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NUESTRO AGENTE EN JUDEA (71-80)

Publicado el 6 de diciembre de 2021, 19:06

...medio de la frente, la atravesaban de derecha a izquierda en el obvio intento de cubrir la calvicie. Sintió pena y apartó los ojos, y empezó a picar unos pedacitos de queso de cabra que iba pescando de un vaso lleno de aceite de oliva hispano.

—Excelente —dijo—, ¿es una receta de Apicio?

El emperador, que había captado la mirada del comisario, dijo:

—Una vez más, me desapruebas, Adunco.
—Digamos que una vez más no te doy mi aprobación —respondió el otro tan tranquilo, y los cuatro soldados que estaban en las cuatro columnas del patio, apoyados en sus lanzas, se enderezaron del asombro, mientras el esclavo se retiraba aturdido a la sombra del pórtico.

Pero Tiberio imitó a su convidado y se puso a pescar trocitos de queso del aceite dorado.

—Prueba también mis murenas —le aconsejó.

—Tus famosas murenas —dijo Adunco siguiendo el consejo—, tus voraces murenas que haces alimentar, por lo que dicen, con carne humana.

—¿Y tú te lo crees, Adunco?

—Si lo creyera, Tiberio, no me habrías llamado, y aunque lo hubieras hecho, yo no habría venido. A propósito, ¿no podrías decirme sin más pérdida de tiempo qué es lo que quieres de mí, para que así pueda despachar la cosa deprisa y finalmente despedirme?

El emperador meneó la cabeza.

—No hay prisa, Adunco, porque en cualquier caso no podrás despacharlo de prisa.

Se levantó del triclinio y el anciano le imitó al punto, de manera que se encontraron de pie el uno frente al otro antes de que a los soldados les diera tiempo de acudir en ayuda del emperador. El viejo comisario miró en torno suyo, asombrado por lo exiguo de aquella corte imperial. En verdad, Tiberio debía de haber llegado a odiar a todo el género humano, y no solo a sus parientes.

Pero este, desconfiado, había captado una vez más aquella mirada tan familiar.

—¿Y ahora, qué buscas? —preguntó resoplando.

—A los magos y adivinos por quienes, se dice en Roma, te haces aconsejar en tu política imperial.

La sonrisa con que Tiberio respondió no era sino un mohín de amargura:

—No podrían decirme tonterías que yo no sea capaz de vaticinar por mí mismo.

Los dos ancianos echaron a andar juntos, uno con su toga blanca, el otro con la capa gris y polvorienta, y salieron a una terraza de mármol blanco bajo la cual resplandecía el abismo azul de las aguas del golfo de Nápoles. Se tumbaron en dos pequeños lechos, al sol, y cerraron los ojos. El calor recalentaba la vejez de sus huesos, aturdía gratamente sus recuerdos, e inducía a un sueño que parecía el premio de su capacidad de perdurar.

A pesar del cansancio del viaje, el primero en despertarse fue Adunco: había bastado, en sus hábitos de policía, con que se posase en su rostro la sombra del gran parasol abierto por dos esclavos para proteger a los durmientes. Pero pronto también Tiberio abrió los ojos, y por una corta escalerita bajaron ambos a la piscina que se encontraba en una terraza inferior. Adunco nadó tranquilamente y largo rato, buscando el reposo en aquel plácido movimiento bien sostenido por el agua salina, mientras el emperador permanecía sentado en un escalón sumergido. Luego, cada uno envuelto en una toalla de lino egipcio, volvieron a tumbarse al sol.

Fue entonces cuando el emperador decidió hablar:

—Debes ir a Palestina, Adunco.

Lucio Valerio Adunco había nacido en Córdoba, capital de la Hispania Ulterior, el 11 de septiembre del año 713 de la fundación de Roma, en el seno de una familia de pequeños terratenientes. A los diecisiete años, como tantos jóvenes de provincias de discretos medios económicos y buena cultura, se había trasladado a la capital. Le había acogido un amigo de la familia, Anneo Séneca, de profesión rétor, que le había encaminado al estudio de la oratoria, pero pronto Adunco —el sobrenombre delataba una nariz no precisamente griega [1] — había abandonado esta carrera por la de las armas, a las órdenes del general Vipsanio Agripa. Lo cual no había sido óbice para seguir frecuentando a hombres de letras, y sobre todo al círculo que se reunía en torno a Valerio Messala Corvino, traductor de la célebre oración de Hipérides en defensa de Friné: la cortesana acusada de impiedad pero cuya belleza, que su defensor había desnudado delante de los jueces, había bastado para valerle la absolución.

En aquel círculo disoluto el soldado-literato se había hecho amigo de algunos personajes mal vistos por las autoridades por la libertad de pensamiento y los amores fáciles a que se entregaban. Sobre todo se había hecho amigo del poeta erótico Publio Ovidio Nasón y de la no menos escandalosa Julia, la hija de Julio César Augusto que poco después se casaría con el hombre destinado a suceder a su padre, Tiberio Claudio Nerón.

El matrimonio —el tercero, en realidad, después del que había contraído con Marco Claudio Marcelo y del otro con el general Vipsanio Agripa — no había sido suficiente para frenar el comportamiento de Julia, de modo que su marido la había abandonado para retirarse a Rodas y luego su padre la había condenado al destierro. A Julia, llamada Mayor para distinguirla de su hija, se la había hecho partir a toda prisa y con gran discreción a Ventotene, la islita aguas adentro de Gaeta, acompañada solo por su madre, Escribonia (y por mí, pensó Adunco, yo le hice de escolta, sin solicitarlo porque no me lo habrían permitido, y sin que tratasen de detenerme porque habría ido de todos modos). Sus hijos habían de tener un destino desgraciado, y su hija Julia Menor seguiría su misma suerte.

«Cuando todo esto comenzó», pensó Adunco, «yo apenas si tenía veintiún años, Ovidio veinticuatro, Julia veinte. Hace de ello un siglo».

Se agolpaban en sus recuerdos la Córdoba de la infancia, que aún sufría las secuelas del saqueo al que la había entregado Julio César para castigarla por haberse alineado con su enemigo Pompeyo; y la Roma desenfrenada de lujuria e inteligencia de su juventud, en la que le habría gustado ser poeta como su gran amigo Ovidio y donde había terminado siendo soldado para estar cerca de la mujer que amaba, la mujer de su general, la hija de César Augusto.

 

[1] Adunco, del latín aduncus, significa en italiano «aguileño», «ganchudo». (N. del T.).


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