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Los primeros españoles

Publicado el 26 de noviembre de 2021, 12:50

La prehistoria española es todavía un terreno controvertido. ¿Recuerda el escéptico lector lo que aconteció a aquel grupo de ciegos que palpó un elefante para averiguar qué clase de animal era? A uno le tocó la cola y dijo que el elefante es alargado y cilíndrico, como la serpiente; los que palparon las patas coincidieron en que tiene forma de columna; los que reconocieron las orejas aseguraron que, mas bien, es parecido a la raya de mar, sólo que con cerdas, y el que había palpado la cabeza lo encontró más parecido a la tortuga gigante del Pacífico. Algo parecido acaece con los paleoantropólogos y con los prehistoriadores. Se han propuesto describir la evolución de la humanidad en grandes períodos de tiempo y sólo disponen de escasos y, a veces, dudosos restos, lo que determina que sus hipótesis y conclusiones sean, casi siempre, aventuradas y provisionales. Con un trocito de hueso deben cubrir el devenir de la humanidad a lo largo de milenios; de una docena de piedras talladas deducen el grado de inteligencia que asistía a los hombres que las produjeron. Al poco tiempo, el hallazgo de otro trozo de hueso o de otros cantos tallados en distinto lugar, o asociados a distintos estratos, invalida las anteriores teorías. Con esto no quisiéramos desautorizar la paleoantropología ni la arqueología del hombre remoto. Es más, nos parecen ciencias muy necesarias y, sin duda, constituyen la más apasionante actividad que una persona puede emprender sin quitarse los pantalones. Lo que pretendemos decir es que el escéptico lector hará bien en someter las etapas prehistóricas a una especie de cuarentena hasta que el asunto se aclare. Esto atañe también, naturalmente, a la prehistoria de nuestra Península, tan proclive a modas y oscilaciones. Vicens Vives, que era un gran escéptico, hizo notar que los mismos datos se interpretan de manera radicalmente distinta según el historiador sea de la escuela de Bosch Gimpera (partidario del iberismo) o de Almagro (partidario del celtismo). También es de señalar que, a menudo, los prehistoriadores se ponen al servicio de la ideología dominante. En los años cuarenta, cuando España marchaba por la senda del imperio hacia Dios, se proclamaba la existencia de un absurdo unitarismo antes de la llegada de Roma. El lector de cierta edad recordará la matraca que le dieron con las gestas de Sagunto y Numancia. Luego, transcurridas unas décadas, cuando el marxismo se puso de moda en la universidad, la historia comenzó a verse bajo el prisma de lo económico, de la plusvalía y de la lucha de clases, cuadros comparativos y grandes rimeros de cifras en gruesos apéndices, que más que libros de historia parecían informes de gestión de una entidad bancaria.

Sentadas estas advertencias, vayamos a la prehistoria (provisional) de España.

El fósil más antiguo encontrado hasta hoy en España es el fragmento de cráneo fosilizado de Orce (Granada), cuya edad se calcula entre 1,5 y 1,8 millones de años.

Hace unos novecientos mil años, varios individuos del Homo erectus se dejaron olvidados unos guijarros tallados en un paraje de Cádiz conocido como El Aculadero. ¿De dónde procedían? Seguramente de África. ¿En qué aventuradas pateras habían cruzado el Estrecho? ¿Qué fue de ellos? No lo sabemos. Siendo nómadas que vivían de la recolección, y, en menor medida, de la caza y de la pesca, permanecieron una temporada en El Aculadero y luego se mudaron sin dejar más rastro que aquellas herramientas, y vaya usted a saber adónde fueron a morir.


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