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11 El Cairo, 1948

Publicado el 11 de marzo de 2022, 0:17

Observé que las pastillas que había ingerido Best poco antes de que el avión de la British Overseas Airways Corporation (BOAC) despegase de Londres le habían permitido mantenerse dormido o somnoliento durante las casi ocho horas de vuelo que duró el viaje. Estudié su rostro, que era como un mapa donde las arrugas y los pliegues, amén de una pequeña cicatriz sobre su ceja izquierda, casi confundida con una arruga, permitían leer los años de vida que allí se acumulaban.

Se despertó justo cuando el tren de aterrizaje del Lockheed Constellation se desplegaba con un fuerte ruido. El aparato se preparaba para la maniobra de aterrizaje en el aeropuerto de El Cairo. Todavía amodorrado algunos minutos, se espabiló definitivamente con la sacudida del avión al entrar en contacto con la pista. Lo observé divertido mientras tomaba conciencia de dónde estaba. Esa es una experiencia curiosa; me refiero al hecho de contemplar cómo una persona vuelve a la conciencia. Lo primero que vio fue mi rostro sonriente. Sin abrir la boca, estiró el cuello para comprobar que en el otro asiento estaba Ann.

Cuando le comenté que iba a hacer un viaje a El Cairo para acompañar al profesor Best, a quien le había presentado en una ocasión, me dijo que la capital egipcia era una de las ciudades, junto con Estambul, que más deseaba conocer. Me encantó su disposición. Podría enseñarle algunos de los escenarios de mis correrías por aquella complicada ciudad, al margen de que visitásemos las pirámides, la Esfinge de Giza, los tesoros de la tumba de Tutankhamon y, si era posible, navegar por el Nilo, aunque fuese con el viejo profesor como compañía. Bien mirado, la presencia de Best podía resultar estimulante, no en balde era una de las mayores eminencias en el mundo antiguo. La verdad es que dediqué mucho más tiempo a fantasear con nuestros proyectos que a darle explicaciones a Ann acerca del objetivo del viaje. Me había limitado a decirle que se trataba de entrevistarnos con un anticuario, propietario de unos viejos manuscritos que el profesor Best debía autentificar; mi misión era acompañarlo y prestarle ayuda en una ciudad donde me desenvolvía con la soltura de un nativo.

Le planteé a Milton la posibilidad de que Ann nos acompañase y la rechazó de inmediato, a pesar de indicarle que todos sus gastos correrían de mi cuenta. Me dijo que su rechazo no tenía una motivación económica, sino que la presencia de una mujer solo podría crear dificultades. Se extendió en diferentes argumentos, insistiendo en que no se trataba de un viaje de placer y que nuestra presencia en El Cairo no iría más allá de setenta y dos horas. Cuando terminó su exposición le señalé que la presencia de Ann no entorpecería nuestro trabajo y que disponer de poco tiempo era asunto nuestro. A pesar de ello mantuvo su negativa. Entonces le espeté:

—Si Ann Crawford no viene, vaya buscándose otra niñera para Best.

Ahora, después de los trámites en la aduana, tan engorrosos como siempre, entrábamos en territorio egipcio. Allí nos aguardaba Henry Boulder, un angloegipcio nacido en El Cairo. El anticuario vestía un arrugado traje de lino beige y cubría su cabeza con un elegante panamá. Era un hombre maduro, estaría próximo a los sesenta años. Me llamó la atención su volumen, pesaría por encima de los ciento veinte kilos, sin ser demasiado alto. Su tez era clara, de aspecto anglosajón, y no parecía sentir los efectos del sol egipcio. Tenía los ojos de un gris azulado. Nos identificó sin problemas y se acercó hasta nosotros acompañado por dos mozos vestidos a la usanza tradicional y unos voluminosos turbantes cubriendo sus cabezas. Se quitó el sombrero para saludar a Ann, que le ofreció su mano, y él se la llevó a los labios, sin llegar a besarla. Peinaba hacia atrás sus cabellos pelirrojos sin disimular unas amplias entradas que despejaban su frente.

—Ahlan wa-l-Salam!

Ann me susurró al oído:

—¿Qué ha dicho?

—¡Bienvenidos!

Como si confirmase mis palabras, nos saludó:

—Es un placer darles la bienvenida a El Cairo.

—Gracias por recibirnos, señor…

—Boulder, Henry Boulder, para servirles.

Después saludó a Best con estudiada deferencia.

—Supongo que usted es el doctor Best. —Se estrecharon la mano.

—Soy Best, en efecto —gruñó el profesor, que todavía no se había recobrado de los efectos del somnífero.

—Bienvenido, doctor.

Me miró con cierto descaro, marcando diferencias con la deferencia que había mostrado con Best. No me gustó su actitud.

—¿Usted…?

—Soy Burton, Donald Burton.

Me ofreció la mano, que estreché con desgana para devolverle su falta de entusiasmo. Percibí que le molestaba mi presencia. Tal vez, desde Londres no se la habían explicado convenientemente. También le sorprendió la presencia de Ann, aunque con ella se había mostrado mucho más condescendiente que conmigo.

Después de una breve discusión, que yo zanjé dando una generosa propina a los porteadores que se habían hecho cargo de nuestros equipajes al pie del avión, los mozos que lo acompañaban agarraron nuestras maletas y desaparecieron con una agilidad propia de ladrones.

—¡No las perdáis de vista! —les ordenó Boulder.

Nos acomodamos en el coche del anticuario, un Packard antiguo, pero bien conservado. Su brillo y limpieza contrastaban con los polvorientos taxis que se alineaban junto a la acera. Best ocupó el lugar del copiloto, mientras que Ann y yo nos acomodábamos en el asiento trasero.

El recorrido hasta el hotel fue lo más parecido a una pesadilla. Boulder conducía como los taxistas egipcios, una especie de demente al volante. Pero lo peor ocurrió cuando en la calle Malaka Nazli, a la altura de la estación de ferrocarril, la policía nos obligó a aparcar el coche en la acera. Estaba claro que, pese al poco respeto por las normas de circulación en El Cairo, Boulder se había excedido más de lo habitual e iban a multarnos. Sin embargo, los agentes se desentendieron de nosotros. Observé cómo la gente se agolpaba en las aceras y entonces ocurrió lo que yo sospechaba.

Una larga caravana de espectaculares Rolls-Royce, todos de un intenso color rojo, se deslizaban majestuosos por la avenida. La gente gritaba como si fuesen posesos:

—Ya ish jalalat al-malik!

—Ya ish jalalat al-malik!

¿Qué ocurre? —preguntó el profesor, que miraba al cortejo desfilar ante nuestros ojos como si fuese una escena de Las mil y una noches en versión moderna.

—Es el rey Faruk —le respondí.

Por el retrovisor comprobé que Boulder me dirigía una mirada poco amistosa. Mi rápida respuesta lo había privado de dar una explicación a quien tenía que certificar la autenticidad y antigüedad de sus papiros. Aprovechó la parada para encender un cigarro con una larga cerilla. Como tendría ocasión de comprobar, sentía predilección por los habanos.

¿Por qué tienen los coches ese color tan chillón? —me preguntó Ann.

—El rojo es exclusivo de la casa real egipcia. No verás ningún otro vehículo de ese color en Egipto, está prohibido.

Había utilizado un tono de voz algo más elevado de lo debido con el propósito de que Boulder supiese que no podría darme lecciones sobre aspectos del Egipto contemporáneo.

Al pasar por delante de nosotros, arreciaron los gritos de una multitud que parecía haber surgido de la nada en muy pocos segundos.

—Ya ish jalalat al-malik!

—Ya ish jalalat al-malik!

—¿Qué grita toda esa gente? —Best no salía de su asombro.

—¡Larga vida al rey! —le respondí.

—¡Los muy imbéciles! —exclamó Boulder que había completado el ritual de encender el cigarro, cuyo aroma empezaba a ocupar el habitáculo del coche.

—¿Son imbéciles por aclamar a su rey? —preguntó Ann escandalizada.

—Faruk es un personaje detestable. ¡Un miserable! ¡Un jugador de ventaja! ¡Un amoral!

—Veo que no goza de sus simpatías.

—El tono de Best tenía un punto recriminatorio.

—Lo que acabo de decir lo define sin la menor exageración. ¿Saben ustedes lo que ocurrió el otro día en el Covent Garden?

—Me suena a sitio londinense. ¿Qué es? —preguntó el profesor.

—Un paradisíaco club nocturno, donde se cena, se baila y se juega fuerte. Faruk suele acudir, aunque cada vez menos, porque últimamente prefiere L'Auberge des Pyramides. Jugaba una partida de póquer y quedó solo frente a un último jugador. La apuesta era muy elevada, y cuando el rival mostró sus cartas tenía una escalera. Faruk enseñó las suyas: un trío de reyes; había perdido. Sin embargo, exclamó con aire triunfal: «¡Póquer de reyes! ¡He ganado!».

»Todos los presentes se quedaron en silencio.

»—Majestad, solo tenéis un trío, la escalera gana—balbuceó el jugador.

»—¿Un trío, dices?

»—Así es, majestad.

»Faruk extendió sus brazos y exclamó:

»—¡El cuarto rey, el que completa el póquer, soy yo!

»El jugador estafado enmudeció atónito. Faruk recogió el dinero que había sobre la mesa y se lo quedó. Todos los presentes, menos el jugador, rieron el ingenio de ese truhán. Ahora irá a alguno de esos clubs para jugar o bailar con la mujer que le apetezca, sin tener en cuenta consideración alguna.

Reemprendimos la marcha, en medio de un tráfico infernal, no tanto por el número de vehículos cuanto por la gente y los animales de toda clase que circulaban por la calzada, sin hacer el menor caso al tráfico rodado, hasta el hotel Shepheard, uno de los más lujosos de la ciudad, donde teníamos reservado alojamiento por cuenta de la Theological School. Cuando bajamos del coche apestábamos a tabaco, estábamos derrengados y la noche caía sobre El Cairo. Habían transcurrido doce horas desde que llegamos al aeropuerto de Londres. Hicimos entrega de los pasaportes y nos registramos en recepción, mientras Boulder preguntaba por nuestros equipajes. Lo único bueno que había tenido la parada, aparte de ver la media docena de Rolls-Royce Phantom escoltados con la parafernalia propia de una monarquía oriental, era que las maletas ya estaban en nuestras habitaciones.

Quedamos con Boulder en vernos al día siguiente a las diez de la mañana. Entregó al profesor una tarjeta con la dirección de su tienda de antigüedades, le deseó un descanso reparador y desapareció rápidamente sin apenas despedirse de Ann y de mí.

Best dijo que no bajaría a cenar, pediría algo al servicio de habitaciones. Ann y yo decidimos que, después de un buen baño, no desperdiciaríamos nuestra primera noche en El Cairo.

 

Conocía el Opera Casino de mis años de corresponsal. Cuando crucé la puerta comprobé que mantenía el lujo y la elegancia que lo habían convertido en el lugar más glamuroso de El Cairo. Era, junto al Covent Garden, el club más frecuentado por los oficiales británicos, que entonces podían encontrarse por todas partes. Los egipcios no nos miraban con buenos ojos después de décadas de dominio colonial que no habían dejado un buen recuerdo, pero apreciaban nuestras libras esterlinas. El cambio más llamativo era que el local ya no estaba lleno de uniformes británicos, sino de esmóquines de aristócratas egipcios y hombres de negocios, muchos de ellos tocados con el tarbush, acompañados por sus esposas o sus amantes. Una generosa propina nos proporcionó una mesa excelente, ni al borde de la pista de baile ni tan alejada que se perdiesen los detalles que convertían una danza del vientre en una obra de arte, más allá de la belleza de la bailarina.

En la recepción del Shepheard me había informado de que Badia Masabni continuaba al frente del Opera Casino. Una vez instalados, pregunté por madame Badia; aunque no había sido un asiduo porque mi sueldo de entonces no me lo hubiese permitido, no quería dejar pasar la ocasión de saludarla. Tardó en venir casi diez minutos, después de que nos hubiesen servido las bebidas, whisky para mí y gin-tonic para Ann, pero cuando se acercó hasta nuestra mesa, se mostró encantadora y me saludó por mi nombre. No tenía nada de particular, las normas del club obligaban a registrarse a la entrada, como si se tratase de la llegada a un hotel. Sin embargo, después de los saludos y unas palabras de cortesía banal, dijo algo que dejó a Ann atemorizada y a mí un punto más que preocupado.

—Por favor, no mire hacia su derecha. Deje transcurrir unos minutos y, cuando mire, hágalo con disimulo.

—¿Ocurre algo? —le pregunté reprimiendo el deseo de mirar. Como todo el mundo sabe, los periodistas somos curiosos por naturaleza.

—El individuo que está solo en una mesa del fondo y viste un esmoquin blanco no les ha quitado el ojo de encima desde que han llegado. No tenía mesa reservada y ha entrado poco antes que ustedes. Ha pedido una mesa desde la que pudiese ver toda la sala.

—¿Qué tiene eso último de extraño? Madame Badia sonrió con suficiencia.

—Le interesa más el público que las bailarinas, ¿no le parece extraño? Creo que no debe perderlo de vista.

Nos dedicó una sonrisa encantadora y se retiró saludando a algunos clientes con medida cordialidad y deteniéndose en un par de mesas.

Dejé que transcurriese un tiempo prudencial y, como faltaban algunos
minutos para que comenzase el espectáculo, decidí que lo mejor era ir a la toilette; en Egipto la influencia francesa se notaba mucho más que la británica en multitud de pequeños detalles. Recordaba dónde estaban los servicios y eso me permitiría satisfacer mi curiosidad.

Pude verlo perfectamente a mi regreso de la toilette. Como sospechaba, no lo había visto en mi vida. Hubo un instante en que nuestras miradas se cruzaron y supo que no era casual que me hubiese fijado en él. Mantuvo fijos sus ojos en mí, como si desease amedrentarme con la mirada.

—Madame Badia no se ha equivocado —susurré al oído de Ann—. Ese individuo está pendiente de nosotros. Si quieres —añadí—, puedes mirar con descaro; ya sabe que nos hemos percatado de su presencia.

Ann no necesitó que se lo repitiera. Se giró en su asiento y lo miró sin disimulo. En aquel momento el presentador anunció el comienzo del espectáculo. Después de las actuaciones de tres bailarinas que hicieron las delicias de los asistentes y justo antes de que comenzase la actuación estelar de Tahiya Kanoka, el camarero se acercó a nuestra mesa. En una bandeja de plata traía una nota.

—Es para el señor.

Antes de cogerla, miré hacia la mesa del fondo y comprobé que el individuo del esmoquin había desaparecido. El mensaje era escueto:

SI APRECIA EN ALGO SU VIDA Y LA DE LA JOVEN QUE LO ACOMPAÑA, MÁRCHENSE DE EL CAIRO .

—¿Qué ocurre? —me preguntó Ann.

Pensé que lo mejor era que estuviese al tanto; al fin y al cabo también le afectaba a ella. Le pasé la nota y después de leerla me preguntó sin dar la menor muestra de nerviosismo:

—¿Podrías explicarme qué has venido a hacer a El Cairo para recibir esta amenaza?

Un potente reflector alumbró el centro de la pista de baile a la par que aumentaba la penumbra en la sala. La voz cálida del presentador anunció: «Damas y caballeros, con todos ustedes la única, la sin par, la inigualable Tahiya Kanoka».

Un suave sonido de tambores acompañó la aparición de la que muchos consideraban la mejor bailarina de todos los tiempos. Parecía que los años no pasaban por aquella maravillosa mujer que convertía en un lujo, un verdadero privilegio, verla interpretar la danza del vientre. Su primera danza fue una mezcla de suaves contoneos y movimientos felinos. En la segunda inició un desafío a los tamborileros con sus voluptuosos movimientos, cargados de sensualidad. Tahiya, sin embargo, no necesitaba para conseguir la excitación del público recurrir a contorsiones lujuriosas. Su danza rozaba la perfección. Era una exhibición de belleza, sensualidad y armonía, sin que fuese obstáculo para imprimir a sus movimientos un ritmo vertiginoso. Era capaz de mantener el equilibrio en circunstancias excepcionales, como con un candelabro encendido sobre su cabeza mientras su cuerpo realizaba contorsiones increíbles. A ello se sumaba que era una bailarina inteligente.

Entre los espectadores, muchos de ellos devotos de Tahiya que acudían al Opera Casino solo para disfrutar con su baile y su hermosura, se había hecho un silencio absoluto. Alguna gente contenía la respiración.

Ni Ann ni yo disfrutamos del momento como se merecía, rumiábamos aquellas dos líneas que a mí me habían desconcertado y suponía que a ella le planteaban numerosas interrogantes sobre mi presencia en la capital egipcia.

Terminó el espectáculo y, antes de abandonar el club, pedí ver a madame Badia. Otra vez tuve que esperar diez minutos.

—¿Satisfecho, míster Burton? —me preguntó, sabedora de que mi respuesta la halagaría.

—Tahiya Kanoka sigue siendo la mejor.

No debió parecerle suficiente porque añadió:

—No solo la mejor, Tahiya es única.

—Por supuesto, por supuesto —asentí—. La felicito, madame.

—Supongo que no me ha llamado para felicitarme.

—No, madame. Es para preguntarle por el caballero del esmoquin. ¿Qué sabe de él?

—Absolutamente nada, míster Burton.

—Al menos sabrá su nombre. Badia Masabni hizo un gesto de disculpa.

—Lo lamento, pero la discreción es norma de la casa.

Busqué la nota en el bolsillo de mi chaqueta y se la entregué.

—¡Dios mío! —Se había llevado la mano a la boca de forma instintiva. Tenía los dedos largos, las uñas pintadas y cuidadas con esmero.

—¿Podría decirme el nombre de ese caballero? Al menos el nombre con que se ha presentado.

—Por supuesto, míster Burton, por supuesto. ¿Tienen la bondad de acompañarme?

El individuo había presentado un pasaporte egipcio extendido a nombre de Suleiman Naguib.

—¿Sabe usted algo de este Naguib?

—Nada —me dijo el encargado de la recepción—. Es la primera vez que venía por aquí.

—¿Recuerda su cara?

—Vagamente.

El recepcionista no parecía muy dispuesto a colaborar.

Saqué un billete de veinte libras egipcias, lo puse sobre el mostrador y lo tapé con la mano.

—¿Diría que ese tal Naguib es egipcio?

—No podría asegurarlo, señor, pero podría serlo, desde luego parecía un tipo mediterráneo.

—¿Qué quiere decir con un tipo mediterráneo?

—Si no era egipcio, era griego o italiano. No parecía ni alemán ni inglés.

—¿Podría describírmelo?

—Piel oscura, pelo negro, como sus ojos, que eran muy grandes. No estaba nada mal para un vago recuerdo.

—¿Algo más?

—Sí, tenía bigote.

No había posibilidad de error, estábamos hablando del mismo individuo. Dejé el billete sobre el mostrador, tomé a Ann por el brazo y salimos del club. Apenas habíamos andado unos pasos, cuando una voz llamó mi atención e interrumpió la pregunta que Ann había iniciado.

—¡Míster, míster!

Era uno de los porteros.

—Tengo información sobre el individuo por el que usted pregunta.

Se dio cuenta de mis dudas, porque añadió:

—El del esmoquin blanco.

—¿Qué sabes de él?

—Es un tipo extraño.

—¿Extraño?

—¡Se ha ido sin ver a Tahiya! Eso es extraño, muy extraño.

—¿Qué sabes de él? —insistí.

—Puedo decirle adónde ha ido.

—¿Lo sabes?

—Puedo saberlo.

Saqué otro billete de veinte libras, pero hizo un gesto negativo con la cabeza, aquel truhán se vendía caro. Lo sustituí por otro de cincuenta y me sonrió. Iba a cogerlo, pero lo arrugué en mi mano.

—Primero, adónde ha ido.

Se acercó al último taxi de la fila y habló con el taxista un par de minutos. Me pareció demasiado tiempo, pero lo que me dijo cuando regresó, valía las cincuenta libras.

—¿Qué te ha dicho?

Extendió la mano.

—Primero, qué te ha dicho.

—Ha ido al hotel Shepheard. ¿Sabe dónde está?

—¡Por supuesto!

Ann y yo subimos al primer taxi y sin ajustar el precio, lo que en El Cairo es un grave error, le indiqué que nos llevara al Shepheard. Pagué el doble, pero no podía perder un minuto. En el trayecto, mientras explicaba a Ann la razón de lo que sabía acerca de nuestra presencia en El Cairo, no dejé de pensar en Best.


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