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CAPÍTULO 14: FORTUNA PERSONAL / Espíritu de negociador / Liquidando las propiedades de Alfonso XIII

Publicado el 15 de abril de 2022, 13:38

Espíritu de negociador

El rey reconoce que hizo el primer mal negocio de su vida cuando tenía cinco o seis años. Fue en Lausana. Un español que había ido a visitar a su padre le regaló una pluma de oro. Justo delante del Hotel Royal, donde vivían entonces, había una tienda donde los niños solían comprar caramelos y chocolate. Como "Juanito" no tenía ni un céntimo en el bolsillo, tuvo la idea luminosa de vender la pluma al portero del Hotel por cinco francos, e ir a salto de mata a gastárselos en golosinas. Cuando Don Juan se enteró, fue a ver al portero y tuvo que compensarle con diez francos para recuperar la pluma. "¡Me has hecho perder cinco francos!", riñó al hijo que, con el tiempo, le haría perder muchísimo más. Siempre tuvo espíritu de negociador, que afloraba a la mínima ocasión. Cuando ya era adulto, continuó demostrando un talento escaso para los asuntos económicos, y hacía tratos poco afortunados, como cuando le cambió al periodista Jaime Peñafiel, habitual en La Zarzuela, una cámara fotográfica Nikon moderna que éste tenía, por una valiosa Leika-Flex con motor propiedad de la Casa Real.

Dicen quienes le conocen que desde que era niño se ha preocupado de proveerse de cierta seguridad económica, para librarse de los fantasmas de las penurias del pasado, cuando su pobre padre tenía que "mendigar" yates, palacios y Bentleys a los amigos para poder vivir sin renunciar a los "dry Martinis". Y se señala como un rasgo característico de su carácter una brusca obsesión compulsiva para no perderse las oportunidades que ve alrededor. El editor José Manuel Lara fue testigo en una ocasión. Hacía ya no se sabe cuántos años que perseguía al ex-secretario del rey, Sabino Femández Campo, para conseguir con sus memorias lo que sería uno de los best sellers más importantes de la historia editorial española. Pero Sabino siempre lo rechazaba, alegando que "lo interesante no lo puedo contar y lo que puedo contar, no tiene ningún interés", lo que era un argumento muy honrado por su parte. De todos modos, Lara no dejaba de insistir, y un día que coincidieron en un restaurante, se lo recordó nuevamente y llegó a ofrecerle un cheque en blanco. Y Juan Carlos, que comía con Sabino, dijo de pronto: "Pero yo quito una parte, ¿eh?"

Pese a no tener una gran agudeza para los negocios, Juan Carlos ha sabido rodearse toda la vida de buenos colaboradores que le han ayudado en este terreno; igual que otros lo han hecho en el ámbito político. Al margen de que algunas operaciones poco sutiles fueron fracasos sonoros, por lo general la cosa no le ha ido mal. La etapa del Gobierno del PSOE fue especialmente fructífera. Aunque él no figurara oficialmente, sus amigos íntimos no se quedaron fuera prácticamente de ningún gran acontecimiento: Ibercorp, Expo 92, KIO, etc. Después todo les explotó en las manos. Pero, por lo que se sabe, no tuvieron que devolver ni una peseta. Con talento o sin él, casi siempre utilizando mecanismos --como veremos- muy simples, Juan Carlos ha conseguido ir amasando a lo largo de los años una modesta fortuna personal, con la cual, como su vida está sometida al control de la opinión pública, no puede hacer gran cosa. De todos modos, el Estado le paga casi todos los gastos. Pero al parecer sí que ha tenido la previsión de colocarla en bancos extranjeros, cosa que no había hecho Alfonso XIII y de ahí los problemas que tuvo que padecer su hijo Don Juan. Algún día, si las cosas se tuercen en el Estado y tiene que salir por piernas, tanto él como su familia tendrán las espaldas cubiertas con el dinero ahorrado, depositado en bancos suizos, que actualmente se calcula que es de unos 6.000 millones de pesetas.

 

Liquidando las propiedades de Alfonso XIII

La República, que hizo salir a salto de mata a Alfonso XIII en 1931, permitió que se enviaran las joyas personales a la antigua reina Victoria Eugenia en los estuches correspondientes. Pero se quedó con sus propiedades en España, entre las cuales había varios palacios, la mayoría oficialmente para pasar el verano: uno en Santander, otro en Donostia, una isla en la ría de Arousa... Como ya hemos visto en los primeros capítulos, aquello supuso un duro trastorno para los Borbón en el exilio.

Siempre se ha dicho que la Casa Real española es pobre, y no sólo en comparación con casas reales como la británica, una de las fortunas más grandes del planeta, sino con muchas de las familias de la alta burguesía española, por no hablar de la aristocracia bancaria. Y necesitaron la ayuda continuada de una serie de nobles para seguir adelante durante los primeros años del exilio. Pero ya antes de que Juan Carlos accediera al trono, la situación se les fue arreglando bastante. Desde 1947, cuando Franco convirtió oficialmente a España en un reino, el Gobierno les empezó a pasar una renta anual, cuya cifra inicial, aquel año, fueron 250.000 pesetas, entregadas a Victoria Eugenia como reina viuda. Además, en 1939 Franco ya les había devuelto oficialmente las propiedades confiscadas por la República, que cuando murió Alfonso XIII pasaron, aunque con algunos problemas, a Don Juan de Borbón. Alfonso de Borbón y Dampierre, el hijo de Don Jaime, siempre se ha quejado con resentimiento no sólo por el tema sucesorio, sino por el hecho de que Don Juan, según él, le había "robado mi patrimonio. Se ha quedado con todo".

Cuando murió Franco, con su hijo ya coronado, lo primero que hizo Don Juan fue poner en orden sus asuntos y empezó a vender palacios muy aprisa, como si tuviera miedo de que lo de la monarquía no fuera a durar demasiado. El palacio de Miramar, en Donostia, fue la operación más sencilla. Don Juan ya había tomado posesión oficialmente cuando en los primeros años cincuenta había enviado a sus hijos "Juanito" y Alfonso a estudiar, y nadie había puesto en entredicho la propiedad. La venta del palacio de la Magdalena en Santander resultó un poco más conflictiva. El palacio había sido regalado por los habitantes de Santander a Alfonso XIII en 1912 para residencia de verano. Lo construyeron al estilo inglés para halagar a su esposa, con las aportaciones populares de algunos miembros de la nobleza y de empresarios de la ciudad. Los reyes veranearon en él de 1913 a 1930. Pero después, con la República, recuperado por el pueblo, se dedicó a otros fines. El poeta Pedro Salinas fundó la Universidad Internacional Menéndez y Pelayo (la UIMP), de la que fue el primero rector y, aunque Salinas --como tantos otros se fue al exilio tras la guerra, durante todo el franquismo la Magdalena no se dejó de utilizar como sede de actividades académicas. Pero en 1977 Don Juan no tuvo complejos a la hora de exigir lo que consideraba suyo. El Ayuntamiento negoció la compra para no tener que desalojar la UIMP, tanto del palacio como de la península (28 hectáreas de terreno, que también pertenecían teóricamente a Don Juan). La oposición municipal protestó por la decisión del alcalde, Juan Ormaechea. Consideraban que la compra era improcedente y se creó un organismo de partidos, centrales sindicales y asociaciones de ciudadanos para revocar el acuerdo. Pero no hubo nada que hacer. Eso sí, como estaba claro que aquello era muy anómalo, sólo dieron a Don Juan una cantidad simbólica de 150 millones de pesetas, por la que el Ayuntamiento se tuvo que endeudar con un crédito del Banco de Santander de Botín. El trato se firmó el 25 de noviembre. Poco después empezaron a planificar la remodelación del palacio, que tardó más de 10 años en ejecutarse y estuvo llena de irregularidades. Acabó costando más de 6.000 millones de pesetas, aun cuando el presupuesto inicial aprobado en la adjudicación de la obra era tan sólo de 895 millones. De nuevo, se dispuso de créditos del Banco de Santander, gestionados por el Gobierno municipal del PP. Y cuando el palacio estuvo listo, lo fue a inaugurar el rey Juan Carlos, en 1995. Dejaron una placa de mármol en la sala de ordenadores como reconocimiento al que había sido el fundador, Pedro Salinas.

Por lo menos en la Magdalena los reyes de España habían pasado algunos veranos, que era lo que querían en su momento quienes se los regalaron, a fin de atraer el turismo a la zona. Pero en la isla de Cortegada, en la ría de Arousa, sólo disfrutaron de la visita real un día de septiembre de 1907, el tiempo justo para que Alfonso XIII, a bordo de una canoa, tomara posesión y volviera a marcharse para no volver nunca más. Cortegada había sido expropiada a los vecinos de Carril (Galicia) a principios de siglo para regalarla al rey, con la misma idea que tuvieron los ciudadanos de Santander muy poco después con mayor éxito. Querían que Alfonso XIII construyera su palacio de verano, una idea del empresario local Daniel Poyán, que consideraba que sería un gran negocio para Galicia. A su proyecto se unieron terratenientes, hombres de fortuna amasada en las Américas, empresarios, banqueros adeptos a la causa... Para aceptar el regalo, Alfonso XIII, como si les estuviera haciendo un favor, puso varias condiciones: la primera, que la donación se transformara en escritura de propiedad en favor suyo con todas las garantías; y la segunda, que se le diera la isla íntegramente. El Ayuntamiento aceptó las dos cosas, y como en aquella época había propietarios y familias de mariscadores, hubo que expropiarlos a todos y obligarlos a abandonar la isla. Pese a que en la concesión se planteaba la pertenencia de la isla a la Corona a perpetuidad, con el objetivo de que la familia real instalase su residencia de verano, cosa que no hizo nunca, setenta años más tarde, en 1978, el regalo real fue vendido por su heredero, Don Juan de Borbón. De nuevo, fue una venta irregular. Esta vez los compradores eran miembros de su propio "consejo”, encabezados por Ramón Pais Ferrín, a través de la inmobiliaria Cortegada SA, constituida a tal objeto. El precio establecido, ridículo pero cierto, fue de tan sólo 60 millones de pesetas. La empresa compradora todavía hoy es la propietaria legal, aunque toda su existencia ha estado rodeada de circunstancias oscuras, que hacen que esté perdida en medio de un rosario de procesos contencioso-administrativos. Pero lo último que se sabe es que la Xunta de Manuel Fraga quiere recomprar la isla con dineros públicos para devolvérsela al pueblo. Cortegada SA reclama como compensación 20.000 millones, en calidad de perjuicios por no haber podido explotarla para el turismo como quería, en una demanda que actualmente se halla en el Tribunal Supremo.

Don Juan, en años sucesivos, todavía continuó vendiendo propiedades, sin que se sepa qué necesidad tenía de tanta liquidez. En 1990, el alemán Klaus Saalfel, empresario y abogado de patentes en Múnich, propietario de una tipografía en Lisboa, le compró su querida Villa Giralda de Estoril, a través de su testaferro, Nils Peter Sieger. Un palacio que también había sido un regalo, esta vez de los nobles que querían ayudar a Don Juan y su familia en el exilio. Una vez más, el precio establecido fue una cifra irrisoria: 85 millones de escudos por un palacio que ahora, sólo 10 años después, el actual propietario quiere vender a la Fundación Conde de Barcelona, formada en parte por los mismos que se lo habían regalado en primero término, por un precio tres o cuatro veces superior. O Don Juan fue un negociador pésimo, o algo hay detrás de todas estas ventas extrañas en las que prácticamente regaló palacios y propiedades que en realidad eran de titularidad más que dudosa. Pero nadie con capacidad legal para hacerlo se ha preocupado de investigar este asunto. Aunque hizo un mal negocio, teniendo en cuenta el volumen y la calidad de las ventas, al fin y al cabo sumó, sólo con respecto a lo que se ha repasado aquí, casi 300 millones de pesetas, una cantidad que muchas personas no habrían considerado despreciable. Pero ha sido todo tan confuso y oscuro, que incluso se ha llegado a publicar que, cuando Don Juan murió, no tenía dinero para pagar la clínica, y que en el testamento sólo dejaba dos millones de pesetas.

Por otro lado, para acabar con el conde de Barcelona, señalaremos que, según distintas fuentes, era uno de quienes estaban en la lista de los "perdonados" fiscalmente por el PSOE, a los que se refería en enero de 1997 el secretario de Estado de Hacienda, Juan Costa, cuando anunció que el Estado había dejado de ingresar 200.000 millones de pesetas en impuestos, de cerca de 600 personas físicas y jurídicas, fundamentalmente instituciones financieras. Después de estallar el escándalo, el Gobierno del PP no pudo o no quiso identificarlos, y la duda sigue flotando en el aire.


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