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LA HORA DEL DESPERTAR DEL LEÓN: «Lo que tengo que decirte no tiene nada que ver con esto...»

Publicado el 1 de diciembre de 2021, 19:51

«Lo que tengo que decirte no tiene nada que ver con esto...»

A las pocas semanas de mi primer contacto con la médium curandera, la BBC me dijo que no me renovaba el contrato y, en efecto, me despidieron. Fue una sorpresa para mí dados los elogios que había recibido del personal de la BBC, y el hecho de que todavía era muy joven en ese empleo y debía de haber tenido aún décadas por delante. La principal razón fue claramente que los altos cargos de la BBC querían deshacerse de mí por mi afiliación al Partido Verde, y especialmente por mi oposición a pagar el impuesto comunitario de capitación que introdujo la primera ministra Margaret Thatcher durante su gobierno dictatorial. (La dama de Hierro la llamaban ¿no?). Exigía que los ricos y los pobres pagaran lo mismo... una descarada injusticia, y yo estuve entre los millones de personas que se negaron a pagar en protesta por esa injusticia. ¿Harían esto en España?... Al final, estos millones de personas tuvieron que comparecer ante el juez y hubo mucho interés mediático cuando abordaron los primeros casos. Aquí el destino también intervino. Los primeros casos podían haber tenido lugar en cualquier sala del Reino Unido. Pero ¿dónde se llevaron a cabo? En Newport, una pequeña ciudad de la isla de Wight, y mi caso fue uno de ellos. Llegué al tribunal acompañado de un puñado de cámaras de televisión y reporteros y fotógrafos de la prensa que habían ido a grabar cómo acusaban a los primeros objetores al impuesto. Sin embargo, no nos acusaron. Esperé durante horas mientras interponían acciones judiciales contra una fila de objetores que se habían negado a pagar y, en algunos casos, que no tenían suficiente dinero para pagar. No podían abordar nuestros casos individualmente porque éramos demasiados. ¡Así se peta un sistema judicial!

Al final me llamaron, y junto a seis o siete personas más nos colocamos delante de los magistrados para afrontar los cargos. Un hombre del grupo que había conocido en los encuentros de protesta alzó la mano y pidió permiso para hablar. Indicó la fecha límite para pagar el impuesto y la fecha en que se enviaron las citaciones al tribunal para los que no habían pagado, y entonces explicó que, según la ley, el período entre las dos fechas era demasiado corto y que las acusaciones de ese día eran, por lo tanto, ilegales. La atmósfera del tribunal cambió repentinamente y los magistrados levantaron la sesión para discutirlo. Cuando regresaron alrededor de media hora después, tuvieron que anunciar que el hombre estaba en lo cierto y que todas las acusaciones de ese día eran inválidas, de modo que todos podíamos marcharnos. Entonces dije a los magistrados que eso no era tan sencillo. Las personas habíamos tenido que ir a juicio ilegalmente y habíamos perdido nuestro salario de un día, además de pagar los costes de transporte. ¿Cómo iban a compensarnos? Las autoridades no tuvieron otra elección que aceptar. Nos pagaron la pérdida de ingresos de ese día y recibí un cheque de 2,50 libras por mi billete de autobús. Estos acontecimientos aparecieron en las portadas de todos los periódicos y acapararon las noticias televisivas, y el impuesto comunitario de capitación de Margaret Thatcher se convirtió en una broma a nivel nacional. A partir de ese momento su credibilidad estaba por los suelos y no tuvo ninguna oportunidad de supervivencia, de modo que fue sustituido por un sistema más ajustado al nivel económico de los ciudadanos. Aquella noche tuve que pellizcarme. No sólo los primeros casos se habían llevado a cabo en la isla de Wight, cuando podrían haber tenido lugar en cualquier parte de Gran Bretaña, sino que las acusaciones tuvieron que cancelarse en el momento preciso en que me hallaba delante del magistrado para que abordaran mi caso. Fue una coincidencia, ¿qué otra cosa podía ser? Ahora comprendo que no lo fue, pero entonces así lo creía.

A la mañana siguiente del juicio frustrado, llegué a la BBC para «hablar» de mi futuro con el director de deportes. En su mesa estaban esparcidos todos los periódicos de la mañana, que relataban el fracaso del impuesto en Newport y mi rostro aparecía en la mayoría de ellos. «Lo que tengo que decirte no tiene nada que ver con esto» me dijo, señalando los diarios. ¡Um! Me dijo, básicamente, que no tenía ningún futuro en la BBC, y al cabo de pocas semanas me fui de la empresa después de siete años, sin oír siquiera un «gracias» o un «que tengas suerte». La BBC es en realidad una organización muy arrogante y, muchas veces, también despiadada, que trata a su personal como si fuera ganado, precisamente como todas las demás empresas televisivas y mediáticas. Pero, una vez más, existen muchos niveles en una misma experiencia. Desde la perspectiva de mi «yo» de cinco sentidos, la BBC me trató de forma cruel y arrogante. Desde la percepción del verdadero «yo», sin embargo, me estaba liberando de la rutina televisiva y podía ir allá donde mi vida me llevara. Se lo agradezco porque si todavía estuviera presentando programas de televisión, como muchos de mis colegas, estaría buscando un acantilado desde donde saltar y cuanto más alto fuese, mejor. Les deseo buena suerte, pero, dejando a un lado la pérdida de ese sueldo, agradecí mucho salir de allí.

 


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