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POR LA RELIGIÓN Y LA PATRIA: La Iglesia y sus mártires (101-108)

Publicado el 5 de diciembre de 2021, 21:29

...como una lacra del pasado. En cuanto a cómo murieron nos movemos por lo general en el terreno de la conjetura y dentro de ese monumento a la falsedad que es la Causa General, curiosamente uno de los pocos accesibles por Internet hace ya tiempo, lo cual no deja de llamar la atención en un país tan cuidadoso con la información que puede afectar al honor y la imagen… de los vencedores. Cualquiera que conozca la Causa General sabe que todo lo que contiene ha de ser tomado con suma cautela, ya que está hecha para lo que sabemos que fue hecha: para justificar a posteriori el golpe, la represión y la guerra, y que está plagada de falsedades y de injurias a miles de personas inocentes.
Sin embargo, la Iglesia ha sacado gran partido de esta documentación, ya que además de recibir trato preferente en el Archivo Histórico Nacional, en lo que quizás influyera el hecho de que el encargado de la Causa General era un sacerdote, cuenta con sus propios archivos, mantenidos con dinero de todos pero solo accesibles en su totalidad para ellos. La instrucción judicial que sustenta semejante aberración jurídica ofrece la misma garantía que la actuación de los tribunales militares fascistas, es decir, ninguna. Y si hay algo que atraiga a la morbosidad católica es el regodeo en los tormentos y maldades a que supuestamente fueron sometidos sus mártires, hechos que no siempre se ven respaldados por las investigaciones locales. En realidad sería necesario tomar cada caso y poner en marcha una investigación como la realizada sobre Morón (Sevilla), uno de los más aireados por la propaganda de los vencedores desde el principio. Se verá que la fe y el perdón no casan mucho con la simple realidad de aquellos hechos y, sobre todo, algo más inquietante que todos callaron después: en el caso de Morón, como en tantos otros lugares, la violencia roja no fue en modo alguno contra la fe o los religiosos, la mayor parte de los cuales no sufrió daño ni molestia alguna, sino contra aquellos que previamente se habían señalado ideológicamente por sus actos e ideas ultraderechistas y apoyaban el golpe militar [40] .
Un caso similar sería el del obispo de Barbastro (Huesca) Florentino Asensio Barroso, asesinado el 9 de agosto de 1936. Su biógrafo, el padre Antonio María Arranz, afirmó en Obispo y mártir que «le flagelaron a su ilustrísima los testículos con una navaja». Sin embargo, el antes mencionado Antonio Montero Moreno, en su Historia de la persecución religiosa en España 1936-1939, dice: «Hay que añadir, como servicio a la objetividad, que el dictamen forense sobre el tema, realizado ante el cadáver en el verano de 1940, tuvo carácter negativo» [41] . Es decir que no hubo flagelación alguna. Igual ocurre con las víctimas de derechas de Fernán Núñez (Córdoba), de las que se propaló a bombo y platillo la falsedad de que fueron asesinadas «a golpes de hachas y hoces» [42] . La prensa fascista, muy dada a la necrofilia, sacó un gran partido a este tipo de detalles: cuerpos decapitados, sin ojos, con los vientres abiertos, sin manos; personas cortadas en rodajas, bidones llenos de ojos, etc. Propalar estos detalles morbosos cumplía una función básica: justificar los excesos propios en el interior y dañar la imagen de la República en el exterior.
La Iglesia española y la extrema derecha en la que ideológicamente se enclavan sus directivos y la Conferencia Episcopal no dejan de lamentarse desde hace un tiempo del acoso anticlerical que sufren día tras día, acoso que comparan al que padecieron durante la Segunda República [43]. Esta demencial percepción tienen su origen en un hecho simple: lo que para una parte importante de la sociedad española es ampliar el espacio civil y laico que las sociedades democráticas requieren, para la jerarquía eclesiástica y los grupos ultracatólicos no es sino un cúmulo de agresiones a la religión, al clero y a los creyentes. Dicho de otra forma: una sociedad en la que cada vez más la religión es vista como una opción personal y privada siente un natural rechazo a la presencia de curas y a la existencia de capillas en los centros e instituciones públicas, lo que mucha gente percibe como una invasión. Y es que nuestro problema, viniendo de donde venimos, no es el anticlericalismo, del que ya no queda nada, sino el clericalismo. La Iglesia española no está dispuesta a ceder ni un milímetro del espacio que controla ni a perder un solo privilegio. Todo, espacio y privilegios, lo deben, en última instancia, a la Cruzada que bendijeron y a la que sirvieron, y también a la Transición, que incluso los consolidó y amplió (pensemos en el reconocimiento de la Conferencia Episcopal, que Franco no aceptó). Y esto a pesar de seguir negando una y otra vez hasta hoy mismo la implicación del clero y de la propia jerarquía en la represión franquista, cosa que ya ha sido suficientemente probada y que en el texto que sigue quedará a la vista una y otra vez [44] .

 

[40] García Márquez, J. M. y Guardado Rodríguez, M., Morón: consumatum est. 1936-1943. Historia de un crimen de guerra, Planta Baja, Morón, 2011, pp. 43-97.

[41] Debemos el conocimiento de este caso a Víctor Pardo Lancina, comunicación por e-mail 10/09/2011.

[42] Moreno Gómez, F., 1936. El genocidio franquista en Córdoba, Crítica, Barcelona, 2008, p. 229.

[43] ¿Qué informes no darían los obispos españoles al papa alemán Ratzinger, que a fines de 2010 mantuvo que el «laicismo agresivo» de Zapatero era igual al de la Segunda República? El memorial de agravios puede verse en Lozano, J., «Los zarpazos anticlericales en la España de Zapatero», en Libertad Digital, 11/03/2011. Precisamente en ese mismo año 2011 fue cuando el gobierno de Zapatero y de De la Vega decidió aumentar la asignación anual que el Estado aporta a la Iglesia.

44] Véase el ejemplo del sacerdote del Opus Dei Gonzalo Redondo Gálvez, quien en su Historia de la Iglesia en España (1931-1939), Rialp, Madrid, 1993, mantenía que el intento de implicar a la jerarquía en la represión «resulta tan comprensible como inexacto» y añadía: «No fue tanto que la Iglesia se pusiera junto a los sublevados… sino que la violencia de la revolución desatada deliberadamente en la zona que se mantenía bajo el teórico control de la República les empujó… a tener que colocarse detrás de los militares, les gustara o no» (t. I, p. 82). Naturalmente Redondo pasaba por alto que la revolución surgió a consecuencia del golpe militar y que a este, aún sin revolución alguna, la Iglesia se suma de inmediato.


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