• LECTURA RECOMENDADA: "Los Caballeros de la Muerte", el autor te hace protagonista de la novela, no te la pierdas.
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LOS CABALLEROS DE LA MUERTE: UN SOSPECHOSO (61 - 70)

Publicado el 30 de noviembre de 2021, 11:27

...Emiliano, estaba ya quemado. Era otro confidente que tenía el capitán, pero le alertó de la huida de la partida de Lobedu con un error de casi una hora —¡una hora!, el espacio de tiempo que os salvó.
      —Pero en toda esa búsqueda de bandoleros, la prensa sólo le nombra a usted por este episodio de la captura de Tuco —interrumpes su relato, no te interesa lo que pueda manifestar, tú conoces mejor que él lo que ocurrió—.

¿Qué me puede decir?

—Que lo que dice la prensa es mentira —asegura con rotundidad, terminando la cerveza—.   Cuando llegamos, el Tuco ya estaba muerto. Fue una mentira que se inventó el capitán, para ganar méritos.
—Un capitán que ahora es coronel —utilizas los datos actuales que posees sobre él—, y dentro de poco será general —quieres explotar su ira, o su rencor, o las dos cosas, por eso se lo cuentas.
—Ya ve, ¡qué ironía! —hace un gesto al camarero para que le traigan otra caña—. Hoy es un fiel servidor de la democracia, ayer era un matarife de demócratas. Su mentira tenía un objetivo: justificar por qué no fuimos capaces de capturar a una de las últimas guerrillas que operaba en los montes. Y la única razón se encontraba en que la información que teníamos nos llegó tarde y resultó errónea.
—¿Si ustedes no fueron, quién mató a Tuco? —no deberías hacer esas preguntas tan directas, puede colocarse a la defensiva.
—Ni lo sabíamos, ni nos importaba —no le han servido la cerveza, por eso ya no mira las burbujas, se limita a contemplar la espuma pegada en el vaso vacío—. Yo creo que debió ser uno de ellos, porque vimos cómo un maquis salía de la casa y emprendía el ascenso por la montaña. El capitán le disparó, pero creo que no le llegó a alcanzar —ese no era el asesino, eras tú, huyendo como un rayo montaña arriba, pero no se lo vas a decir. Y sí te alcanzó la bala, en el tobillo derecho. Acaban de presentarte al causante de tu cojera.
—Aquí, en las fotos, se observa un disparo en la nuca. ¿No le resulta muy raro que un fugado disparara para alertarles a ustedes? ¿No vieron bajar a nadie desde aquella caseta?
—Sí. Los que salieron, y que encontramos en la falda de la montaña, eran de la contraguerrilla —sigue hablando, te repites, ya estamos más cerca del asesino—. Pero yo no les conocía, sólo se relacionaban con el capitán, ya sabe, nosotros éramos chusma, clase de tropa.
—Tengo la sensación de que usted no quiere que le mencione en mi informe para la Dirección General, como uno de los miembros de nuestro benemérito Cuerpo que posibilitó el fin de los bandoleros —da un trago a la nueva cerveza.
—Acertó, mi teniente coronel. Sólo quiero olvidar aquello y dormir tranquilo, sin muertos, sin preguntas. No le pido nada más a la vida.
—Respetaré su deseo. Una última pregunta: aquí han escrito que la mujer del Tuco, una tal… —simulas un despiste, como que no conoces su nombre y vas a comprobarlo—. Aquí está, Carmen Llaneza. Dicen que se volvió loca al ver el cadáver de su marido y que…
—Mentira, otra mentira —deja las burbujas y te mira—. ¿Se da cuenta? Estamos rodeados de mentiras.
—Entonces, ¿qué ocurrió? —preguntas intrigado, y estás seguro de que lo va a decir, lleva muchos pecados en su alma y se ha impuesto su particular penitencia, pero necesita que alguien le dé la absolución. No vas a ser tú, eso lo tienes claro.

—No soportó los interrogatorios.
—¿La torturaron? —mira desconcertado, preguntándose: «¿qué pregunta es esa, viniendo de un teniente coronel? ¿Tú nunca has interrogado a nadie durante el régimen?», te espeta con su mirada.
—¿A usted qué le parece? Pero mis respetos por la señora, no delató a nadie.
Le invitas a una copa de whisky, y le das tres billetes de mil pesetas al camarero para que se cobre la ronda.
—Son sólo trescientas. Le sobra mucho —manifiesta el barman, sin quitar los ojos de los billetes.

—No, no sobra nada. Quédese usted con el cambio, y le va poniendo copas de whisky a mi amigo hasta que se termine el dinero.
—Pero… —el camarero está desconcertado ante lo que le has dicho, mira de nuevo los tres billetes—. Aquí hay para más de quince copas.
—Póngaselas. Seguro que las necesita. No quisiera marcharme sin preguntarle —dices, dirigiéndote de nuevo al ex sargento—, si usted, en alguna ocasión, llegó a pensar si su pesadilla era el producto de sentirse utilizado para construir una patria sobre cadáveres.

—Todos los días y todas las noches, mi teniente coronel —de un golpe termina el whisky. Sonríe, mira la copa vacía—. Je, ¡las patrias!, ¡las banderas!, los mayores asesinos de la humanidad —la canción que suena en la radio del bar capta tu atención.

 

Las vallas de las fronteras

se pintan negras de mohosas…
Banderas al viento
engaño de pájaros bobos…


Le has ayudado en la penitencia, pero él necesita el perdón. Eso no está en tu mano, tú sólo perdonas aquello que eres capaz de olvidar. Y lo que ocurrió, no lo has olvidado. Él tampoco, por eso no tiene respuesta a las preguntas de los muertos y tras sus párpados siguen escondidos los fantasmas.
Le dejas con sus pesadillas y sus whiskys. De lo que ha dicho, has confirmado lo que ya sabías: existía un confidente, pero la información que les facilitó sobre vosotros fue errónea o a destiempo, eso os salvó; la contra pudo ser la causante del asesinato de tu hermano; y a Carmen la torturaron.

Alguien tiene que pagar por ello.
El siguiente paso: ir en busca de un capitán, jefe de aquella batida por los montes, y que hoy es coronel, a punto de...


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