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10 Alejandría, año 391

Publicado el 4 de marzo de 2022, 16:02

Estaba tan concentrada en el trazado de una elipse que no se percató de que la noche había caído sobre Alejandría. Una luna anaranjada se alzaba varios palmos sobre el horizonte. Fue el aleteo de las cortinas, agitadas por la brisa del Mediterráneo, lo que la sacó de su abstracción; también le llegaron los fuertes olores del puerto y el sabor a mar. Alzó la cabeza y contempló la luna a través del ventanal que daba a una amplia terraza volada sobre el jardín de la casa, donde las flores empezaban a marchitarse, aunque todavía dejaban algún color en los arriates, señalando que el otoño avanzaba inexorable en la más importante de las ciudades de Egipto.

Se levantó con el cansancio reflejado en sus negros y grandes ojos y sacudió la cabeza, como si desease desprenderse de las complejas fórmulas matemáticas que durante toda la tarde la habían mantenido alejada del mundo. Los rizos de su negra cabellera se agitaron sobre sus delicados hombros.

A sus veinte años, Hipatia era la viva representación de los principios que durante generaciones habían presidido la vida de su familia. Gente con sobrados recursos para dedicarse a la contemplación del mundo que los rodeaba, al estudio de las ciencias y al disfrute de los placeres de la vida. Representaba todo eso y mucho más. Para los alejandrinos que mantenían su devoción por los viejos dioses y vivían según los principios que habían presidido el mundo de sus antepasados era, pese a su juventud, un espejo donde mirarse.

Se contaban por docenas los pretendientes que su padre había espantado como a moscas, atraídos por su belleza y su posición. Hipatia solo mostraba interés por la filosofía griega y el atractivo mundo de las matemáticas y sus ocultos misterios.

Prendió uno de los candiles del velón, salió a la terraza y aspiró la suave fragancia de los jazmines con los que, en ocasiones, adornaba su cabello. Alzó la mirada y fijó la vista en el imponente Faro que en medio de la noche orientaba a los barcos que navegaban por la zona. Sintió una punzada de nostalgia al pensar que, en otro tiempo, Alejandría fue mucho más que una luz para los marineros. Sus filósofos, sus físicos, sus matemáticos o sus astrónomos fueron luminarias que alumbraron durante siglos el conocimiento de un mundo que nunca saciaba sus ansias de saber. No podría señalar las veces que, siendo niña, escuchó en las tertulias de su casa los comentarios de su padre y sus amigos sobre la gran biblioteca del Museum que ordenó construir Ptolomeo I y que amplió su hijo Ptolomeo II, a quien llamaban Filadelfo; cómo se referían al Botanicum, donde se cultivaban plantas exóticas, ornamentales o con propiedades curativas, traídas por los marineros alejandrinos de los más apartados lugares del orbe; o sus alabanzas a la grandeza del Astronomicum, donde los sabios debatían sin descanso, estudiaban el firmamento y sus estrellas o seguían atentos el curso de los planetas. Recordaba con emoción a Hermógenes hablar con entusiasmo de las salas de disección del Anatomicum, donde los médicos estudiaban minuciosamente los cadáveres para alcanzar el conocimiento de los miembros y órganos del cuerpo humano y buscar soluciones a las enfermedades. Los amigos de su padre hablaban y hablaban; a veces la conversación derivaba en debates apasionados, pero siempre se guardaban las formas.

Aquellos hombres añoraban otro tiempo cuando la biblioteca del Museum llegó a atesorar quinientos mil volúmenes. Si alguien quería saber, tenía que venir a Alejandría, donde los escribas copiaban sin cesar las obras que llegaban desde todos los rincones del planeta. Se quedaba embelesada cuando ponderaban el ambiente que se respiraba en una ciudad que era crisol de culturas, pero con una tolerancia que imperaba hasta en los tabernarios ambientes de su puerto e incluso en los lupanares, lugar de cita de marineros y otros clientes que hablaban diversas lenguas, adoraban a distintos dioses o entendían la vida de formas muy diferentes.

Ahora todo aquello caminaba hacia su desaparición.

Un ruido procedente del patio la sacó de sus melancólicas reflexiones. Su padre acababa de entrar y por el rumor dedujo que llegaba acompañado de algunos amigos. Hipatia se regocijó pensando que, tal vez, disfrutarían de una agradable tertulia.

Las azules gasas de su vestido flotaron en el aire mientras bajaba la escalinata de mármol; cuando vio el semblante de su padre se esfumaron sus ilusiones de una velada académica. Teón estaba pálido y ojeroso, como si llevase días sin dormir. Apenas desarrugó el ceño cuando su hija se le acercó para darle un beso en su despejada frente.

—¿Qué ocurre? —preguntó inquieta.

Su padre movió la cabeza con gesto preocupado.

—¡No sé adónde vamos a llegar!

—¡Yo te lo diré! —La rotunda afirmación surgió de uno de sus amigos, cuyo rostro también estaba demudado—. ¡Iremos a donde quiera Teófilo, su intransigencia no tiene límites!

—O es su dios o es la nada —sentenció Aristarco, el físico del Serapeo.

—¿Quiere decirme alguien qué ha ocurrido? —preguntó Hipatia.

—¡Han asaltado el Anatomicum! —exclamó su padre indignado.

En los hermosos ojos de la joven un destello de rabia brilló más allá de la melancolía de su mirada.

—¿Quién se ha atrevido?

—¡Los parabolanos, que han dejado sus funciones de atender enfermos y cuidar de los cementerios para convertirse en el brazo armado del patriarca! ¡Ya no se limitan a difundir falsos rumores!

—¿Esos a los que el patriarca llama los guardianes de la fe y que se han unido a los monjes negros?

—Esos. Han entrado en las salas de disección y han expulsado a profesores y alumnos. Demetrio, que intentó hacerles frente, está malherido. ¡Lo han destrozado todo!

Hipatia preguntó por el nuevo prefecto.

—¿Y Evragio qué ha hecho?

—Nada sabemos del prefecto imperial. En cualquier caso, sus tropas no han aparecido por el Anatomicum.

—¡Pero ha de tener noticia de lo ocurrido! —exclamó Hipatia.

—Tampoco lo sabemos. ¡Ojalá sea ésa la causa de la ausencia de sus soldados!

—¡Alguien tiene que avisarle! Evragio no es como Alejandro. No sería la primera vez que planta cara a Teófilo. —Bajo las gasas del vestido se percibía la agitación de su pecho—. Tal vez no esté todo perdido.

Hipatia echó de menos a Claudio; el tribuno había partido de Alejandría, destinado a la frontera del Danubio, como comandante en jefe de las fuerzas que protegían aquel limes.

—Nosotros pensamos lo mismo, por eso Anaxágoras y Hermógenes han ido a visitarlo; aguardamos a que vengan.

Hipatia miró uno por uno a aquellos hombres que representaban buena parte del conocimiento de un mundo que vivía momentos de zozobra e incertidumbre cada vez mayores. Eran la viva imagen de la desolación.

—¿Cómo es posible que haya ocurrido algo así?

La pregunta quedó sin respuesta porque los dos hombres que habían acudido a la prefectura imperial llegaron en aquel momento. A todos les extrañó que hubiesen tardado tan poco. Los rodearon expectantes. Anaxágoras resoplaba con dificultad; el viejo filósofo en cuya academia se enseñaban las doctrinas de Platón, trasladadas a la realidad de un nuevo tiempo que distaba mucho de la Atenas donde la filosofía era una cuestión de interés público, había andado más deprisa de lo aconsejable para una persona de su edad.

—¿Qué dice el prefecto? —preguntó Teón con cierta ansiedad.

—Que nada se puede hacer —respondió Hermógenes con la cabeza gacha, como si fuese culpable de la mala noticia.

—¿Cómo que nada se puede hacer?

—Dice que son órdenes de Constantinopla.

Todos enmudecieron consternados. Fue Hipatia quien preguntó con incredulidad:

—¿El emperador ha ordenado la destrucción del Anatomicum?

—Mucho peor.

—¡Por los dioses, Hermógenes, explícate! —le exigió uno de los presentes.

—El prefecto dice que el emperador está sometido al dictamen de los obispos. Hará lo que éstos le indiquen y ya sabéis que rechazan las disecciones de cadáveres.

—¡Teodosio es un títere en sus manos! —exclamó Teón con amargura.

—El prefecto nos ha contado una historia increíble —murmuró Hermógenes con un hilo de voz.

—¿Qué os ha contado?

—¡Un momento! —Teón batió palmas—. Pasemos al triclinio, no quiero que luego me acuséis de falta de hospitalidad. Hipatia, encárgate de que nos sirvan vino y algo de comida.

Se quitaron las togas que todos vestían como muestra de su apego a la tradición y también como un desafío a las restricciones que Teófilo imponía en todo lo concerniente a lo que ya empezaba a denominarse despectivamente como paganismo. Antes de que se acomodasen, unos esclavos les ofrecieron unos aguamaniles de plata y pequeñas toallas.

—Ahora, contadnos esa increíble historia del prefecto.

Fue Hermógenes, porque Anaxágoras aún resoplaba a causa de la caminata, quien tomó la palabra.

—Como sabéis, hace algunos días circuló la noticia de lo ocurrido en Tesalónica. Aunque las cifras variaban, todo apuntaba a que en su estadio fue aniquilada una muchedumbre, sin que hubiese consideración ni con ancianos, ni con mujeres, ni con niños. Todos conocéis las causas de esa horrible matanza.

—Se debió a un motín —indicó Aristarco.

—¿Un motín? —Hermógenes lo miró extrañado.

—Eso es lo que he escuchado decir a mi regreso del campo. ¿Acaso no es así?

—No, no es así —protestó Hermógenes.

—Satisface su curiosidad, pero te suplico que seas parco en detalles — indicó Teón, consciente de que el médico gustaba de adornar sus explicaciones con numerosas digresiones.

—Todo ocurrió por un asunto de celos.

—¿Celos? ¡No puedo creerlo!

—Pues créelo. El origen de todo estuvo en un hecho muy concreto. El comandante de la guarnición, un godo cuyo nombre no recuerdo, bebía los
vientos por un famoso auriga, un ídolo entre los tesalonicenses. Los celos lo reconcomían, y cuando se enteró de que mantenía relaciones con su copero ordenó la detención del auriga, desatando la ira de la plebe, que no
soportaba que estuviese en una mazmorra. Se produjo un motín y el celoso comandante fue asesinado.

—¿No decías que no era un motín?

—Y no lo fue.

—¿Qué pasó entonces?

—Al enterarse de lo ocurrido, el emperador montó en cólera y urdió una sórdida venganza. Eso es lo terrible del caso. Aparentó perdonar a los tesalonicenses que, arrepentidos de su crimen, enviaron una embajada a Constantinopla. Como prueba de que todo estaba olvidado, Teodosio los obsequió con unas carreras en las que participaría el auriga que motivó los hechos. La muchedumbre acudió al estadio, pero en lugar de un espectáculo se encontró con una trampa. Las puertas fueron cerradas y los soldados imperiales los pasaron por las armas sin piedad. Ni el peor de los tiranos de Siracusa hubiera actuado con tanta ferocidad; los tiranos, como todos sabéis…

La llegada de unos criados con ánforas de vino de Chipre, cuencos rebosantes de frutos secos y bandejas con pastelillos de hojaldre rellenos de carne y pechugas de ánade escabechadas, libró a los reunidos de una disertación sobre el papel de los tiranos. Fue la propia Hipatia, lo que significó toda una deferencia, la que sirvió el vino a los amigos de su padre.

—Ya sabes, Aristarco —interrumpió el dueño de la casa para evitar que el médico continuara con sus diatribas—, la causa de la matanza de Tesalónica. Ahora, mi buen Hermógenes, cuéntanos de una vez esa increíble historia.
—El prefecto imperial afirma que hace unos meses Teodosio estaba en Mediolanum. Había acudido para entrevistarse con Valentiniano y buscar fórmulas de colaboración entre los dos imperios con el propósito de hacer frente a la marea de bárbaros que amenaza los limes del norte del imperio. Un día quiso entrar en una iglesia cristiana para rezar, pero entonces el obispo de aquella ciudad, un tal Ambrosio, salió a la puerta y se enfrentó al emperador.

—¿Qué estás diciendo?

—Ambrosio le prohibió entrar en el templo, acusándole de la matanza.

—A mí la actitud de ese obispo no me parece mal, la actuación de Teodosio en Tesalónica es execrable —indicó Aristarco.

Un murmullo de asentimiento corroboró sus palabras.

—Eso no es lo increíble de la historia —cortó Hermógenes.

—¡Pues cuéntala de una vez!

—¡No puedo, si me interrumpís continuamente!

—Sosiégate, por favor —pidió Teón

—. Todos estamos muy nerviosos con lo ocurrido en el Anatomicum.

—El tal Ambrosio señaló a Teodosio que, si deseaba entrar en el templo, tendría que humillarse ante él como representante de lo que los cristianos llaman la ecclesia, porque el emperador está dentro de ella, no por encima de ella.

En el salón se hizo un silencio absoluto. Hermógenes mantuvo el silencio unos segundos. Disfrutaba de la expectación que había logrado, mucho antes de llegar al nudo de la historia.

—¿Vas a decirnos qué hizo el emperador o te lo guardarás para ti? —Teón juntó las manos, como si suplicase una gracia.

—¿Tú qué crees?

El padre de Hipatia se acarició el mentón.

—¡No irás a decirme que el emperador inclinó la cerviz!

—Pues sí, mi querido amigo. Eso fue exactamente lo que hizo Teodosio, inclinó la cerviz; más aún, según el prefecto se arrodilló ante el obispo y le pidió perdón por su pecado.

El salón se llenó de exclamaciones, a medio camino entre la incredulidad y la sorpresa. Aquello era algo inaudito y escandaloso. Fue la voz de Hipatia la que impuso el silencio.

—¿Acaso os escandalizáis? Lo sorprendente hubiera sido que Teodosio le plantase cara.

—¿Por qué dices eso?

—Veo que la edad afecta a vuestra memoria.

—¡Explícate, Hipatia! —exigió Anaxágoras, que ya había recuperado el resuello.

—Creo recordar que fue en ese mismo lugar, hace algunos años, donde ese Ambrosio obligó al emperador Graciano a retirar el edicto imperial en el que se indicaba que, en los límites del imperio, se permitía rendir culto a cualquier dios de los incluidos en el Panteón. ¿No os acordáis?

Hubo un asentimiento generalizado.

—Recuerdo que entonces — prosiguió Hipatia— os quejabais de que era un atentado contra la tolerancia y contra la libre práctica de la religión. Alguno de vosotros afirmó que los cadáveres de sus antepasados se revolverían en sus tumbas, si no os enfrentabais a semejante ignominia. Os lo digo, simplemente, para recordaros que no es la primera vez que un emperador ha sido humillado por los galileos.

Varios de los presentes, ruborizados, mantenían la cabeza gacha.

—En realidad —concluyó Hipatia—, después de Constantino, solo un emperador tuvo arrestos para plantar cara a esos exaltados, cuyo único deseo es imponer a todo el mundo su dios, del que ni siquiera sabemos si se trata de una unidad o de una trinidad porque ni ellos mismos son capaces de aclararlo.

—Hipatia tiene toda la razón — afirmó Anaxágoras—. Poco a poco, los emperadores se han sometido al poder creciente de los cristianos. Como ella dice, solo Juliano, al que calificaron de apóstata, tuvo el coraje necesario para enfrentárseles y todos sabemos que pagó con su vida lo que ya era considerado una peligrosa osadía.

Un criado se acercó al dueño de la casa y susurró algo en su oído.

—Disculpadme un momento y comed. Regreso enseguida.

Cuando volvió al salón traía el rostro demudado y en su mano un pequeño papiro doblado.

—Acabo de recibir un mensaje de Evragio. Me temo que los problemas no han hecho más que empezar.

—¿Un mensaje del prefecto imperial?

—Sí —afirmó Teón con el ánimo decaído—. Se ha sentido en la obligación de informarnos, después de la visita de Anaxágoras y Hermógenes.

—¿Qué dice? —preguntó el viejo filósofo.

—Que tiene noticias de que Teodosio prepara un edicto contra el culto a los dioses. —Alzó el mensaje y concluyó—: Se limita a señalar que no es oficial, pero la fuente es digna de todo crédito.

La comida se quedó en las bandejas, apenas probaron bocado.

Después de que todos se marchasen, Teón tomó a su hija por la barbilla y la miró fijamente. La tristeza que asomaba a sus negros ojos acentuaba su belleza.

—Los años empiezan a pasarme factura —comentó con voz cansina.

—No digas tonterías, estás en plena madurez y tienes todo lo que un hombre puede desear.

—Estoy cada vez más cansado. Siento cómo el vigor que todavía fluye por mi cuerpo empieza a disminuir.

Hipatia iba a contradecirlo de nuevo, pero su padre le puso un dedo en los labios.

—En mi corazón abrigo desde hace años un deseo y creo que ha llegado la hora de hacerlo realidad, antes de que los achaques de la edad no me lo permitan.

A Hipatia le bastaba escuchar el tono de voz de su padre para saber que iba a anunciar algo importante.

—¿A qué te refieres?

—Deseo hacer un viaje a Roma y quiero que tú me acompañes.

A Hipatia se le formó un nudo en la garganta y solo pudo abrazar a su padre.

Lo que Teón acababa de hacer era expresar como propio el mayor deseo de su hija. Desde niña había sentido fascinación por aquella ciudad donde se forjó el imperio más grande que jamás se había conocido y también, en multitud de ocasiones, había escuchado a su padre decir que su vida estaba en Alejandría y sus alrededores. Era ella y no él quien tenía grandes deseos de conocer Roma, la ciudad donde todo había comenzado, aunque todos los viajeros que llegaban de la Urbs hablaban de su decadencia.

—Escribiré a Quinto Cecilio Graco para que nos encuentre acomodo durante nuestra estancia.

—¿Es el amigo de mi abuelo?

—No, quien fue amigo de tu abuelo era su padre.

—¿Fueron los que lucharon juntos en la batalla del Milvio?

Más que una pregunta, Hipatia confirmaba los datos de una historia que había oído contar docenas de veces.

—En efecto, allí fue donde tu abuelo, que dedicó unos años a la milicia, salvó la vida de su general. Los Graco no lo han olvidado, pues mantienen viva la tradición de rendir culto a sus antepasados.


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