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LOS CABALLEROS DE LA MUERTE: 4. UNA VÍCTIMA / 5. Regreso a la falda de la montaña (141-150)

Publicado el 8 de diciembre de 2021, 13:13

Lo que ocurre es que las paredes son transparentes y nadie se percata del encierro.

—Sospecho que no volverá a visitarla —dice, apoyada en el marco de la puerta.
—No lo sé —respondes—. Podría decirle que sí, pero no quiero mentirle. Aún me queda mucho camino por recorrer, y creo que sólo será de ida.
—¿Qué cree que le debo decir a Carmen?
—Dígale que es un enlace, que le trae noticias de la guerrilla. Ya verá cómo va recuperando la ilusión por vivir.
—Si pregunta por usted, ¿qué le digo?
—Que he regresado a las montañas, ella lo entenderá.

 

Destinatario: Andrés Rivera.
Asunto: Despedida.
Carácter del documento: Confidencial.

 

Amigo Andrés:
Tus noticias no pueden ser más tristes para nosotros. Te deseamos que la enfermedad tarde mucho en desarrollarse, y que el diagnóstico médico estuviera errado. Al mismo tiempo, esperamos que tengas éxito en lograr su objetivo en España.
Hasta la fecha has trabajado desinteresadamente con nuestra fundación. Por eso, la junta directiva ha acordado ingresarte 30 000 $ en tu cuenta corriente de la Banca Francesa, en pago a los servicios prestados.
Nuestro agradecimiento eterno, por tu desinteresada labor. Y conoces que en nuestra filosofía siempre estuvo realizar todas las gestiones posibles para que nunca se repita otro holocausto, venga de donde venga.
Que el Señor te acompañe, aunque sea por esos montes de los que siempre nos hablabas, y que aseguraste que nunca creyeron en él.

 

Berlín, 20 de mayo de 1977.

Fdo: Klaus Frank.
Presidente de la Fundación Cirus Blend.

 

 

 

5

 

 


Regreso a la falda de la
montaña

 

 

Tu mente lleva muchos años en sintonía con la mía. Más de dos décadas recorriendo el mundo, poniendo nuestro pellejo en juego. Misiones de las que
salíamos indemnes, pero siempre se acumulaban cicatrices de las que nunca
fuimos capaces de desprendernos. Por eso he comprendido lo que ha pasado
por tu mente, nada más que el tren ha emprendiendo el rumbo hacia Asturias,
y has visto las montañas.
«Nicolai, algún día te mostraré los montes asturleoneses —me decías. De ellos brota algo más que sangre y carbón. Nada más que los veas, entenderás por qué desde sus cumbres apostamos a vida o muerte que el mundo tenía que cambiar».

También recuerdo aquella misión en Sicilia, en la que aprovechaste para leer a un famoso escritor de la isla: «Sicilia es el mundo, en ella se dan todas las contradicciones existentes», creo que decía. Cuando terminaste uno de sus libros, lo cerraste y, apoyándolo sobre tu pecho, tendido como estabas en la cama, me dijiste: «Mis montañas también son el mundo».
Si he de ser sincero, lo que más gracia me hacía era escucharos a Michael, el escocés, a Jean Pierre, el bretón, y a ti, cuando hablabais de vuestra tierra. A veces llegué a creer que hablabais de un mito encarnado en bosques, montañas y valles.
Esta es tu última misión. Ya no habrá más. Echaré de menos tu olfato, tu temeridad, tu capacidad para mimetizarte con el terreno y esa mala leche guerrillera. Yo seguiré peleando con los burócratas de Belgrado, una pelea que no sé cómo terminará, pues están esperando a que fallezca el Mariscal Tito para lidiar sus propias miserias. Tal vez esto se convierta en un polvorín, pero mejor volvamos a ti, Mayor.
Estás llegando al destino, el valle del Nalón. Podrías apearte en cualquiera de sus estaciones, pero prefieres hacerlo antes de llegar a Santa Bárbara, allí es más fácil que te reconozcan. La Felguera, estás bien ahí.
La estación es pequeña, pero tiene los mismos olores y sonidos de antaño. Y añade sus ausencias y miradas. Estás en casa, tu misión comienza.
Necesitas un alojamiento, pero puede esperar. Aún tienes que contemplar las chimeneas de la térmica, las fachadas de las fábricas, las naves de los talleres, las escombreras de carbón en medio de las montañas, los castilletes de los pozos… Sentir el carbón en el aire, las partículas de polvo bailando al viento y el rugido de las sirenas de los cambios de turno en cualquier empresa. Y paseas por su parque, por su minúsculo parque, y contemplas embobado a un abuelo que observa sonriente cómo juegan sus nietos.


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