• LECTURA RECOMENDADA: "Los Caballeros de la Muerte", el autor te hace protagonista de la novela, no te la pierdas.

5 Londres, 1948 (156-169)

Publicado el 4 de enero de 2022, 0:03

Antes de ocupar mi asiento, me serví una generosa taza de té, de la humeante tetera que reposaba sobre un infiernillo eléctrico que la mantenía a la temperatura adecuada, y lo endulcé con tres cucharadas de azúcar. Una barbaridad a la que me había acostumbrado durante el tiempo en que estuve como corresponsal de guerra del Daily Telegraph en El Cairo. Allí había pasado cuatro de los años más intensos de mi vida, contándole a los británicos la llamada guerra del desierto. Quienes la libraron, Montgomery y Rommel, fueron, en mi opinión, los mejores estrategas de la Segunda Guerra Mundial.

El asunto que ocupaba a mis compañeros había surgido la semana anterior, como consecuencia de uno de los programas de Best, en el que abordó la actitud del cristianismo hacia una práctica muy frecuente en el mundo antiguo: la astrología, la magia y las artes ocultas. La polémica había saltado a las páginas de los principales periódicos londinenses, donde le dedicaban artículos y columnas, además de publicar numerosas cartas de lectores. La controversia despertó tal interés que se había convertido en tema de conversación en pubs y cafeterías.

Bebí tranquilamente mi té a pequeños sorbos, mientras me recreaba recordando el beso que Ann me había dado como despedida. Después, poco a poco, fui entrando en calor, arropado por el ambiente y la conversación. Al cabo de unos minutos ya estaba en condiciones de intervenir. Dejé cuidadosamente la taza en la mesita auxiliar y saqué de uno de mis bolsillos una cuartilla; pensaba que una lectura del texto que había copiado aquella mañana, después de entregar mi columna al redactor jefe, era la mejor forma de entrar en la conversación.

—He copiado los dos primeros versículos del capítulo segundo del Evangelio de San Mateo, que dicen lo siguiente: «Jesús nació en Belén de Judea, en tiempos de Herodes. Unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: ¿Dónde está el que ha nacido, el rey de los judíos? Porque hemos visto su estrella en Oriente y venimos a adorarlo».

El juez Simpson batió palmas.

—¡Bravo, Burton! No se puede recoger en menos palabras un resumen más acabado de lo que estamos comentando y, por si fuera poco, con la firma de un evangelista.

—Ése es un texto verdaderamente llamativo. —El tono profesoral de Best distaba mucho del utilizado por el emotivo juez—. En pocas palabras señala que la visita a Belén es protagonizada por unos magos, es decir, genios que practicaban la magia, conocedores de las llamadas ciencias ocultas. Algo muy extraño, si nos atenemos al tratamiento que dio la Iglesia a los magos, a los hechiceros o a los brujos a quienes consideraba como gente peligrosa y perversa. Pero hay más, esos magos procedentes de Oriente, probablemente de Persia, donde desde tiempo inmemorial existía una de las órdenes de iniciados más antiguas del mundo, llegaron hasta Jerusalén siguiendo una estrella que les señalaba el camino. Eso es pura astrología, cuyo estudio era muy común en aquel tiempo.

—¿Era común? —preguntó Henry Bishop, un coronel apartado del servicio después haber perdido un brazo en las playas de Dunkerque, durante la retirada de las tropas británicas de Francia a comienzos de la Segunda Guerra Mundial.

—Una creencia muy extendida consideraba que la vida de las personas estaba determinada por la influencia de los astros —apostilló el profesor.

—Era muy importante conocer el momento del nacimiento para establecer la confluencia astral —añadí después de dar otro sorbo a mi té—. Ese texto del Evangelio, a la vez que nos dice que los tres magos eran astrólogos, nos indica, aunque sin decirlo, que Melchor, Gaspar y Baltasar, nombres que le fueron asignados a los magos mucho más tarde, debían practicar lo que se conoce con el nombre de visión espiritual.

—¿Qué es eso? —preguntó el juez.

Con la mirada invité al profesor a que se explicase.

—Una práctica que permite ver con la mente. Eso fue lo que hizo posible que recorrieran una larga distancia siguiendo a una estrella en movimiento hasta una insignificante aldea judía —indicó Best, y añadió con una pizca de malicia — : Supongo que el sensacionalismo que imprime nuestro amigo Burton a sus artículos le permitirá aportar algún dato más a esta cuestión, ciertamente llamativa, a la que ha dedicado recientemente su atención en el Daily Telegraph.

—La historia de los magos de Oriente —señalé tranquilamente, más que nada para no darle a Best el gusto de verme alterado— es una de las más sugestivas de la Biblia. A través de los siglos ha embelesado a millones de niños y ha hecho que su fantasía se desborde.

—¡Lástima que su pista desapareciese! —exclamó Simpson.

—¿Acaso ignora vuestra señoría que sus cuerpos reposan en una espléndida tumba en la catedral de Colonia, donde reciben la visita de los curiosos y el culto de los fieles, en su condición de santos?

—¿Es una broma? —El juez miró al profesor buscando confirmación.

Mi fama de sensacionalista me quitaba cierta autoridad. Yo era muy combatido en ciertos ambientes académicos, encerrados en trasnochados conceptos de un saber al que consideraban como una especie de fuego sagrado que solo podía ser transmitido a los iniciados. La primera vez que los denominé en uno de mis artículos como la «secta del conocimiento tribal» me llovió toda clase de críticas y vituperios. Pero tal circunstancia siempre había quedado compensada con las grandes polvaredas que, con mucha frecuencia, levantaban mis artículos y, sobre todo, con la devoción que manifestaban mis lectores, entre quienes se encontraban algunas egregias damas.

—Es cierto que existe en la catedral de Colonia una tumba dedicada a los Reyes Magos —concedió Best de mala gana, despejando las dudas del juez.

—He leído un artículo, no recuerdo el nombre del autor —terció el coronel Bishop—, donde en los Hechos de los Apóstoles se relaciona a los Reyes Magos con Juan Bautista.

Otra vez se puso de manifiesto la autoridad de Best en la materia.

—¿En los Hechos de los Apóstoles? No lo creo. Lo que sí existe es un texto, conocido como el Evangelio de los Mandeos, en el que se afirma que también unos magos hicieron acto de presencia cuando se produjo el nacimiento del Bautista.

—¿Quiénes son los mandeos? — preguntó el quinto de los contertulios, un comerciante en piedras preciosas llamado Arthur Irving, cuya joyería estaba en el corazón de Bloomsbury, en Guilford Street.

—Una secta cristiana que existe aún en Irak. Se declaran seguidores de las enseñanzas del Bautista.

—Esta mañana lo he escuchado hablar de Herodes y de la matanza de los inocentes, en relación con la actuación de los magos de Oriente —planteó el coronel al profesor en su condición de estrella de la BBC—. Decía usted que hay demasiados puntos oscuros en esa historia.

—Así es.

—Me gustaría escuchárselos con detalle, esta mañana en la radio no me fue posible.

—El evangelista Mateo, al que ha aludido Donald —en algunas ocasiones, pocas, el profesor Best condescendía a denominarme por mi nombre de pila—, señala en el versículo dieciséis de su texto que los magos dieron un rodeo cuando emprendieron el camino de regreso para no pasar por Jerusalén. Adivinaron las perversas intenciones de Herodes, cosa que no debe extrañarnos, dadas sus capacidades. El rey, sintiéndose burlado al comprobar que no aparecían, dispuso que fuesen asesinados todos los niños varones nacidos en Belén que no hubiesen cumplido los dos años. El hecho de que el evangelista ponga un límite de edad tan preciso, en un tiempo en que no había registro de nacimientos, me parece un infantilismo. Los soldados recibirían órdenes de matar a todos los niños pequeños del lugar, lo que ha sido presentado como paradigma de la crueldad del monarca, convertido en uno de los personajes malditos de la historia. Sin embargo, si analizamos los hechos con frialdad, nos encontramos con que matar a un inocente era algo habitual en aquel mundo. Entonces la vida no valía un adarme de sal. No estoy justificando la actuación de Herodes —aclaró Best—. Estoy explicando un acontecimiento que, por cierto, no recoge ninguna otra fuente de la época, algo sumamente importante.


«   »

Añadir comentario

Comentarios

Todavía no hay comentarios