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LA HORA DE TREVIJANO

Publicado el 27 de noviembre de 2021, 22:12

En ese mismo año de 1793, Robespierre expuso a la Asamblea su teoría sobre las relaciones entre el pueblo y el gobierno sin emplear el concepto moderno de democracia. En El defensor de la Constitución, de mayo de 1792, había dejado claro que él, un republicano, prefería una Asamblea representativa popular y ciudadanos libres con un rey, que un pueblo esclavo y humillado bajo un Senado aristocrático y un dictador. No concebía la posibilidad de una República representativa. Y cuando en pleno Terror dice que «esta Asamblea está fundando la primera democracia del mundo» (7-6-94), proclama que «su lema es la virtud» y que no puede ser considerado demócrata «quien tiene cien mil libras de renta» (refiriéndose al noble revolucionario A. Klootz). A esta democracia social se refiere Saint-Just: «Cread instituciones civiles en que no se haya pensado todavía y así proclamaréis la perfección de vuestra democracia.»

El general Bonaparte utiliza la expresión «pura democracia», en carta al Directorio de 28-12-96, para referirse a los patriotas italianos partidarios de la Constitución francesa del 93.

En el Memorial de Santa Elena, Napoleón todavía emplea la palabra democracia, en la inercia del siglo XVIII, como elemento popular opuesto al de aristocracia. Y Benjamin Constant enumera, en 1815, cinco formas de gobierno: «monarquía, aristocracia, democracia, gobiernos mixtos y sistema representativo», para distinguir a éste de la democracia directa de los griegos y de Rousseau (De la souveraineté du peuple, La Pléiade).

Cuenta Roederer, en su Espíritu de la Revolución, que dice haber escrito en 1815 y concebido después de Termidor, que los jóvenes franceses llamaban democracia a la igualdad de derechos. Pero esta afirmación no está contrastada en otros documentos de la época. Suponiendo que fuera cierta en 1831, año en que se editó el libro, hemos de ver lo que Roederer entendía por democracia y la clase de igualdad de derechos que él propuso a Napoleón. En cuanto a lo primero, Roederer pensaba lo mismo que su cómplice Sieyès, quien dictó en aquellos días de Brumario de 1799 las notas, recogidas por Boulay de la Meurthe: «La democracia bruta es absurda. Sus más cálidos partidarios no pretenden, sin embargo, introducirla en la parte ejecutiva, administrativa, judicial y otras partes del servicio público. Ellos la quieren solamente en el orden legislativo. La diferencia entre el régimen democrático y el representativo está en que, en este último, es necesario poner la legislatura en representación, puesto que hacer representar la democracia es confiar en representantes elegidos para legiferer todos los poderes que ejercería el pueblo quedado en democracia. De aquÍ se sigue que, fuera de la elite representativa, nadie tiene derecho de representar ni derecho de hablar en nombre del pueblo».

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