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Los metales

Publicado el 2 de diciembre de 2021, 12:30

Durante decenas de miles de años, la humanidad se las había ingeniado para subsistir sin otro utensilio que unos toscos instrumentos de piedra o hueso. Los hombres primitivos entendían de piedras un rato largo. Había algunas variedades que se habían ganado la consideración de preciosas por su rareza, por sus bellos colores o por sus hermosas texturas. Por ejemplo, el oro, una piedra inalterable y maleable, que aparecía en forma de pepitas en las arenas de los ríos, brillante como si llevara dentro al mismo sol. O la plata nativa, que aparecía en brillantes filones en Riotinto y Almería. O la azurita, de intenso azul; o la bellísima malaquita, verde brillante, con la que se fabricaban cuentas de collar y polvo cosmético.

Los filones de malaquita aparecían a menudo en los crestones de cuarzo o cuarcita y había que arrancarlos con ayuda de pesados martillos de granito. Hace unos cinco mil años, los mineros descubrieron que la malaquita arrojada a una hoguera se transformaba en una especie de pasta brillante, que, al enfriarse, resultaba ser un nuevo y desconocido elemento, con el que se podían fabricar adornos y objetos más afilados y resistentes que los de piedra o hueso.

Se había descubierto la metalurgia del cobre. La humanidad entraba en una nueva era, la de los metales. En seguida surgieron los herreros, una especie de brujos que sabían extraer metales, fundirlos y fabricar objetos. No obstante, la revolución técnica y su repercusión en los sistemas de producción se hizo esperar porque el metal era escaso y lo usaban para fabricar pequeños adornos en lugar de herramientas útiles. Solamente cuando progresó la minería y aumentaron las reservas metalíferas se abarató lo suficiente como para que compensara emplearlo en cuchillos, azadas y otras herramientas (que se revelaron, huelga decirlo, infinitamente superiores a las de piedra).

El cobre comenzó a fabricarse en España a principios del tercer milenio a. J.C. Un milenio después, vendría el bronce y, finalmente, el hierro.

La mina prehistórica española mejor conocida es la de Can Tintoré, en Gavá, Barcelona, que fue explotada durante el tercer milenio. En su compleja red de galerías y pozos se han encontrado picos, mazas y cinceles de piedra. No era una mina de metales, sino de piedras consideradas preciosas, principalmente variscita, de color verde muy intenso, y lidita, un cuarzo oscuro. Se usaban para fabricar cuentas de collar, con los que a menudo enterraban a los muertos.

Durante la llamada edad del cobre, la agricultura progresó considerablemente. Además de cereales se cultivaron la vid y el trigo, lo que ya prefigura la sanísima dieta tradicional ibérica, a la que cabe añadir, naturalmente, el españolísimo cerdo, tan rico en colesterol. El animal era, lógicamente, criado con bellota, pues la encina señoreaba entonces el paisaje patrio, y los recios íberos también panificaban la harina de bellota. Además, se cultivaban el lino y otras plantas textiles. El descubrimiento de pesas de telar prueba que ya existían los tejidos.

La población creció en aldeas al aire libre, emplazadas a las orillas de los ríos, en los ubérrimos valles y también en torno a los yacimientos de cobre. Los poblados fortificados más antiguos de Europa están en Los Millares (Almería) y Vila Nova de Sao Pedro (Portugal), guardados por complejas murallas. La guerra es una presencia constante porque el cobre no sólo sirve para fabricar agujas, cuchillos, brazaletes y utensilios, sino también armas mortíferas.


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