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9 Lejía, asesinado

Publicado el 11 de enero de 2022, 19:54

¿Qué está pasando? Cuando creías haber encontrado a la persona idónea que te condujera hasta los asesinos de tu hermano, no transcurren ni tres horas y lo matan. ¿Tiene algo que ver su asesinato con la investigación? ¿Sabía el Lejía algo que tú ignorabas? ¿O todo es una casualidad y ambos hechos no mantienen relación? Pero eres demasiado viejo para creer en las casualidades. La casualidad, la perfecta excusa para que Dios no reconozca sus fallos.

—A ver, Pichi, ¿qué ha ocurrido?
—No lo sé, yé sólo lo que he oído —entra en la habitación—. ¡Joder, paisa!, usté tiene aquí una sombrerería— dice, al ver los tres sombreros que cuelgan del perchero.
—Déjate de murgas, y dime qué sabes —le espetas, cerrando la puerta
para que nadie que transite por el
pasillo pueda oír nada.

—Según he oído… —se sienta en tu cama. Te está desesperando su forma de narrar lo que sabe.
—Según has oído, ¿dónde? —le instigas, para que no se detenga en su narración.
—En les caís, paisa. Les caís falan, sólo hay que saber colocar la oreya en el sitio adecuáu.
—Continúa —estás irritándote. Te contienes para no soltarle un guantazo, y obligarle a que centre la conversación.
—Dixen que al Lejía le han pegáu dos tiros.
—¿Dónde y cuándo? —relájate. Nervios de acero, eso era lo que tenías antes, estás perdiendo cualidades. Debes serenarte, o terminarás por meterle un tiro entre ceja y ceja.
—Sosiegu, paisa, que agora cuentóselo. Lo han encontráu tumbáu en una de las caís que dan a la plaza Requejo, en Mieres. Dixen que face dos horas.
Miras el reloj, las cuatro. Dejasteis al Lejía sobre las doce, en aquella sidrería de La Juécara. Después despediste a Pichi, y fuiste al banco hasta las dos. ¿Qué hizo el Lejía en esas dos horas que estuviste en el banco? ¿Qué hizo Pichi?
—¿Qué más sabes?
—Dixen que disparáronle dos tiros con una pistola, y el asesino escabullose sin que naide viéralo.
—¿Sabes si el Lejía andaba preguntando algo sobre Camilo o Jordán?
—Nun fae ser mu listo pa saber que sí. ¡Joder, paisa!, habíale prometíu cien mil perres.
—A ver, Pichi, cuando me dejaste en el banco, ¿adónde marchaste? —te mira sorprendido.
—A tomar sidra. ¡Dígotelo, yo! A ver si agora no puedo beber sidra cuando me dé la realísima gana.
—No es eso. La policía va a reconstruir los últimos momentos de la vida del Lejía. Llegaran hasta el chigre de La Juécara en el que estuvimos hablando con él. El chigrero les dirá que estuvo con dos individuos. Será cuestión de un momento que la policía se presente a hablar contigo y conmigo. Por eso te lo comentaba, para saber si tenías coartada.
—¿Cómo yé, oh?, usté sueña, paisa. La pasma no va a preocuparse por la muerte del Lejía. Están mu ocupáus ahostiando güelguistas y vixilando a los piquetes.
—Está bien, vamos —dices, mientras recoges el sombrero Dobbs.
Nadie en la pensión, aún es pronto para que llegue alguien. Casi todos estarán trabajando, los menos estarán en el chigre y algunos en las asambleas de los centros de trabajo. Hay alguien al otro lado de la puerta, en el descansillo de la escalera. Una voz de mujer, es la Flaca, y dos de hombre. Efectivamente, es la Flaca hablando con dos individuos.
—Este es el señor del que les hablaba —dice la Flaca, nada más que has aparecido en el descansillo de la escalera.

—Policía —el calvo, con bigote y abdomen barrilero, muestra su placa—.  Somos de la Judicial y nos gustaría hacerle algunas preguntas.
—Las que quiera, siempre a su servicio —les dices, para que vean tu predisposición.

Pichi, con su espalda pegada a la pared, intenta escurrirse escaleras abajo. El de la mandíbula cuadrada, que acompaña al de la barriga oronda, le coloca la mano sobre el hombro y le espeta:
—No te vayas, Pichi, que contigo también tenemos que hablar.
—Flaca, ¿podemos pasar a tu casa? Queremos interrogarlos en habitaciones separadas.
—Mientras no me toques el culo — refunfuña la Flaca.
—Anda, que bien te gustaba hace años —dice el calvo, sondeado, mientras le arrea un azote en el trasero. La Flaca se revuelve y le estampa una bofetada.
—Las manos quietas. El culo me lo tocabas cuando no sabía que tus manos eran de policía. Y da gracias a Dios que eras de la Judicial, si llegas a ser de la Social, te corto el rabo.
—La Flaca, tan brava como siempre —remata el calvo—. Hoy veo que te has puesto las braguitas negras.
—Si lo que te interesa es verme las bragas, no te preocupes, que ahora me
las quito —abre la bata, y hace ademán de bajarse las bragas.
—Tengamos la fiesta en paz —sentencia el de la mandíbula cuadrada—. Estamos aquí para interrogar a estos dos. Y vamos a hacer nuestro trabajo, lo que tengáis entre vosotros, lo resolvéis más tarde —concluye, mirando para el calvo y la Flaca.
—Yo interrogo al del sombrero, y tú al Pichi —dice el calvo al de la mandíbula cuadrada.
El calvo se introduce en la salita, la que está llena de fotos de Hedilla y José Antonio, secundados por el yugo y las flechas, y hace un gesto para que le acompañes. A Pichi, el otro se lo lleva hasta la habitación que la Flaca le indica.
—Siéntese —ordena el calvo—. ¿Su nombre?
—Juan Martínez, industrial —dices, enseñándole tu documento de identidad. Lo recoge, lo observa y te lo devuelve sin hacerle demasiado caso.
—Estamos investigando un crimen que se ha cometido en Mieres. El fiambre se llamaba Leonardo Zapico, alias el Lejía. Según nos han informado, usted tuvo esta mañana una entrevista con él.
—No sé si será el mismo. Si es cierto que Pichi me lo presentó como el Lejía. Supongo que será el mismo.
—Sólo hay, mejor dicho, había un Lejía en el valle.
—Pues si era él, es cierto. Tuve una entrevista por la mañana, entre las once y las doce, en una sidrería de La Juécara.
—Y después de las doce, ¿qué hizo?
—Fui al banco, estuve allí con el director hasta las dos. Tenía que realizar unas transferencias de dinero de una cuenta a otra.

—¿En qué banco?
—En el Herrero.
—¿Después, qué hizo?
—Cogí un taxi que me acercó hasta La Felguera. Serían sobre las dos y algo cuando me senté a comer en la sidrería de aquí abajo. Después subí a dormir un poco.
—Parece que tiene usted coartada. ¿De qué habló con el Lejía?
—Estuve preguntándole por unos antiguos amigos míos. El Lejía me aseguró que los conocía. Y quedó en localizármelos.
—¿Quiénes son esos amigos suyos?
—No conozco sus nombres completos, sólo sé que respondían al nombre de camarada Camilo y al de Jordán.
—¿Comunistas?
—No, falangistas. O por lo menos lo eran en el 51.
—¿En el 51? Pues no se ha ido usted bien lejos. ¿Y para qué los busca?
—En realidad, para nada importante. Me salvaron la vida hace veintiséis años. Luego marché al extranjero y no les he vuelto a ver.
—¿Y por qué el chigrero de La Juécara dice que usted es detective?— sonríes.
—Porque así me presentó Pichi.

—¿Y por qué lo hizo?
—Para hacerse el gracioso, supongo.
—El chigrero también nos dijo que usted le ofreció una cantidad de dinero al Lejía.
—Es cierto. No me importa pagar a la persona que me ayude.
—¿Y qué cantidad le ofreció?
—Cien mil pesetas.
—¡Cien mil pesetas! ¡Qué barbaridad! Mi sueldo multiplicado por… —se pone a contar con los dedos, pero no debe llegar a ninguna conclusión—. ¿Y todo por localizar a ese camarada Camilo y al otro?

—Sí.
—Si —se queda pensativo—, yo le ayudara a localizar a esos sujetos, ¿me daría usted a mí ese dinero? —sonríes, este ya está en el bote, piensas.
—No —te mira sorprendido—. A usted le daría doscientas mil.
—¿Doscientas mil?

—Usted es un hombre de ley, no como el Lejía que se me antojaba un delincuente vulgar.
—Trato hecho —dice, mientras te extiende la mano—. Yo le localizo a los dos. A ver, ¿qué me puede decir de ellos?
—Pues que, por el 51, eran miembros de Falange, posiblemente de la Falange Universitaria. También me han dicho que pudieron pertenecer a un grupo que se hacía llamar los Caballeros de la Muerte. Eran altos, delgados. Y por aquel entonces tendrían entre veinte y treinta años —comienza a tomar notas, algo que hasta entonces no había hecho—. Según lo que me dijo el Lejía, Jordán debía ser de Gijón, concretamente del barrio de Cimadevilla, y llevaba un anillo muy grueso, con una piedra que parecía un rubí —esos últimos datos son los que había recordado Carmen. Y los añades a los que te dijo el Lejía.

Termina de tomar notas, y te espeta:

—A mi compañero, ni una palabra de esto. Yo le localizo a sus amigos y usted me da el dinero. No tengo ganas de repartirlo con nadie.
—Perfecto, lo que usted diga.
—Una cosa más: ¿en este tiempo no ha sabido nada de ellos?
—No. Les perdí la pista por completo. Ya le dije que estuve por el extranjero.
—Es decir —ha puesto a funcionar sus células grises, mejor dicho, las células negras—, si eran falangistas en el 51, pueden ocurrir dos cosas: la primera, que sigan siendo falangistas, con lo que estarán con el grupo de Narváez; la segunda, que quieran ocultar su pasado, con lo que serán más difíciles de localizar pues se presentarán como demócratas de toda la vida —te hace gracia escuchar los razonamientos en voz alta del policía. Prosigue—. Si eran universitarios en el 51 o antes —sigue gestando conjeturas de viva voz—, eso nos indica que pertenecían a los ambientes pijos de la capi. Bien… —hace un silencio—, si quiero ponerme en contacto con usted, ¿cómo lo hago?
—Me alojo aquí, hasta que consiga firmar una serie de contratos. Si cambio de domicilio se lo comunico. En ese caso, ¿por quién debo preguntar?
—Por el inspector de primera, Jacinto Buenaventura. Y usted tranquilo, a sus amigos, se los localizó yo en veinticuatro horas. Me pongo ahora mismo a buscarlos.
Te extiende la mano, acabáis de firmar un pacto de caballeros. Pero algo te corroe el alma.
—¿Y la investigación del asesinato del Lejía?
—Que le den por el culo al Lejía. ¿A quién cojones le importa si vive o muere? Sería un ajuste de cuentas.
Salís al pasillo, el tipo enorme de la mandíbula cuadrada os espera con Pichi a su lado y la Flaca apoyada en el marco de la puerta con una colilla en los labios. Buenaventura se acerca a su compañero, murmuran algo. Y el silencio lo rompe el de la mandíbula.
—Sus versiones coinciden. No tenemos nada más que preguntarles, pero, por si acaso, si cambian de domicilio nos lo hacen saber. Es posible que necesitemos comprobar algunas cuestiones.
—Ay, qué culito más mono tienes, Flaca —dice el calvo de Buenaventura.
—Culo que tú no vas a catar, so gochu —responde la Flaca, encendiendo otro cigarro.
Los dos policías se alejan escaleras abajo. La Flaca se acerca a ti, saca su cigarro de la boca, expulsa el humo dirigiéndolo a tu cara y clava en tus ojos su mirada satinada de sensualidad y amenaza.
—Cazurro, es la primera vez que los chapas vienen a mi casa. Y todo es por su culpa. Sé que oculta algo, aunque no lo diga. Espero que no me traiga problemas, porque si me veo envuelta en algo por su culpa, le corto el rabo.
Y cierra la puerta de su casa. Pichi y tú quedáis en el descansillo de la escalera.—¿Y agora qué facemos?— pregunta Pichi.
—¿Sabes dónde van a velar al Lejía?
—¿Qué yé eso de velar?
—¿Qué dónde van a dejar su cuerpo, para que la gente conocida pase a dar el pésame a la familia?
—Ah, pos será en la casa de su hermana, que yé con la que vivía. ¿Eso yé velar? Ya lo dice el refrán: no te tumbarás sin saber una cosa más. Bueno, paisa, pos usté dirá lo que facemos agora.
—Dentro de un momento me vas a llevar a un lagar en El Entrego, en el que he quedado con unos amigos. Pero antes, tenemos que ir hasta una tienda en la que vendan cámaras de fotos.
—¿Y pa qué?
—Te voy a comprar una cámara.
—Coño, y eso por qué.
—Porque has sido un niño bueno. Y quiero que me saques unas cuantas fotos de todos los que vayan a dar el pésame a la familia del Lejía.
—Ah, eso lo vi en una peli. El asesinu siempre vuelve a saludar a su víctima.
—Siempre vuelve al lugar del crimen —le corriges.
—Pos, eso. ¿Y yo qué dixe?


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