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EL SUEÑO DE HIPATIA: (51-60)

Publicado el 12 de diciembre de 2021, 2:02

—Te trajeron ayer por la tarde, era más o menos esta misma hora. Estabas desmayado y tu cabeza tenía mal aspecto. Decías cosas sin sentido y nuestro amo mandó venir al médico para que te atendiera. Dijo que hoy vendría a verte de nuevo; estará a punto de llegar.
—¿Qué cosas decía? —preguntó.
—Cosas sin sentido.
—Eso ya me lo has dicho.
—Decías que la Luna estaba en cuarto creciente y no sé qué cosas de Marte y Saturno.

Teón se sentía cada vez más inquieto.

—Nuestro amo te miraba y sonreía—comentó la otra esclava que había colocado el candil sobre una repisa.
—¿Me escuchó vuestro amo?
—Sí, parecía muy interesado en tus palabras.

La esclava descorrió las cortinas para que entrase la luz del crepúsculo y otra vez se agitaron los pájaros, que poco a poco habían buscado un nuevo acomodo.

—¿Mi familia sabe que estoy aquí?
—Sí.

Mientras las esclavas disponían la estancia para la visita del médico, su mente elucubraba sobre el determinismo que en su opinión presidía la vida de los humanos. Había ansiado durante años la llegada de descendencia porque era la forma de alcanzar la permanencia sobre la tierra. Los hijos, especialmente los varones, eran la prolongación de los progenitores, una forma de perpetuarse en el tiempo. No todos sus amigos pensaban de la misma manera. Hermógenes, el viejo cascarrabias, se mostraba partidario de la metempsicosis, lo que popularmente se conocía como la transmigración de las almas. Sostenía que en el preciso instante de la muerte, el alma se encarnaba en otro cuerpo más o menos perfecto que el anterior, según mereciesen sus buenas o sus malas obras. Estaba convencido de que en una vida anterior había sido perro porque previamente su alma perteneció a un mercader tramposo que se lucraba sisando en los pesos y elevando los precios cuando la necesidad apretaba. Hermógenes explicaba su ascenso, señalando que su anterior vida, la perruna, había estado presidida por la docilidad y que incluso el premio le llegó por salvar a un pequeño de morir ahogado. Las creencias del médico cobraban fuerza cuando las enfrentaba a las de Clodio, un filósofo cínico, quien afirmaba que el cuerpo era una cárcel a la que había que despreciar, como sucedía con las opiniones de quienes no pensaban como él. Clodio, muy aficionado al vino, señalaba que, al morir el cuerpo, el alma quedaba en libertad sin sentir el menor deseo de volver a quedar encarcelada. En aquella situación en que, ante la inminencia del peligro, se acordaba de cosas tan extrañas, al momento, Teón también pensó en cuál habría sido su pecado para que los dioses le hubiesen enviado el castigo de tener una hija.

Por la galería se escucharon pasos y el rumor de una conversación que sacaron a Teón de sus pensamientos.

—Creo que es nuestro amo quien viene. Él responderá mejor que nosotras a tus preguntas.

Segundos después entraba el dueño de la casa acompañado por Hermógenes. Lisístrato, al ver que el herido había recobrado el conocimiento, dirigió una mirada de reproche a las esclavas.

—Mi señor, acabamos de entrar — se excusó una de ellas—. Hace menos de una hora aún permanecía inconsciente.

El astrónomo lo miró con gesto afable, aunque Teón creyó adivinar un destello de malicia en su mirada. Hermógenes se acercó al lecho y le preguntó:

—¿Cómo te encuentras?

Teón resopló agobiado.

—¡Como si Atlas hubiese descargado sobre mis hombros su penoso trabajo! ¡Me duelen todos los huesos del cuerpo! ¡Estoy molido!
—Tu aspecto nada tiene que ver con el lastimoso estado en que te
encontrabas ayer. La herida de tu cabeza sangraba mucho y delirabas continuamente.

Teón notó un molesto acaloramiento que trató de disimular y, aprovechando que Hermógenes había tomado una de sus manos y miraba atentamente la palma, balbuceó con voz trémula:

—Quiero agradecer tu hospitalidad.
—¡Bah! No tiene importancia. —

Lisístrato agitó la mano como si espantase una mosca.

—Veamos cómo está esa herida.

Hermógenes cortó los vendajes y comprobó satisfecho que sus ungüentos habían obrado un efecto maravilloso.

—La mantendremos vendada un par de días más y luego la dejaremos que se airee.
—¿No sería conveniente mantenerla vendada algún tiempo más? —preguntó Lisístrato.—Las heridas sanan mejor cuando se les permite respirar —sentenció el médico, mientras con manos habilidosas palpaba el cuerpo del enfermo, buscando una rotura o una hinchazón. Después pidió a una de las esclavas que echase agua en la jofaina, se lavó las manos, se las secó con uno de los lienzos y luego con manos expertas vendó de nuevo la herida, tras aplicarle una generosa dosis de bálsamo. Terminada la operación, Teón lo interrogó con la mirada—.

No aprecio ni roturas ni hinchazones y la herida, a primera vista, no ofrece complicaciones. Has tenido mucha más suerte que otros.

—¿Ha sido muy grave? —El astrólogo recordó el momento del
terremoto.
—Mucho, pero no tanto como se temió al principio.
—Lo último que recuerdo es que el mundo se me venía encima.
—Los daños han sido importantes, pero no hay comparación con los de hace cinco años —comentó Lisístrato—. Los muertos no llegan a tres centenares, aunque los heridos son más numerosos. Las pérdidas materiales, sin embargo, son muy cuantiosas en algunos lugares. Hay muchos edificios seriamente dañados; algunos tendrán que derribarlos.


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