• LECTURA RECOMENDADA: "Los Caballeros de la Muerte", el autor te hace protagonista de la novela, no te la pierdas.
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8 Sigue la búsqueda

Publicado el 5 de enero de 2022, 7:49

Comienza a subir la pendiente que lleva hasta el pueblo de La Juécara. Al llegar a un pequeño chigre, detiene el vehículo. «Sidrería El Mineru», lees. Y sonríes ante la pregunta ridícula que ha llegado a tu mente: ¿por qué en todas las cuencas hay un bar que se llama así?

—Acompáñeme, voy a presentarle a un conocíu, que ya verá cómo le puede axudar.

Le sigues, al fin y al cabo, no tienes nada que perder. En el interior de la sidrería, sólo el camarero y un cliente sentado en el último rincón con una botella de sidra. Pichi se dirige hacia él.

—Lejía —dice al cliente, un individuo enjuto, con su camisa remangada hasta la mitad del brazo, mostrando un tatuaje del Cristo de la Buena Muerte—, preséntote a mi amigu Juan. Anda buscando a un facha, que seguro yé amigu tuyo.

—Candón Pichi —lo que faltaba, murmuras, no tenías bastante con la jerga entreverada de bable barato y castellano de saldo, de Pichi, y se une el Lejía con el caló de rebajas y un talegario medio oxidado—. Tiempo hacía que no te pispiaba. ¿Y quién dices que es el pailló del castorro? —Sospechas que pailló será individuo y castorro sombrero.

—Mi patrón —asevera Pichi—. Es detective y anda buscando a un sujetu que seguro yé conocíu tuyu.

—¿Y pa qué lo quiere baluchar? —pregunta Lejía.

—Pa entregarle una herencia — Pichi se desenvuelve bien en las alcantarillas de los pueblos.

—Ah, balbalí cosa esa de las herencias, ya me podía caer a mí un cotoré de esos —alrededor de su cuello, dos cadenas de oro; en su muñeca, tres pulseras del mismo metal. Sonríes. Sospechas que camina por la vida transportando todo su patrimonio.

—Pues hay una pequeña recompensa para el que ayude en su localización. La familia ha dispuesto que a la persona que aporte una pista se le entreguen cien mil pesetas —continúas con el juego de Pichi, a lo mejor soltar dinero en las cloacas da su fruto.

—¡Veinticinco mil rundís! Venga, siéntese. ¡A ver, bambanichero! —grita, dirigiéndose al señor mayor que atendía detrás de la barra—, pon un poco de sidra para el menda y mis candones. Y, dígame, a quién quiere baluchar.

—Busco a un antiguo falangista que respondía al nombre de Camilo.

—Camilo, Camilo —repite, mientras prueba la sidra—. No lo jipio.

—A lo mejor le ayuda saber que siempre iba con un amigo algo calvo, alto, delgado, que llevaba un anillo con una especie de rubí.

—¡El pirandón del Jordán! Ahora lo jipio, era un baró de los Caballeros de la Muerte —otra vez vuelven a nombrar a los Caballeros de la Muerte, posiblemente la clave estuviera en esa organización—. Los veinticinco mil rundís ya son míos. Venga, mi calé, deme las cien mil lulas.

—No tan rápido —dices—. Le he dicho antes que la recompensa era para la persona que me pudiera aportar alguna pista sobre su localización, usted sólo ha dicho que lo conoce, pero no dónde se les puede encontrar a los dos.

—Eso será fácil, en la reclé todos los falangistas nos jipiamos, somos muy pocos. Recuerdo que él era de Gijón, del barrio de Cimadevilla. Tendré que llevar la palmeta a Mieres, y calicó le digo dónde puede baluchar al pailló Jordán y a ese otro pailló de Camilo. Y las cien mil serán mías.

—Mañana, a esta hora, nos volvemos a ver aquí —casi se lo estás ordenando.

—Firmado queda el por — sentencia, colocando el dedo índice encima de la mesa, como si fuera un contrato de sangre—. Calicó traiga mi pista, o no largaré nada.

—De eso no se preocupe, tendrá su dinero.

Dejáis al Lejía en el chigre. Estás intrigado por conocer la relación que existía entre el Pichi y él. Y de camino al coche, preguntas a Pichi.

—¿Dónde le conociste?
—En el talego.
—¿Por qué cumplía condena?
—Comíase to’l marrón d’un atracu al Herreru. No había queríu delatar a sus colegas.
—¿Y qué relación tiene con los grupos fachas?

—Yé un poco raru. Él fue legionariu, en el Terciu Juan de Austria. Cuando llegó de Melilla, lo cazaron con un kilo de falopa. Condenáronlo a tres añus en el trullo. Cuando salió, nadie le daba trabayu, pero los fachas contratáronlo xunto a otros exlegionarios como matones. Cada vez que los minerus o los curritos de alguna fábrica poníanse en güelga, los patronus llamábanlos pa que dieran un paséu a los dirixentes obrerus. Después dejolo, y vino lo del Herreru.
—¿Y por qué tiene tanta confianza contigo, si tú no eres facha? —esa es la pregunta que no te deja muy tranquilo.

—Ay, paisa, la celda une. Allí no hay distinción de ideoloxías: toos somos presus. Al Lejía saquelo d’un apuro: acusábanle de haber afanáu la cartera a uno de los guardias, ya lo iban a introducir en la celda de castigu, cuando descubrí quién había sido el ladrón. Se lo dije al supervisor, y lo dejaron tar. Esa me la debe.

¿Y quién fue el del robo de la cartera?

—Yera otro guardia, al que echaron. Lo teníamos vixiláu, pues afanaba él, y luego decía que yéramos nosotros.

—¿Tú crees que averiguará algo?

—Puede tar tranquilu, paisa. El Lejía localizará al Jordán y al Camilo.

—Una cosa, Pichi, cuando mencionó a Jordán lo llamó pirandón, ¿qué significa?

—Putero, en castellanu —silencio, la Flaca ha llegado a tu mente, ¿le conocerá?—. Buenu, ¿p’ande vamos agora?

—Déjame en una sucursal de un banco. Y tómate la mañana libre. Sobre las cinco, me vas a recoger al mismo sitio de todos los días.

—Yé un chollu, patrón. Llevo trabayandu pa usté dos horas y ya me da la mañana de descansu.

Le dejas que se marche, en el banco vas a tardar bastante tiempo. Tienen que trasladarte dinero desde la cuenta de Francia. La operación necesitará varias confirmaciones y traspasos, así, la mañana se perderá por los sumideros de la burocracia bancaria.

El trasvase de fondos queda rematado cerca de las dos. Y es entonces cuando coges un taxi para que te acerque de nuevo a La Felguera: un menú del día en cualquier lugar y una pequeña siesta, necesitas descansar, cualquier esfuerzo te fatiga demasiado. Así recuperarás fuerzas hasta la hora en la que quedaste con Pichi.

Antes de llegar a la pensión, un pequeño remolino de aire, que lleva suspendidas partículas de arena y carbón, te obliga a sujetar el sombrero. Si creyeras en la mitología de los bosques, asegurarías que es un ventolín, transportando los suspiros de amantes o el alma de los difuntos. Deseas que se trate de un canto de amor, cadáveres ya hubo demasiados.

No llevas ni diez minutos intentando cerrar los ojos, para recuperarte de una noche, de otra noche en vela, cuando comienzan a aporrear la puerta de tu habitación.

—Paisa, soy Pichi. Destranque la portiella.

—¿Qué pasa? —preguntas, abriendo un poco la puerta, lo suficiente para comprobar que era él.
—Hace un cachu han encontráu el cadáver del Lejía.
—¿Qué pasó?
—Lo despacharon con dos tiros.


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