y desvelar los riesgos que esconde tras sus innegables encantos.

 

1. Seguramente su más certero sentido se expresa en aquel otro Llega a ser el que eres que cantó Píndaro. La fórmula parte de resaltar la distancia entre lo potencial y lo actual, entre lo naturalmente dado y lo trabajosamente adquirido. Debemos ser algo que aún no somos, a fuerza de dejar de ser lo que estamos siendo; no se nace siendo uno mismo, sino que éste se gesta y alumbra progresivamente. «Al comienzo no es el sujeto, sino el prejuicio», resume Finkielkraut lo que ya había anticipado nuestro Unamuno: «La autenticidad no es cosa nativa. Es como la originalidad, que se consigue remedando. Se acaba, no se empieza, por ser original, auténtico y joven». En cierto sentido, el cristiano niégate a ti mismo sería más acorde con esa posibilidad mejor que aún nos aguarda.
Claro que ese mentado ser el que eres no ha de entenderse como un destino prefigurado desde siempre por algún Hacedor y conocido de antemano por el propio sujeto merced a alguna privilegiada intuición. En realidad, el lema insta primero a conocer eso que queremos ser y sólo después a ser fieles a ello. Ese autoconocimiento puede —o, mejor, debe— durar la vida entera, que es lo mismo que admitir que el itinerario personal conlleva un descubrimiento incesante y una corrección perpetua. O bien que la apariencia que se da no coincide con la realidad que se es. Al final, llegar a ser es llegar a conocerse y llegar a conocerse es no llegar a ser nunca uno mismo del todo… o llegar siempre tarde.

2. El tópico en que esa reflexión suele degenerar viene a decir algo muy distinto. Sé tú mismo (o tengo que ser yo mismo) se enseña como una irreprochable máxima de conducta. En realidad —lo quiera o no, le guste o disguste—, cada cual siempre es él mismo en todas sus situaciones, de suerte que semejante imperativo parece estar de más. Pero admitamos que con ello quiere postularse una acendrada voluntad de consistencia en las decisiones del propio sujeto, de firmeza frente a cualquier debilidad moral. Nada parece más loable entonces que aquella consigna. La sospecha asoma cuando deja entrever en ocasiones la altiva autosuficiencia de la que suele emanar y el limitado alcance de la plenitud que ambiciona.
Sin ir más lejos, porque a menudo se invoca en abierta disculpa de la propia torpeza moral, como si ésta fuera un fruto forzoso de la fatalidad. Uno es como es, qué le vamos a hacer; cada cual es cada cual, y yo sé lo que me hago. En tan solemnes tautologías se encierra la trampa de que el sujeto, so capa de obligada fidelidad a sí mismo, encubra una indolencia o cobardía culpables ante la permanente tarea de su humanización. Y digo «culpables» para no señalar a quien ha equivocado su conducta, sino al que la blinda contra todo cuestionamiento y se obstina en mantenerla tan sólo porque es la suya. Al final, en lugar de aceptar las diferencias entre los sujetos valiosos, se instaura la diferencia como el máximo valor. Lo que importa no es ser mejor, sino simplemente uno mismo; lo que queda es la pura indiferencia hacia los valores. Es la arrogante clausura de este yo ensimismado lo que llama la atención. «Los demás forman al hombre», sentenció Montaigne, pero aquel fiel a sí mismo está en el mundo como quien nada tuviera que aprender de los otros y todo lo necesario para su
perfección lo llevara consigo.
Es que, en el fondo, aquella divisa no ve al individuo en su condición perfectible o inacabada, sino como un ser terminado al que viene a solicitar: sé lo que ya estás siendo, no tienes por qué cambiar. Aquel imperativo no nos invita a salvar un foso —entre el no ser todavía y lo que algún día se será—, sino más bien a desdeñar el esfuerzo requerido o a negar la presencia de aquel foso.
A este trasunto humano de la inmutabilidad divina se acomoda en palabras de Brückner, el individualista infantil de nuestros días: «No conoce más que un único lema: sé lo que eres desde toda la eternidad. No te enredes con tutores ni trabas de ningún tipo, hazle únicamente caso a tu singularidad. No resistas a ninguna inclinación, pues tu deseo es soberano. Todo el mundo tiene deberes salvo tú». Adiós, pues, a los modelos ejemplares, si se ha decidido que no hay tablas de la ley o que hay tantas tablas como cada cual se labre o encuentre en el mercado de valores. La hueca pedagogía contemporánea pregona que «educar no es fabricar adultos según un modelo, sino liberar en cada hombre lo que le impide ser él mismo, permitirle realizarse según su “genio” singular». Así que, salvo en las materias instrumentales, el educando nada tiene que asimilar: la disciplina dejará paso al juego, la enseñanza de conceptos cederá ante la estúpida respetabilidad de todas las ideas y la lección magistral será sustituida por la libre expresión de los tópicos vigentes. Pero el caso es que sólo los genes no hacen genios, ni la sociedad engendra por sí sola ciudadanos, ni nadie descubre por introspección su carácter ya completo, sino que lo va construyendo mediante un cuidadoso análisis del ideal moral y el examen de los ejemplos que tiene a la vista. A falta de admirar a los excelentes, lo más
probable no es que prescindamos de modelos, sino que adoptemos cualquiera de los nada modélicos que a diario se nos imponen.

3. Por lo que uno sabe, tal vez el último avatar de este eslogan imperante lo protagoniza la denominada «ética de la autenticidad». A partir del dogma de que existe cierta forma de ser humano que constituye mi propia forma, se deja sentado que cada cual está llamado a vivir su vida de esta irrepetible manera. La coherencia consigo mismo exige desechar todo modelo ajeno. En definitiva, no hay deber más alto que el de la originalidad. Para quien su arquetipo es uno mismo, la reverencia de lo ajeno siempre será una deserción de lo propio. La obsesión por sostener ante todo esta identidad única (y esto que vale para los individuos podría trasladarse asimismo a los pueblos) corre el peligro de renegar de las exigencias de nuestra común humanidad.
Pues no es la múltiple diversidad, sino la plena humanidad de los sujetos (que por fuerza se plasmará en identidades diversas), la meta del esfuerzo moral. Lo que importa no es la igualdad con uno mismo, que para eso sobra esforzarse, sino la creciente aproximación al ideal humano. No se nos pide ser individuos siempre idénticos, sino siempre nuevos por mejores. A aquel eterno retorno del «uno mismo» le basta mirarse una y otra vez en el espejo de lo propio. La verdadera moral, en cambio, requiere la gozosa contemplación de la excelencia ajena.
Tan novedosa ética se alarma enseguida de que la actitud egocéntrica que subyace a este complaciente autocultivo individual haya desembocado en variadas versiones de lo que se da en llamar «cultura del narcisismo». ¿Acaso podía ser de otra manera? La retórica de la diferencia y de la diversidad culmina en el sinsentido de predicar que toda opción moral es igualmente valiosa porque sólo la propia elección otorga valor. Así es como se niega explícitamente un horizonte objetivo de valores por el que, antes de ser elegidos, algunos empeños merecen mucho la pena, otros no tanto y algunos no la merecen en absoluto.
Quien crea ser auténtico por ser original se embarca en la afectada empresa de inventarse una moral desde cero y para uso exclusivo. Pero toda moral es por naturaleza una moral de perfección, la propia de un yo que se elige en cada momento como distinto de lo que hasta entonces ha sido. La presunta moral de identidad, al contrario, se pone al servicio de un yo prepotente cuyo más acariciado objetivo es permanecer inalterable. A esta extraña moral hoy tan de moda, cuyo primer o único mandamiento dice «sé el que eres», le conviene —observa Sánchez Ferlosio con desenfado— el sobrenombre de moral del pedo. Y es que en ella, a la hora de determinar lo que uno debe ser, «juega un resorte de discernimiento idéntico al que hace a las personas complacerse con el aroma de los propios vientos y sentir repugnancia ante el hedor de los que soplan desde un culo ajeno»…


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