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POR LA RELIGIÓN Y LA PATRIA: Los curas del 18 de julio. LOS PÁRROCOS DEL SUROESTE (142-150)

Publicado el 9 de diciembre de 2021, 16:13

Veamos qué ofrece Huelva, una provincia bien estudiada. La represión de la masonería, por ejemplo, nos dejó ver el celo depurador del coadjutor de la parroquia de la Concepción de Huelva, Luis Calderón Tejero, que había elaborado a lo largo de la República un fichero de masones e izquierdistas en general y que se ofreció como «informador» a los militares aportando todo tipo de rumores y maldades acerca de numerosas personas, fueran o no masones, y que podían referirse a si alguien iba o no a misa, si leía cierta prensa o si formaba parte de la Liga de los Derechos del Hombre. !!! Desde el Tribunal para la Represión de la Masonería y el Comunismo de Salamanca, su delegado nacional, el carlista Marcelino Ulibarri, acogió gratamente la generosa colaboración del cura como representante de la «oficiosa Investigación Eclesiástica». Insaciable en su venganza contra la República, como tantos colegas suyos, Calderón Tejero pidió además que se profundizase en la represión, ya que consideraba, pese a la terrible purga a que fue sometida Huelva, que «los más destacados y verdaderamente peligrosos» no habían sido tocados.

 

En esta misma línea tenemos también el caso de Eduardo Martínez Laorden, párroco de Rociana, un pueblo del Condado onubense. Ningún derechista había sufrido daño alguno en dicho pueblo pero a él se debió una frase pronunciada en una misa celebrada en la plaza pocos días después de la ocupación y que nunca olvidarían los vecinos: «Ustedes creerán que por mi condición de sacerdote voy a decir palabras de perdón y de arrepentimiento. ¡Pues NO! Guerra contra ellos hasta que no quede ni la última raíz». La matanza que siguió acabaría con más de cien vecinos. No contento con esto, a comienzos de 1937, el cura envió un escrito a la Delegación de Orden Público de Sevilla exigiendo que la depuración llegase al fondo y ofreciéndose para colaborar en lo que hiciera falta. Hasta el comandante militar de Rociana se vio obligado a detallar a Sevilla, para disipar cualquier sospecha acerca del celo con que había cumplido su misión, la limpia que ya se llevaba hecha en el pueblo, que superaba el centenar de personas.

 

 

Otros párrocos de Huelva, como los de Aroche y Rosal de la Frontera, llevaron un recuento exhaustivo de la represión en sus localidades respectivas. Manuel Suárez Cáceres, el de Aroche, llegó a elaborar un informe con el número de víctimas diarias,
detallando si eran hombres o mujeres, lo cual no fue poco trabajo si pensamos que fueron 143 en total. Por su parte el de Rosal, Edesio Cano, dejó escritas una serie de anotaciones sobre las personas asesinadas, tarea también laboriosa dada la cantidad, que rondó los 250 casos. Los comentarios de Cano tras los nombres de unos y otras eran de este tipo: «Fusilado en la puerta de la iglesia a las cuatro de la tarde», «Era marica, soltero, liquidado en 1936 en el cementerio», «Se dice que fue obligada a cantar una saeta antes de ser fusilada y algo peor, un mayor y nefasto ultraje, ya muerta», «Casado civilmente con María Romero», «Estrangulada en la Dehesa del Carmen al implorar a los asesinos de su concubino», etc.

Otro cura al que la memoria de la gente asocia a la represión es Dionisio Pérez Cruz, párroco de Gibraleón, quien se apropió de la casa de un vecino, Joaquín Valdallo Belber, practicante de 34 años, al que se acosó hasta producirle un colapso cardíaco. El hecho fue denunciado públicamente por su hermano Antonio en 1979 en uno de los reportajes que la revista Interviú dedicó a la represión franquista [58] .

[58] Interviú, n.º 142, 1-7/02/1979, pp. 78-81.


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