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LA HORA DE TREVIJANO (IV LA VERDAD EN LA HISTORIA DE LA DEMOCRACIA)

Publicado el 1 de diciembre de 2021, 21:57

La influencia de Tocqueville, con sus dos volúmenes sobre La democracia en América (1835 y 1840), y la de Victor Considerant, con La democracia pacífica (1840) y su Manifiesto de la democracia al siglo XIX (1843), terminaron por dar a la palabra democracia el sentido de igualitarismo social o de poder popular con el que se impuso en la segunda mitad del siglo XIX, tanto en el pensamiento liberal republicano como en el socialismo utópico. Marx y Engels utilizaron tres veces la palabra democracia en La ideología alemana (1845). Dos de ellas para referirse a la de los griegos, y una, como «democracia representativa», a la de Estados Unidos.

Pero Tocqueville, preocupado de encajar lo que ve en Estados Unidos dentro de una visión histórica y universal de la marcha ascendente del espíritu democrático, nos da una versión de la democracia, como estado social de igualdad de condiciones, que no es la democracia política descubierta por los independentistas americanos: «El Estado social se hace democrático y el imperio de la democracia se establece en las instituciones y en las costumbres» (La democracia en América, I, Madrid, Aguilar, 1989, pág. 13).

Pese a la ambivalencia con la que usa el término, no hay duda de lo que significa para él: «La democracia constituye el Estado social; y el dogma de la soberanía popular, el derecho político. Estas dos cosas no son análogas. La democracia es una manera de ser de la sociedad. La soberanía del pueblo, una forma de gobierno» (pág. 47).

La soberanía del pueblo podía parecer real en pequeñas sociedades de colonos alejadas de los centros políticos de la metrópoli. Pero su concepto no entró en las ideas constituyentes de las instituciones políticas de Estados Unidos. Tocqueville aplicó con error a las instituciones americanas el concepto de soberanía que había recibido de la Revolución francesa y la idea de la democracia social que «coule á pleins bords», a juicio de los doctrinarios de la Restauración. El «jacksonismo nacional» desvirtuó la percepción del fenómeno democrático en América. El triunfo de la igualdad en la vulgaridad sobre la primacia de la excelencia, despistó no sólo al visitante Tocqueville, sino a la naciente literatura americana. Whitman, el poeta del hombre medio, no era portavoz de la realidad profunda de su país, pero fue el cantor representativo de la igualdad superficial, para los extranjeros que buscaban encontrar en un solo rasgo el genio del pueblo joven. Y Emerson, el poeta del hombre trascendental, tampoco vio en la democracia un mecanismo constitucional de gobierno: «Hemos intentado mantener unidos dos estados de civilización. Uno más alto, donde el trabajo y la posesión de tierras y el sufragio son democráticos. Y un estado más bajo, en el que la antigua tenencia militar de prisioneros y esclavos y de la autoridad y la tierra en pocas manos constituye una oligarquía. Hemos intentado mantener estos dos estados de la sociedad bajo una sola ley. Pero el rudo y primitivo estado social no se aviene bien con el último, mejor dicho, se aviene mal, y ha envenenado por muchos años la política, la moral pública y la intervención social en la República (Civilización americana).


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