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DIEZ SÍNTESIS ADEFÉSICAS DE LA MONARQUÍA: I SÍNTESIS

Publicado el 10 de diciembre de 2021, 23:55

Por otra parte, nosotros los españoles, ¿teníamos razones para tener miedo? Al menos las amenazas y los rumores corrían por los mentideros y la tensión era alta. Pero en cualquier caso, siempre se pueden afrontar los peligros que se nos señalaban, con valentía, y con unión. Ambas nos acompañaban en las movilizaciones que en forma de huelgas y manifestaciones movilizaron a más de tres millones de personas. Pero aunque necesario, no era suficiente. Con la rápida convocatoria de elecciones legislativas, apenas unos meses después de la aprobación en referéndum de la Ley de Reforma, se inició una carrera, de tonto el último, por la legalización, que culminó con las tempranas elecciones. Para conseguir este objetivo, fue de gran utilidad que algunos de los líderes de la Platajunta fueran detenidos por orden directa de Fraga, dejando el campo libre a la ambición de partido, que no tardo más de unos días en consumar la traición a los ideales que habían acordado respaldar durante la constitución de la Junta Democrática y después de la Platajunta.

No había dado tiempo a que los españoles experimentaran las libertades y se empaparan de ellas para ejercer en conciencia, libre de la pesada carga de cuarenta años de autoritarismo y represión dictatorial, el derecho a voto. Los españoles quedamos exhaustos ante tanto frenesí político, y se nos dio para empezar la casa, el tejado. Con las elecciones generales, las primeras a las que concurrían los partidos políticos desde la segunda república, los españoles creímos que todo el trayecto había ya transcurrido, de la Constitución, ni se sabía lo que era. Al abrigo de estas libertades embaucadoras el pueblo no se preocupó más y se entregó. Nadie vio ya necesidad de decidir Monarquía o República, si presidencialismo o parlamentarismo. La democracia había llegado. El miedo latente al continuismo del régimen hizo ver donde no la hay, una democracia. Como había libertades, había democracia. Por cierto, en las primeras elecciones, ningún grupo ultra consigue representación, Blas Piñar no consigue ni un escaño, ¿dónde estaban los franquistas ese día? ¿Cuáles eran los dos bandos que podían dar lugar a la rememoración de la tan temida guerra civil? Del 77% de participantes en las elecciones, los extremos representados eran el PCE de Carrillo por la izquierda y Fraga por la derecha, que ya se habían dado la mano meses antes. La guerra era imposible.

Del anterior régimen de represión contra la disidencia nos queda la impronta del miedo protector ante una amenaza real, aunque por no pertenecer al espacio de la voluntad, ese miedo conductual, no puede ser virtud sino cualidad y sirve para describirnos, no para valorarnos. Pero si el peligro no es real, el miedo sin fundamento continúa en su afán de protección del ser, sin causa de la que ser protegido. Ese es el miedo que continúa gestionado desde el poder. Basta la amenaza, si no la simple advertencia o la insinuación para que se provoque el pánico ante lo inexistente. El condicionamiento del miedo realizado durante la transición, al asociar la violencia de la guerra civil con la civilizada lucha ideológica bajo reglas democráticas, ha sumido a ciertos elementos de la población, aquellos menos emprendedores, en un estado de ansiedad permanente. El miedo al adversario político, convertido en enemigo, es uno de los grandes argumentos de la política moderna. La prueba es el partidismo exacerbado en los medios durante los períodos electorales, que sustituye la necesaria reflexión colectiva por la militante emoción colectiva. El miedo es una emoción. Estamos pasando de la normalización de la opinión pública, de lo políticamente correcto, a los pensamientos únicos por sincronización de emociones. Así basta decir “derecha” y la mitad izquierda se nos viene encima: “Prestige, Irak, Gürtel”. Tan directo como irreflexivo, si decimos “izquierda”, enseguida “GAL, De Juana, Garzón”. Y en cada onda armónica de sintonía emocional, un partido. Y los partidos políticos estatalizados sirviendo de perfecto vehículo a esa sincronización, en la que los electores no son representados en la esfera política sino que se sienten identificados con la idea o en sintonía con el discurso y la imagen de la que los partidos hacen gala. Jugándose de este modo el partido de las emociones en el ámbito estatal, no ha lugar para un cuestionamiento democrático de la relación entre los que gobiernan y los gobernados. El abuso de poder y la corrupción quedan así velados, tras una batalla de espumarajos demonizadores que vuelan de izquierda a derecha y viceversa.


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