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NUESTRO AGENTE EN JUDEA (81-93)

Publicado el 7 de diciembre de 2021, 17:33

Una sensación de terrible impotencia hizo que recorriera sus viejos huesos un estremecimiento de rabia desesperada.

—¿A Palestina? —preguntó con una voz ronca que ni siquiera él reconoció—. Estás loco, Tiberio: no iré a Palestina ni a ninguna otra parte, sino a Córdoba, donde ya estaría desde hace años descansando si tú no me hubieras obligado a quedarme en Roma para no perder de vista a tu querido Sejano, quien ha intentado al menos seis veces asesinarme.

—A Palestina, Valerio Adunco —confirmó Tiberio sin inmutarse—, porque se trata de un asunto delicado y únicamente me fío de ti, pues, aunque alguna vez me has callado cosas, nunca me has mentido. A Palestina, porque esos locos judíos podrían estar al borde de otra revuelta y yo no me fío del juicio de nuestro prefecto, ese exaltado de Poncio Pilatos. Debes ir a Palestina, Adunco, y seguir de cerca a esa especie de agente secreto que Pilatos me propone.
—¿Un judío? —preguntó Adunco—.  ¿Le conoces?

Con la cabeza el emperador asintió y luego negó.

—Un tal Jesús de Gamala —dijo— llamado el Nazareo. ¿Sabes algo tú?

También el otro hizo un ademán para indicar que no. Naturalmente, en los catorce años en que había sido prefecto comisario de la Urbe —cargo que acababa de dejar, al llegarle la orden de dirigirse a Capri— se había tenido que ocupar a menudo de asuntos no estrictamente urbanos. Una de sus tareas, por ejemplo, había sido la de asegurar la protección de los personajes importantes que llegaban a Roma para una visita que a veces se prolongaba más de lo que ellos mismos hubieran deseado. Entre estos visitantes involuntarios había estado Herodes Filipo, hijo desheredado de Herodes el Grande, que había llegado exiliado a la capital del Imperio con su mujer Herodíades, pero luego se había quedado en ella solo porque su hermanastro, Herodes Antipas, que en cambio había recibido de su padre Galilea y Perea, había llegado a Roma para que Augusto le ratificara en su grado de tetrarca y posteriormente había vuelto a partir hacia Palestina llevándose con él a Herodíades.

El ex praefectus urbi sonrió para sus adentros pensando que, a pesar del rigor religioso del pueblo judío, los enredos matrimoniales de sus potentados no eran después de todo menos complicados que los romanos. Pero a pesar de que Herodes Filipo permanecía aún en Roma, y aunque recibía a veces visitas de probables conspiradores judíos a los que Adunco había hecho espiar escrupulosamente, el nombre de Jesús el Nazareo le resultaba totalmente nuevo.

—Bien —dijo Tiberio—, este es el problema. Yo no sé nada, tú tampoco, y parece que tampoco sepa mucho de él Poncio Pilatos, aparte del hecho de que los nazareos no se cortan nunca el pelo. Y sin embargo, en su último informe el prefecto me asegura que este desconocido podría ser la solución a los muchos problemas que nos causa Judea. Resulta increíble la constancia con que la gente sigue organizando revueltas, ninguna otra provincia del Imperio se ha comportado nunca de manera tan turbulenta.
—Te recuerdo que solo han pasado cinco años desde que fue sofocada la revuelta de Tacfarinates, en África, que duró unos siete años. Y en la Galia, hace ocho años, Floro y Sacroviro consiguieron reunir un ejército al que solo pudimos derrotar a costa de grandes bajas.
—Nadie lo sabe mejor que yo, Adunco, y sin embargo te digo que en Palestina es aún peor. Allí no ha habido nunca una revuelta de las dimensiones de las que acabas de mencionar, pero en contrapartida no hay nunca un momento de tregua: les he concedido unas leyes más favorables que al resto de las provincias, he garantizado el respeto de su fanático monoteísmo aunque sea en detrimento de nuestro dios más poderoso, que soy yo, pero ellos continúan odiándonos y combatiéndonos.

El emperador hizo ademán de levantarse y en un abrir y cerrar de ojos dos esclavas se pusieron a su lado, con una gran sábana de lino blanco para envolverle. Parecía que la visita de un huésped tan poco obsequioso hubiese trastornado todas las reglas de la etiqueta vigente en la corte imperial de Capri, y los servidores de Tiberio temían haber faltado a sus obligaciones y haberse expuesto por tanto a los despiadados castigos de los que sabían capaz al Augusto en los momentos de mal humor.
Adunco contempló con admiración los pechos desnudos de las dos doncellas jovencísimas que se afanaban por envolver los viejos miembros de Tiberio.

—Murenas aparte —dijo—, comienzo a pensar que las historias sobre los placeres desenfrenados a los que te entregas en esta isla no son del todo una leyenda.

Tiberio se encogió de hombros, mientras se alejaba sostenido por las dos esclavas.

—Pero algo se me deberá —dijo— por este ingrato trabajo que estoy obligado a hacer. ¿Recuerdas el verso de Virgilio? «Empresa tan grande era fundar el pueblo de Roma». Aunque si me diriges otra de esas miradas tuyas tan penetrantes, te darás cuenta de que el adjetivo desenfrenados, aplicado a mis placeres, no puede resultar sino muy relativo.

Adunco rio. Siempre le había gustado la capacidad, común en Augusto y Tiberio, de tratar con indiferencia y casi desprecio tanto su inmenso poder como su propia persona. Recordaba que Augusto, al borde de la muerte, había preguntado a los amigos si consideraban que había interpretado bien la farsa de la vida. Repitió para sí aquellas palabras que nunca olvidaría: «Si esta pieza ha sido de vuestro agrado, aplaudidla, y saludadnos con alegría mientras nos despedimos».

—¿Qué demonios de blasfemias andas diciendo? —le preguntó Tiberio dejándose caer en el triclinio delante de la mesa puesta y apartando con un gesto de fastidio al criado, que se afanaba por servirle.

—Pensaba en si es posible conseguir vino de Recia —se limitó a responder Adunco mirando al criado.
—¿El preferido de Augusto? — intervino Tiberio con una voz cargada de sospecha—. ¿Y por qué? ¿Qué te pasa por la cabeza, loco hispano?
—Un brindis tan solo. A él y a ti. Pero ya sé que no me creerías. Volvamos a tus judíos, Tiberio; dime qué quieres que haga.

El emperador metía las manos en las bandejas y cogía pedacitos de manjares exquisitamente preparados y presentados, que observaba con desprecio antes de mordisquearlos y tirar el resto. Su huésped se limitaba a dar sorbos al vino de Recia que le acababan de traer, acompañándolo de vez en cuando con unos pescaditos enharinados y fritos en aceite de oliva.

—Nuestro Pilatos —dijo Tiberio—, uno de los prefectos más sanguinarios que el Imperio haya tenido jamás, asegura ahora que la única manera de evitar que Palestina pase de la revuelta endémica a la guerra abierta es encontrar entre los judíos a un hombre de paz, que tenga ascendiente sobre sus compatriotas y les convenza de que los romanos son buenos y justos o en cualquier caso el mal menor.
Y propone a Jesús el Nazareo.

El emperador asintió, masticando distraídamente una inigualable exquisitez.

—Quiero que vayas —dijo— sin que lo sepa Poncio Pilatos, y que intervengas si ves que las cosas se ponen feas. No pierdas de vista a ese Jesús, Adunco, no me gustan los hombres con el pelo largo.


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