Epílogo

Publicado el 6 de febrero de 2022, 22:26

Todos los actores exclaman a una: “¿Alguien hay?” Y el público responde: “Hay, hay”. En un brinco coreografiado y gracioso, el reparto se desplaza hasta el extremo opuesto de las tablas.

 

- ¡Aquí, ahora, unámonos!

- ¡Unámonos, unámonos! – responde el animado personal.

 

Entonces, el telón cae de plomo. Se hace un silencio hostil, dos o tres toses, la oscuridad comienza a sonar a bajamar en el patio de butacas. Era de esperar, siempre ha ocurrido así, pero la sensación de engaño, la decepción, no acaban de desaparecer. En un amago de normalidad, mientras la iluminación crece, la intención de volver a casa suelta el frufrú de los abrigos y las primeras voces. Algunos dedos rebuscan las monedas perdidas en las comisuras de las butacas, mientras el grueso de la concurrencia se encamina por los pasillos hacia el vestíbulo. A los pocos minutos, sin embargo, se alza un rumor de desconcierto, una inquietud animal en la que todos y cada uno de los espectadores recuerdan lo que nunca habían olvidado: detrás de las pesadísimas cortinas de salida no hay nada. Quedan arremolinados durante algún tiempo, desorientados, acallando civilizadamente los escasos ataques de ira o gritos desesperados. La megafonía anuncia un debate sobre la obra, los actores contendientes nos hablarán, habrá opiniones diversas, mucha pluralidad, en las pantallas gigantes comienza la emisión. El público vuelve, es su deber, a las poltronas. Sitúense donde les plazca, no es numerada. "Lo cierto es que se pasa un poco, pero no le falta razón… Ahora que el otro… ¡qué malo es!" Son cuatro años. Cuatro años de infamia y risas anónimas entre bastidores. Del O.T.A.N. no-sí al crimen de Estado. Del pasar una página pringada de corrupción a la guerra mentirosa. De una paz extraña, nacida del diálogo entre asesinos por cuenta propia y la sociedad que los incluye, al despiezo de España. Cuatro años de adefesio. Pero silencio otra vez… fuera luces. Un murmullo de excitación se extiende por la platea maloliente. Elecciones y dos, tres, función: “¿Alguien hay?”

La sociedad civil lleva casi un tercio de siglo interpretando a Eco en la comedia política española. El teatro estatal en que se ha convertido el Occidente europeo, ha otorgado un papel en la representación a los propios espectadores. Están siendo parte dichosa del espectáculo. Participan en buena hora del juego de poder. Narciso los ama. La clase política pregunta en todos los comicios dónde estás, pueblo mío, y luego echa el cierre. Una y otra vez telón sin final. No hay desenlace en la representación del Estado de Partidos porque no existe trama, sólo tramoya; el único fin es obrar esclavitud. Pero Ovidio (Metamorfosis) sí termina su visión del increíble mito: cuando la ninfa sale de su escondite, Narciso siente repugnancia. Asco puro. Y ella, loca de amor y dolor, se consume hasta el hueso en lo más hondo de las cavernas donde solamente queda la voz de aquello que fue su ser: “unámonos, unámonos”. La clase política sentiría asco y miedo si la ciudadanía quisiera abrazarse a su cuerpo. Por eso se ha enrocado en un régimen impermeable de poder con forma de partidocracia, Estado de Partidos u oligarquía. Pero no, nunca democracia. Si los narcisos que pululan por los partidos políticos pudieran amar algo diferente a su propia imagen reflejada en el Estado, no habrían cerrado las puertas a cualquier posibilidad de participación de la sociedad. Copan y administran absolutamente todo. Son todos los poderes, ley gobierno y juez. Las prebendas, los contratos y el precio del dinero. Son la moral en campañas costeadas por los moralizados y el arte de ministerio. El premiado y el galardón. El centro del espectáculo y los aliados de los grupos de comunicación que duramente, llama mañana y cenamos, los critican. Así que es fácil comprender por qué los exvotos hemos sido condenados al vagabundeo paria que, según Aristóteles, caracteriza a los que rondan por las aldeas (komes), los comediantes. Ese es nuestro verdadero papel en la gran obra partidocrática: comediar, mirar la urbe política como los desharrapados miran los rascacielos de los centros financieros. Después de constatar que la ambición de poder se ha institucionalizado, sólo cabe resignación y dejar un beso estoico sobre el arado que nos sigue, o bien preguntarse por qué no podemos ir a lugar alguno cuando termina la función; por qué, siendo ellos tanto, tuvieron que robar también nuestro hogar.

Por mucho que la voz del gobierno de turno lo niegue, el espectador es el público y lo público. El hogar del ciudadano que asiste permanentemente a la tragicomedia social no es la familia alrededor de la chimenea, brilla el cuatro por cuatro o un niño jugando al escondite; es lo público. El hogar del elector y el candidato, es lo público; el hogar del profesional afamado y del eremita es lo público; el hogar del hombre desnudo es también lo público. El saber, el arte, la moral y el pensamiento especulativo se generan y habitan en lo público y este ámbito sólo se desarrolla de modo sano, natural, con libertad. Cada espectador podría llevar una vida privada perfecta en el mullido de su butaca, pero nunca sabría lo que ha sido de sí mismo, pertenecería a una manada de náufragos con isla en propiedad. Lo público acoge todo lo que somos. Por eso no hay regreso a casa en esta Monarquía de Partidos. No hay espacio vital si la vida puede ser restringida a la voluntad de algunos, no queda lugar donde ser libres todos o ninguno, un sitio ciudadano. Sí, es verdad, resta el consuelo de una vivencia marchita hasta casi lo íntimo, donde la propia hermosura de los sentimientos cercanos se reviene. Pero nada de hogar. Cuando lo común está acotado, cuando se usurpa el nosotros, nuestra casa se convierte en madriguera. El habitáculo donde se cría y consume. Los políticos ovidianos han extirpado a los españoles, a todos los europeos, su calidad de seres públicos para reducirlos a mirones eternos de la obscena fraternidad parapolítica. Y sin ciudadanos, no existe ciudad alguna. Butaca en el teatro y televisión en la madriguera.

Los pioneros de la etología descubrieron cómo elementos genéticos transmiten de generación en generación improntas, desencadenantes y pautas sencillas de comportamiento, y esta constatación obligó a restringir el dominio material de la ética. Pero, afortunadamente para la rebeldía, el tiempo natural y el cultural tienen ritmos distintos y la necesidad epistemológica de armonizarlos hace que el tratamiento estrictamente biológico de la sociedad sea muy tosco. En el lento de la naturaleza está el anhelo físico de ser libre, el movimiento, la fecundidad creativa del hombre; lo cultural transcurre en un andante que permite combatir la opinión de Estado ahora, para que no esclavice nuestros cuerpos, no usurpe los ideales de las generaciones y no degrade la condición humana. Los pioneros de la libertad política española, entre los que cuento a mis compañeros en estas páginas, han descubierto que la memética del poder transmite servidumbre por medio de mensajes destinados a ser sustitutos improntados del pensamiento, prejuicios, y que los medios de comunicación, al servicio de los partidos políticos como bien los presenta la reflexión de don Francisco Álvaro, se encargan de activar pequeños mecanismos desencadenantes de esas pautas de obediencia estereotipadas. Saben que la falsedad y la irracionalidad pueden entrar en la mente disfrazadas de pomposa coherencia formal y nos han descubierto qué hechos históricos o científicos permanecen ocultos tras ella.

Y este hallazgo restringe el campo de acción de la propaganda partidista, abre camino a la genuina mentalidad civil como un grito republicano en mitad de la cháchara oficial. Un arrebato de la inteligencia es el primer acto libre.

El pensamiento de don Antonio García Trevijano y la declaración de principios y valores por él redactada para el M.C.R.C., inspiran y aglutinan a quienes, con la intención de llevar a cabo ese acto de libertad, firman aquí. Coordinados y editados por el señor Serquera, han decidido huir del censo electoral del régimen, auténtico cementerio de comediantes. No quieren humillar su intuición adscribiéndose al medro de partido para ser clase política estatal, no se sienten a salvo juzgando sine die desde una cátedra de mantequilla, votar por votar les embalsama la boca. Prefieren la desobediencia coherentemente moral que demanda el sentimiento de libertad. Aplican la razón y ofrecen soluciones. Son conscientes de su ser social y pertenecen a un movimiento ciudadano, también la viceversa. El rigor sobrio que han imprimido al análisis aviva la inteligencia de cualquier lector de sus textos, incluyéndonos en la única categoría a la que se debe pertenecer para luchar por la libertad política, la de ciudadano. Se revela entonces un montaje monstruoso, capaz de hacer del miedo una virtud en el texto que critica el señor Angulo; convertir a España en un ejemplo de humana descentralización y no de reparto carroñero y terrorismo interminable, como nos desvela don Vicente Dessy; capaz de comparar sin pudor el periodo constituyente estadounidense al trágala prostituyente español, estupidez que destapa el propio don David Serquera; o, exponiéndose a una ridiculización tan meticulosa como la realizada por el señor Pérez, autor de las caricaturas, intentar sublimar la realidad histórica de la transición española en esa voz folclórica: juancarlismo. Nos demuestran que un Estado como el nuestro, objeto de usucapión, se mantiene con tópicos dulces que amparan, claro está, un férreo derecho positivo antidemocrático al que don Pedro López, don Lorenzo Alonso y don Pedro M. González ofrecen alternativas jurídico-políticas que impedirían la actual perseverancia de la ignominia. Con su hacer, estos héroes amables han trascendido la romántica lucha del uno, mostrando un aspecto más hondo y bello en el hecho de que dentro de ese héroe mítico cabemos todos, porque todos nos identificamos con él pensándonos únicos y estando, sin embargo, rodeados de muchos otros héroes silenciosos, solitarios. En el gesto leal de mirar a nuestro alrededor y reconocer el sentimiento compartido que creíamos enajenado, anida la sociedad libre.

En el epi-logos, sobre la razón, queda una emoción de libertad. Libertad exigida y conquistable. Un gesto de lucha política. Queda también la ruina del teatro oficial donde los últimos políticos de la transición, con el maquillaje desdibujado en las mejillas, balbucean: "¿alguien hay?"... Apenas pueden ver surgir del silencio que guarda el edificio, del fondo de la platea sombría como un libro que se agota, una certeza: némesis. No hay equilibrio sin libertad. A la muerte de Narciso sólo asistirá él mismo, tan abandonado, tan dolido de su propia decrepitud como lo estarán los mercenarios de esta podrida monarquía española. Pero, para entonces, el público busca ya su propio camino. Una última mirada atrás, deja la puerta rota. Los demás están junto a nosotros, las cosas del mundo esperan delante, en el verdadero hogar.

 

Óscar V. Martínez.

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