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LA CIA EN ESPAÑA: 4. LA CONTRAINTELIGENCIA DEL TÍO SAM

Publicado el 11 de diciembre de 2021, 20:14

Durante los años sesenta, la influencia de la CIA en los servicios de información del Ejército español es absoluta. Hasta tal punto que el pluriempleo a dos bandas de nuestros oficiales está considerado como algo normal: la mitad de la jornada se trabaja para casa y las horas extras de la tarde se dedican a los encargos de los socios. Los salarios de los militares son relativamente modestos y a nadie le parece mal que los miembros de los servicios de información sumen así un sobresueldo. 7

Durante la segunda mitad de los sesenta, Manuel Fernández Monzón está destinado en Contrainteligencia. El número clave de este servicio es 042 y su sede ocupa el número 49 de la calle de Menéndez Pelayo, bajo el paraguas de una supuesta «Comisión de estudios». Esta sección pertenece al departamento de información clandestina, el 04, que engloba espionaje y contraespionaje. La sección destinada a espionaje, el 041, está ubicada en la calle de Vitrubio. El edificio ocupado por Contrainteligencia junto al Retiro es tan discreto que llama la atención. «No había ni una antena de televisión en el tejado, ni en la azotea, y todos los coches que paraban en la puerta eran de color negro, cuando entonces en Madrid sólo iban pintados de negro los taxis, pero con una línea roja», recuerda Fernández Monzón. «Allí trabajábamos hasta las tres de la tarde. El horario normal del Ejército entonces. La tarea extra de las tardes nos la pagaba la CIA. Tampoco hacíamos mucho, pero a ellos les interesaba tenernos como colaboradores. Cada mes aparecía el señor Lee con el dinero en un maletín y nos pagaba abiertamente. Ya en aquella época estaban conectados todos los servicios de inteligencia de Europa Occidental, mucho antes de que existiera la Unión Europea. Eso no es nuevo de ahora. Teníamos contacto con el servicio alemán, inglés, francés...»

Precisamente la colaboración con los servicios norteamericanos y británicos le lleva a Fernández Monzón hasta la URSS. En 1966 entra en el servicio de Contrainteligencia y le destinan al Estado Mayor. Posteriormente es seleccionado para recibir adiestramiento especial en el castillo de Wildenrath, en Escocia, con el fin de participar en una red que saca a disidentes y a sus familiares de la URSS. Bajo las órdenes del coronel McKenan, llega a participar en cinco operaciones. Gracias al origen germano de una de sus abuelas, su educación ha sido bilingüe y habla perfectamente alemán. Durante la quinta incursión en suelo soviético, haciéndose pasar por ciudadano de la RDA, en compañía de dos agentes germanooccidentales, es detenido nada más llegar al puerto de Leningrado. «Estuvimos dos años allí, hasta que nos pusieron en libertad, gracias a las gestiones de la Cruz Roja», recuerda. «Un barco italiano nos llevó hasta Genova y allí nos soltaron. Aquí ya me habían hecho hasta un funeral y misas gregorianas. Incluso habían salido esquelas en los periódicos. Al año de desaparecer, como no tenían noticias mías, me dieron por muerto.»

 

7 Estas prácticas se inician en los servicios de inteligencia del Alto Estado Mayor y se hacen también habituales en el SECED. Antonio Díaz Fernández, en su libro Los servicios de inteligencia españoles. Desde la guerra civil hasta el 11-M (Alianza, Madrid, 2005), escribe:

Los miembros del grupo de San Martín percibían una gratificación que oscilaba entre las 5.000 y las 25.000 pesetas. Este considerable sobresueldo venía justificado por su dedicación y disponibilidad horaria, siendo posiblemente la CIA estadounidense la que sugirió la necesidad de mantener su invulnerabilidad frente a las corrupciones y penetraciones de otros servicios extranjeros, excepto las suyas, claro. Estos sobresueldos, presumiblemente, ya se habían comenzado a pagar en la década de los cincuenta cuando el control sobre los «niños de la guerra» que retornaban de la Unión Soviética inició la colaboración entre la CIA y el Aleo. Debe comprenderse que en aquella época los bajos sueldos de la milicia obligaban a que el pluriempleo fuera casi inexorable entre los militares. Por lo tanto, si se pretendía contar con un grupo humano con una flexibilidad horaria que les imposibilitaba tener este segundo trabajo por las tardes, la exclusividad debía compensarse pecuniariamente.


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