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CAPÍTULO 28 Almanzor el del tambor

Publicado el 8 de junio de 2022, 0:33

Hisham II gobernó en medio de las intrigas cortesanas, entre altos funcionarios que rivalizaban por el poder. El que se impuso a todos ellos fue Almanzor, un miembro de la pequeña nobleza, que empezó de simple escribiente, aprovechando que tenía buena letra (la caligrafía se apreciaba mucho), y fue escalando puestos en la administración, desde subsecretarías como la de director de la Fábrica de Moneda y Timbre hasta ministerios como el del Tesoro. Es probable que su meteórica ascensión se debiera también a su amistad con la esposa favorita del califa, la bella Subh, la navarra.

Almanzor gobernó, prácticamente, como rey absoluto y relegó al joven, piadoso y algo bobo Hisham II al papel de mero comparsa. Como todo dictador, aspiró a perpetuar su memoria en un monumento imperecedero que pregonara su grandeza. El suyo fue una nueva ciudad palaciega y administrativa, Medinat al-Zahira, totalmente innecesaria, puesto que ya existía Medina- al-Zahra.

La verdadera vocación de Almanzor (título que significa «el victorioso») fue la militar. No sólo mantuvo a raya a los cristianos del norte, sino que los afligió durante veinte años con sus cerca de cincuenta expediciones, que asolaron la tierra enemiga desde Galicia a Barcelona. El esfuerzo dejó extenuada a Córdoba, como esos países que invierten en armas un porcentaje excesivo de su producto interior bruto y, a la larga, quiebran y quedan exhaustos. La otra consecuencia fue que el reino de León, repetidamente asolado por ataques casi anuales, no volvió a levantar cabeza, mientras que Castilla, que socialmente estaba más preparada para vivir en pie de guerra, no sufrió tanta merma.

La expedición más célebre de Almanzor destruyó Santiago de Compostela el verano de 997. Fue una afrenta a toda la cristiandad porque el sepulcro del apóstol se había convertido en un centro de peregrinación famoso. Almanzor expolió las campanas de la basílica, que transportó a Córdoba a hombros de cautivos, y allá quedaron sirviendo de lámparas en la mezquita, hasta que, tres siglos después, Fernando III conquistó Córdoba y las devolvió a Santiago a hombros de cautivos musulmanes. (Ojo por ojo, y eso que era santo.)

El escéptico lector quizá recuerde de los textos de su mocedad que finalmente Almanzor el Victorioso fue derrotado en la batalla de Calatañazor, y aunque logró escapar con vida a uña de caballo, el disgusto que se llevó fue de tal calibre que murió a los pocos días. No hay nada de eso. En el año 1002. Almanzor, que en su vejez seguía al pie del cañón, tuvo que interrumpir su campaña anual al sentirse enfermo. Su salud se agravó rápidamente y expiró a los pocos días en la plaza fronteriza de Medinaceli.

De Calatañazor no hay nada. La noticia de la fabulosa derrota sólo aparece dos siglos más tarde para demostrar a la castigada grey cristiana que el profanador de Santiago no quedó sin castigo. Para que se vea lo viscerales que son a veces los historiadores: el prestigioso arabista García Gómez, aun rechazando como fabuloso el encuentro de Calatañazor, alude a otro en Cervera, donde los musulmanes pasaron momentos de apuro antes de poner en completa desbandada al ejército cristiano, y escribe: «Aun cuando sea sin victoria, la gloria del conde de Castilla crece aún más a nuestros ojos [...]. En Calatañazor perdió Almanzor su alegría, aun cuando fuera sin derrota.» Y se queda tan fresco. El que no se consuela es porque no quiere.


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