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NUESTRO AGENTE EN JUDEA: CAP.2 (51-60)

Publicado el 4 de diciembre de 2021, 19:04

El otro, amenazador, temblaba de una rabia que casi no le dejaba hablar.

—¿Debía esperar? —preguntó al fin—. ¿Esperar a qué? ¿A que nos traiciones a todos? ¿O nos has traicionado ya? ¿Es por eso por lo que los romanos te han dejado libre?
—Te han informado mal —dijo Jesús tranquilamente—, no me apresaron los romanos, sino los del Sanedrín.

Menajén se encogió de hombros, despectivo.

—¡Y cuál es la diferencia! —exclamó—. Romanos o saduceos, están todos en el mismo bando, contra Israel, y tú aún no me has dicho por qué te han dejado marchar.
—No te lo he dicho porque no lo sé, Menajén. ¿Quieres un poco de agua?

Se había levantado mientras hablaba y se aprestaba a salir para ir a coger una jarra de agua fresca. El otro, titubeante, hizo un gesto para rechazar el ofrecimiento. Jesús salió y volvió con el agua y encontró a Menajén sentado en el único taburete, con la cabeza gacha y los dedos metidos entre los rizados cabellos. También él le puso una mano sobre los cabellos y se los desordenó aún más, como se hace con los niños en ademán cariñoso.

—¿De veras crees que yo podría traicionar a mi gente, Menajén? ¿Olvidas que mi padre luchó codo con codo junto al tuyo y que murieron juntos, en la revuelta del censo? ¿Olvidas que pusieron a dos de sus hijos los mismos nombres, Santiago y Simón, y que esos hijos, dos de tus hermanos y dos de los míos, fueron arrestados juntos en más de una ocasión bajo la acusación de subversión?

El otro aceptó finalmente la jarra que se le ofrecía y tomó un largo sorbo.

—No olvido nada, Jesús —dijo a renglón seguido—, pero nuestros padres murieron hace más de veinte años, tus hermanos no están ya detenidos y tú, apresado por la guardia del Sanedrín, has sido liberado al cabo de un par de días. ¿Qué he de pensar?

Alzó su pesado cuerpo y, cogiendo a su amigo de los brazos, continuó:

—Creo que sí, Jesús, creo que tú puedes traicionarnos. Quizá sin darte cuenta, sin quererlo, porque creo que estás loco. Te has apartado de nosotros, los zelotas, con quienes creciste, y luego también de los esenios y de quien más te quería, tu pariente Juan el Bautista. Vas clamando contra los fariseos, sin distinguir entre los que están con los saduceos y los que están de nuestro lado, y luego pareces hablar como amigo con los gentiles, con los romanos idólatras. Así es, Jesús, te lo digo yo: tu locura te llevará a traicionarnos.

Recogió la corta capa que al entrar había arrojado sobre la mesa de carpintero e hizo ademán de irse, pero cuando había inclinado la cabeza para pasar por debajo del cobertizo se detuvo y se volvió: de nuevo un brillo de furia refulgía en sus ojos.

—Pero quizá me equivoco —gritó —, quizá sabes muy bien lo que haces y finges no menos bien. ¡Quizá quieres ser tú el Mesías que conduzca a Israel a la guerra y a la victoria, tú que afirmas venir de la estirpe de David, igual que yo, pero que no has nacido, como yo, en Belén, donde él nació, y donde me engendró mi padre mientras que del tuyo no es seguro ni el nombre!

Gritaba fuerte, y la gente salía de las casas para bajar o subir la cuesta y amontonarse alrededor del cobertizo. Las mujeres, expectantes, guardaban silencio, pero alguna de ellas, agazapada entre el gentío, comenzaba a emitir un sonido gutural que anunciaba el agudo lamento con el que solían expresar su dolor. Los hombres murmuraban, y se alineaban con uno o con otro porque les conocían a los dos de toda la vida y habían comprendido perfectamente el motivo de la disputa. Bajo la tez morena, el rostro demacrado de Jesús había palidecido, y se le habían blanqueado los nudillos de los dedos apretados en un puño, pero al hablar su voz era firme.

—Yo soy Jesús el carpintero —dijo —, hijo de José el carpintero, y también nosotros somos hijos de David.
—¡Mientes! —gritó Menajén—. ¡Yo, hijo de Judas el Galileo, soy de la estirpe de David y tengo derecho al trono de Israel! ¡Yo conduciré al pueblo de Israel a la guerra, a la libertad, y tú estarás del lado de tus amigos romanos y de los traidores saduceos, pero ni ellos te querrán!

Ahora las mujeres gritaban, y también los hombres, porque el recuerdo de los padecimientos infligidos a su ciudad por los romanos aún estaba vivo, tanto como la espera de la llegada del Mesías que habría de vengarles. Todo aquel que estaba de parte de Menajén gritaba: «¿Acaso ha de venir el Mesías de Galilea? ¿No dicen las Escrituras que el Mesías ha de venir de la estirpe de David y del pueblo de Belén, donde vivía David?». Y todo aquel que estaba de parte de Jesús replicaba que su padre José había sido tan valeroso como Judas, y que su familia no tenía menos derechos. Pero mientras Jesús y Menajén se miraban con un rechinar de dientes y los puños apretados, los familiares del primero se abrieron paso entre la multitud y le cogieron por los brazos para llevárselo con ellos.

—Está fuera de sí —decían como excusa y, mientras tanto, Simón, que era
alto y grueso como Menajén, le ponía las manos sobre los hombros y mirándole a los ojos exclamaba:
—Menajén, amigo mío, amigo nuestro, ¿es que te has vuelto loco?

Poco a poco volvió la calma a las calles y a las empinadas callejuelas, la gente entró de nuevo en sus casas o volvió al trabajo en los olivos o al gran lagar de la comunidad. Menajén, acompañado por Santiago y Simón, que seguían hablando acaloradamente con él para convencerle de su amistad y de la lealtad de su hermano mayor, se dirigió hacia uno de los despeñaderos que había detrás de la colina y fue cuesta abajo por un sendero de cabras hacia un paso subterráneo, abierto en tiempos de la revuelta contra los romanos, que en pocas horas le llevaría hasta el mar de Galilea. Jesús, alejándose de los otros hermanos y hermanas, subió hasta lo alto de la montaña, donde se sentó a contemplar el cielo en el que se cernían los buitres y el valle que tenía abajo. Volvió a pensar en el desierto de Siria, y en el de Judea, y en el de la otra orilla del Jordán, y el espectáculo que se ofrecía ahora a su vista —las colinas resplandecientes de flores, el vivo color argentado de las hojas de los olivos, los diamantes líquidos de los arroyuelos heridos por el sol— le pareció como la síntesis de todas las bellezas, de todas las riquezas del mundo. Entonces pensó que tendría que renunciar a todo esto, y se echó a llorar.


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