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LA HORA DE TREVIJANO: (IV) LA VERDAD EN LA HISTORIA DE LA DEMOCRACIA

Publicado el 5 de diciembre de 2021, 16:42

Primero, en el Mensaje al Congreso de 4 de julio de 1861, al identificar la democracia, ante «toda la familia humana», con la República constitucional y con «el gobierno del pueblo por el pueblo mismo». Y luego, en el famoso discurso de Gettysburg de 19 de noviembre de 1863, al definirla como «el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo».
Aunque estas célebres fórmulas son muy poco científicas y muy demagógicas, marcaban bien la diferencia entre la democracia americana y los gobiernos representativos europeos. Formas representativas a las que solamente Bentham, a causa de sus reformas utópicas, y Disraeli, para apoderarse de la ideología radical surgida del cartismo, habían osado llamar democracias. La proverbial petulancia de Disraeli fue corregida por el juicio de Gladstone sobre la Constitución de Estados Unidos: «La obra más maravillosa lograda por la inteligencia y la voluntad de los hombres.»
La victoria del Norte en la guerra de Secesión hizo decir a Montalembert que ya no había más que dos democracias a elegir: «La democracia disciplinada, autoritaria, más o menos encarnada en un solo hombre todopoderoso, y la democracia liberal, donde todos los poderes son contenidos y controlados por la publicidad ilimitada y por la libertad individual; en otros términos, entre la democracia cesarista y la democracia americana.»
Según mi conocimiento, esta es la primera vez que se acuña la expresión «democracia liberal». Y naturalmente se hace, como se hará en este siglo frente a la «democracia socialista», para oponerla críticamente, y en contraste acusador, con la República bonapartista, que Renan llamó en 1871 «democracia mal entendida»; y más tarde, con la «democracia plebiscitaria», en expresión de Buffet y Maurras, de los proyectos nacional-presidencialistas de Déroulède.

En la literatura alemana, aunque la palabra democracia aparece en los años inmediatamente anteriores al 48, hay que esperar a las reflexiones sobre revolución y legitimidad del creador de la distinción doctrinal entre Monarquía parlamentaria y Monarquía constitucional, Julius F. Stahl (1868), para ver definido su concepto como elemento revolucionario en el dualismo dialéctico de la sociedad con el Estado liberal, en la línea de pensamiento trazada por Von Stein.
«El partido democrático niega al rey incluso las formas de soberanía que el partido liberal le concede: el veto absoluto, el derecho de guerra y paz, el poder de convocar, aplazar y disolver la representación popular. La historia de la Asamblea Constituyente francesa de 1791 y de la Asamblea nacional prusiana de 1848 lo corroboran... El partido demócrata no tolera ningún término moderador: nada de dos Cámaras; nada de elecciones indirectas, en sus formas más radicales; nada de división de poderes, del legislativo y del ejecutivo, por lo que la Convención se hace pronto con ambos... El partido democrático tiende a establecer allí donde triunfa un poder simple, indiviso e ilimitado» (Teoría y sociología crítica de los partidos políticos, Barcelona, Anagrama, 1980, págs. 153-160).


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