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Desublimación de la cultura / Marchemos sobre Beethoven / Iluminación radical

Publicado el 27 de febrero de 2022, 16:10

Este poderoso componente estético de la oposición —estético en el duplicado sentido del término, como atinente a la sensualidad y a la sensibilidad por un lado, y como atinente al arte y a la imaginación artística por el otro— se encamina ahora hacia un rasgo más interesante y altamente significativo en la nueva oposición. O sea, el empalme entre los movimientos político y artístico de nuestros días. Ambas, la transformación política y la artística, están luchando contra la respuesta afirmativa, conformista; ambas reconcilian un carácter ilusorio de la cultura establecida. En ambas tendencias existe un ensayo de lo que yo llamaría cabal desublimación de la cultura.

En principio esta desublimación de la cultura me parece un concepto contradictorio porque obviamente, y no sólo según Freud, toda cultura —toda civilización— exige sublimación. Sin sublimación no hay civilización.

Pero el concepto deja de ser contradictorio si la desublimación se dirige contra formas obsoletas y contra un obsoleto alto grado de sublimación que se ha vuelto superfluo en y por el desarrollo de la civilización. Esta desublimación de la cultura, que es uno de los rasgos de la nueva oposición, reclama ahora que ha llegado el momento de vertir los valores culturales a la realidad. El mundo se ha vuelto demasiado horrible, y al mismo tiempo alberga bastantes posibilidades de cambio a fin de comprometer a fondo la glorificación y trasfiguración que la cultura tradicional concedió a la realidad establecida.

 

Marchemos sobre Beethoven

 

Quisiera mencionar dos ejemplos prominentes de lo que creo se halla implicado en esta oposición, no sólo contra las instituciones sociales y las relaciones sociales básicas, sino contra la mismísima cultura que acompañó el ascenso y desarrollo de las sociedades establecidas, y contra la mismísima cultura que por cierto hizo la gloria de estas sociedades y su logro más sublime. Me gustaría ilustrarlo refiriéndome a dos sucesos: uno, la frase de una obra literaria; otro, un acontecimiento de un proceso político.

Lo primero, la frase del Doctor Faustus de Thomas Mann que dice: «Uno debería revocar la novena sinfonía». Debe revocarse —debe desenvolverse— la novena sinfonía. Eso equivale a decir, debe revocarse, —ya no puede tolerarse— el Himno al Goce; ya no se resuelven y reconcilian las contradicciones, conflictos y llagas existentes con un himno al gozo. Uno no puede hacerlo, no en términos de composición musical y no en términos de la recepción de una composición musical. Porque los conflictos y contradicciones reales simplemente rasgan la realidad en pedazos y revelan como falsos estos sublimes logros de la cultura. Como humanización y armonización ilusoria, como falsa e ilusoria alegría. De allí el slogan que ustedes bien conocen —que interpreto como una realización del mandato de Thomas Mann— el «Marchemos sobre Beethoven» [3] . Luego discutiría con ustedes las implicancias políticas de este desarrollo.

El segundo ejemplo, quisiera mencionar que está tomado de los graffiti, las inscripciones sobre los muros de la Sorbona durante mayo-junio de 1968. Los acontecimientos han sido discutidos, analizados e interpretados literalmente centenares de veces, pero pienso que ninguna evaluación de lo que está ocurriendo ahora es todavía posible sin tomar en cuenta aquellos sucesos como punto de partida. Porque no sólo ilustran el cuadro posible y verdadero entre el movimiento estudiantil y el de la clase obrera; también evidenciaron la profundidad de la trasformación de valores y metas que ahora tiene lugar. Cito dos de los graffiti. Uno decía simplemente: «La imaginación toma el poder». El otro, mi favorito, dice: «Seamos realistas; exijamos lo imposible».

Antes de darles la palabra a ustedes, resumiré la situación contradictoria con la que hoy nos enfrentamos. Por una parte, nuevamente: la directa y objetiva necesidad de (y la tendencia hacia) un cambio social radical. Y promoviendo esta tendencia, las profundidades y los nuevos valores de la nueva oposición.

Por otra parte, la aparente falta de necesidad subjetiva de cambio social que envuelve a la mayoría de la población, lo cual es evidenciado por la ausencia de cualquier base popular masiva para el cambio social radical.

 

Iluminación radical

 

Los esfuerzos para manejar esta contradicción se hallan del lado de las sociedades establecidas: primero represión y violencia intensificadas; luego el bloqueo adicional del proceso democrático de persuasión por virtud de la productividad continua no sólo en el proceso económico sino también en los
medios e instrumentos de control.

La cuestión es: ¿durante cuánto tiempo pueden manejarse estas contradicciones, y cuál puede ser la respuesta por parte de la oposición? ¿Cuánto tiempo?

Pienso que ninguna fuerza y ninguna perfección del control pueden suprimir el conflicto y contradicciones enraizadas en las mismísimas estructuras de una sociedad establecida. Pero ésto es más esperanzado, y la charla sobre una estabilización temporaria y sobre un futuro previsible siempre obliga a preguntar: ¿durante cuánto tiempo es temporaria y durante cuánto tiempo es previsible? En cualquier caso, no podemos esperar y no esperaremos el colapso, porque si las contradicciones maduraran y si realmente los medios de control —no interesa cuán aerodinámicos y perfeccionados— dejan de cumplir la faena, nada sucederá sin un esfuerzo sostenido y continuo por parte de la oposición. En una situación que no es revolucionaria, —y pienso que nadie con responsabilidad puede sostener que en Estados Unidos nos enfrentamos con una situación revolucionaria—, ese esfuerzo continuo y sostenido implica en primer lugar un largo y doloroso proceso de iluminación radical y educación. Significa tratar de propagar lo que ustedes aprenden y lo que han experimentado, y lo que quieren hacer, fuera de la comunidad académica, dondequiera que encuentren grupos dispuestos a escuchar y que tengan motivos para escuchar; incluso si, es terrible decirlo, pertenecen a la clase media y no al proletariado. El proletariado, al menos en Estados Unidos, probablemente sea el último grupo social dispuesto a escuchar y el último que tenga motivos para hacerlo.

Ahora este proceso de iluminación y educación radicales no está produciéndose solo fuera de la universidad, pero incesantemente trabajará —tendrá que hacerlo— con medios que demuestren de modo claro las metas y valores de la oposición y de las necesidades de cambio.

Y eso significa nuevamente encararse con una creciente y severa represión. Pienso que hace rato pasaron los tiempos en los que se podía, incluso de manera a medias seria, hablar de Poder Floral y arrojar flores a la policía. Hace rato que ellos aprendieron, hace rato que la policía aprendió a dar la respuesta apropiada. Y la oposición también ha aprendido. Así que este proceso será, como ya he dicho, doloroso y largo. A no ser que continuemos —y por cierto me tomo la libertad de incluirme en el asunto porque todavía quiero hacer mi parte— a menos que continuemos y hasta que tengamos éxito prosiguiendo, sin duda no tendremos otra cosa que preguntar salvo: «¿Cuánto tiempo es cuánto tiempo?».

[3] «Roll over Beethoven», tema de Los Beatles. (N. d. T)

RECONOCIMIENTOS

 

Institute of Phenomenological Studies (Londres) por «Liberándose de la sociedad opulenta», Liberation News Service por «La rebelión de París», Guardian (Nueva York) por «Perspectivas de la Nueva Izquierda Radical» y Georgia Straight (Vancouver) por «Exijamos lo imposible».

HERBERT MARCUSE (Berlín, 19 de julio de 1898 – Starnberg, Alemania, 29 de julio de 1979) filósofo y sociólogo de nacionalidad alemana y estadounidense, fue una de las principales figuras de la primera generación de la Escuela de Frankfurt.

Las críticas de Marcuse a la sociedad capitalista (especialmente en su síntesis de Marx y Freud, Eros y la civilización, publicado en 1955, y su libro El hombre unidimensional, publicado en 1964) resonaron con las preocupaciones del movimiento izquierdista estudiantil de los 60. Debido a su apertura a hablar en las protestas estudiantiles, Marcuse pronto vino a ser conocido como «El padre de la Nueva Izquierda» (término que él rechazaba).


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