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LOS CABALLEROS DE LA MUERTE: 4. UNA VÍCTIMA (131-140)

Publicado el 7 de diciembre de 2021, 13:17

...una seña de que no ocurre nada, de que esté tranquila.

—Lo mataron, Andrés. Y me enseñaron su feto. Era así de pequeñín
—coloca sus manos abiertas a una distancia de veinte centímetros. No puedes reprimir las lágrimas al sentir el dolor de aquella mujer. Aprietas los dientes y la abrazas.
—Tranquila, vamos a bajar de las montañas y vengaremos su muerte —le dices, mientras la abrazas, acercándola
a ti.
—Baja la voz, están por todas partes.
—Ya lo sé, Carmen. De aquellos falangistas, ¿no recuerdas algo en su rostro que fuera peculiar? O en sus andares, o algo.
—Uno llevaba un anillo muy grueso con una piedra, como si fuera un rubí, y casi no tenía pelo. El otro era moreno. Pero los dos eran altos, delgados, jóvenes.
—¿Cómo se llamaban entre ellos?
¿Utilizaron algún nombre?
—Sólo camaradas.

La conversación no aporta ningún dato más. Sus neuronas están casi fundidas. Le pides permiso a la doctora para que la deje dar un paseo contigo por Palencia. Ella os obliga a llevar la medicación y exige que la tome a las horas en punto. Y de vuelta antes de las ocho, que es cuando finaliza su turno. Carmen se maquilla como si asistiera a una gala, resaltando con sumo cuidado sus labios y pestañas con el maquillaje que le presta la psiquiatra. Era la primera vez que sale de esta cárcel. Y estás con ella comiendo en un
restaurante, y paseando por la ciudad. Sus ojos brillan. No parece la misma persona de antes. Es como si en el derrumbe de una mina, después de perder toda esperanza, surgiera una voz o una luz de ayuda. Al despediros, te dice, casi lo exige:

—Andrés, mata a esos dos asesinos.
—Te doy mi palabra, Carmen.

La doctora os está esperando. Y al oír a Carmen, pregunta:

—¿Por qué dijo eso?
—No sé, serán cosas de la enfermedad. Me gustaría hacerle una pregunta, doctora.
—Pregunte, si le puedo ayudar en algo…
—En todos estos años que Carmen ha estado aquí, ¿ha mencionado algún nombre de una forma insistente?
—No, pero cuando la tenemos que sedar, porque pierde los nervios, en sueños suele repetir muchas veces «camarada Camilo». ¿Le sirve a usted de algo?

—De momento no, pero le puedo asegurar que dentro de poco sabré a qué se refiere. Quisiera hacerle otra pregunta. Cuando estaba paseando con ella, observé que intentaba tapar con la chaqueta y su mano la parte derecha de su pecho. ¿A qué es debido?
—A que le falta un pecho, por eso tiene una especie de complejo, e intenta ocultarlo. Se lo extirparon.
—¿Cáncer de mama? —preguntas, extrañado.
—No. Fue otra de las torturas que sufrió en los interrogatorios.

Cierras los ojos y los puños, aprietas de nuevo los dientes y tu pensamiento se rebela contra mí. ¡Le cortaron un pecho! ¿Y tú, Nicolai, quieres que me dedique a investigar un desvío de dinero de ciertos empresarios para el fascio? ¿Quieres que vuelva a resolver problemas de Estado? Me importa una mierda la Operación Midas, sólo quiero encontrar a esos dos asesinos y matarlos con mis propias manos. Puedes meterte la misión por donde te quepa, Nicolai —sé que eso es lo que pasa por tu mente, y no te lo
reprocho. Pero cambiarás de opinión en cuanto conozcas a Némesis.

Llegaste a España con una deuda por saldar, pero en este momento asumes otras dos: el asesinato de tu sobrino nonato y las torturas a Carmen.
La doctora queda en silencio, contemplando tus ojos húmedos y sospechando lo que te impide hablar: tu rabia, que radica en el pasado; el orgullo, dibujado frente a la mueca de desdén del mundo; y tu honor, escrito en las heridas. Alguien, en algún lugar, tiene que resarciros de tanto sufrimiento.

—No desespere —la doctora coloca su mano encima de tu hombro—, aún nos queda Dios —¿Dios? ¿Ha dicho Dios? Dejas de apretar los dientes, abres los puños y tus pupilas enrojecen.
—¿Dios? —pronuncias su nombre como escupiéndolo. Te levantas, la conversación ha terminado para ti—. He visto cómo fusilaban a mi abuelo, a mi padre. Vi suicidarse a mi madre de asco por el mundo que le tocó vivir. A mi hermano asesinado en una chabola. Me arrebataron a mi mujer, a mi hijo. Mi cuñada está encerrada aquí, como si fuera un vegetal. Miles de amigos rellenan fosas comunes dispersas por los montes. ¿Y dónde estaba Dios? ¿Estaba en Auschwitz? ¿En Treblinka, en Mauthausen? ¿O acaso nos acompañaba por las montañas?

—Relájese, por favor —la doctora coge tu mano, la acaricia. Debes calmarte—. Yo tampoco soy creyente. Cuando mencioné a Dios, era una forma de hablar —vuestras miradas se cruzan, tal vez has perdido los nervios sin necesidad. Vuelves a sentarte.
—Discúlpeme —colocas la cabeza entre tus manos.
—No pasa nada —su voz dulce calma tu ánimo.
—Por favor, volvamos a Carmen. Me gustaría ayudarla —suplicas.
—Si yo le preguntara: ¿cuál es la medicina que curaría a Carmen? ¿Usted qué me respondería? —la pregunta te ha sorprendido, pero ha servido para enterrar tus miserias. Y no dudas en la respuesta.
—Que todo tenga otro final.
—¿Venganza? —pregunta, extrañada.
—No, justicia.
—En fin —suspira—, supongo que en el fondo, todos somos como moscas encerradas en un frasco, y nuestra vida no es más que la lucha por salir de él.

Es la primera vez en muchos años que alguien es capaz de hacerte vacilar, por eso pierdes los nervios y contestas sin una reflexión previa. Tú eres otra mosca encerrada en el frasco del que habla la doctora, y que pugna por salir, todos lo somos.


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