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EL SUEÑO DE HIPATIA: (61-73)

Publicado el 13 de diciembre de 2021, 1:41

—¿Mi familia está bien?
—Todos se encuentran perfectamente, aunque Pulqueria necesitará algunos días para reponerse
—respondió el médico—. Y por lo que a la pequeña se refiere, te diré que ha llegado con ganas de vivir. No ha parado de llorar desde que salió del vientre de su madre. ¡Parece que allí se encontraba más a gusto!
Teón maldijo para sus adentros lo inoportuno del comentario. Lisístrato aprovechó para felicitarlo con un toque de ironía.
—Mi enhorabuena. He sabido que a tu hogar ha llegado la ansiada descendencia que durante tanto tiempo has anhelado.
—Gracias.
—Ha sido una niña preciosa, ¿no?
—No sabría decirte, aún no la he visto —farfulló incómodo y, dirigiéndose a Hermógenes, le preguntó algo que ya sabía, para no seguir hablando del nacimiento de su hija—. Supongo que en mi casa saben dónde estoy.
—Yo mismo fui a tranquilizar a Pulqueria después de curarte. Estaba muy preocupada porque tus criados habían llegado sin novedad y decían que te habías adelantado en el camino. Cuando ellos llegaron, el terremoto ya había pasado y al comprobar que no estabas en casa se produjo mucha inquietud.
—¡Cuando la tierra comenzó a temblar, me encontraba en medio de una pelea de esos fanáticos galileos!
—Un esclavo acaba de decirme que ya han vuelto a las andadas —intervino Lisístrato—. Un nutrido grupo de ellos protesta ante el teatro contra las fiestas que los seguidores de Baco van a celebrar en honor de su dios.
—¿Protestan contra las celebraciones de Baco?

—Protestan contra todo lo que no sea rendir culto a su dios. ¡Condenan como perversa cualquier otra creencia y sus manifestaciones! —exclamó irritado Lisístrato.
—Tenía entendido que los enfrentamientos eran entre ellos.
—Es cierto, pero de unas semanas a esta parte han empezado a revolverse contra los seguidores de otras creencias.
—No lo sabía.
—Su rechazo en esta ocasión va incluso más allá —añadió Hermógenes.
—¿Más allá? ¿Qué quieres decir?
—Cuando venía hacia aquí, he pasado cerca del teatro. Efectivamente, como dice Lisístrato, allí están congregados con el patriarca Atanasio a la cabeza.
—¿Atanasio está allí? —Lisístrato parecía sorprendido.
—¿Te extraña?
—No suele ir a las manifestaciones callejeras.
—Te equivocas, no suele estar en los enfrentamientos entre las diferentes sectas, los seguidores de Arrio se la tienen jurada. —Hermógenes parecía muy informado—. Han conseguido expulsarlo de la ciudad en varias ocasiones y otras tantas ha sido el propio Atanasio quien se ha visto obligado a poner tierra de por medio. Recuerdo que hará unos veinte años, vosotros erais unos jovenzuelos, sus enemigos organizaron un verdadero ejército que asaltó la sede del patriarcado; estaban dispuestos a matarlo, pero no lo encontraron. Huyó al desierto y buscó refugio entre los anacoretas que hacen vida retirada y permaneció lejos de la ciudad por lo menos seis años. Cuando regresó fue recibido como un héroe.
—Lo recuerdo perfectamente —corroboró Lisístrato—. En la Vía
Canópica se había apiñado una muchedumbre que llenaba hasta el último rincón.
—No te vayas por las ramas, Hermógenes, que te conozco. Antes has dicho que las protestas de los cristianos eran algo más que un rechazo a las bacanales, ¿a qué te referías?
—Protestaban contra el teatro; su deseo es que se prohíban las representaciones.
—¿Prohibir el teatro? ¿Con qué argumentos? —preguntó el dueño de la
casa.
—No pidas argumentos donde no hay razón.
—Bueno, ¿qué dicen?
—¡Toda clase de sandeces! —exclamó el médico—. Que el teatro es el pórtico del infierno, que en la escena se exhiben mujeres sin pudor para excitar la lujuria de los varones, que allí se alimenta la concupiscencia, que en esas representaciones se ofende a su dios.
—¿Se ha representado últimamente alguna obra contra el dios de los cristianos? —preguntó Teón.
—No lo dicen por eso.
—¿Entonces?
—Consideran que los asistentes aprovechan la ocasión para pecar.
—No lo entiendo.
—Para los cristianos la simple concurrencia de hombres y mujeres a un lugar ya se considera un acto reprobable, según denuncian sus clérigos. Tratan por todos los medios de acabar con todo lo que suponga relaciones entre hombres y mujeres fuera de los estrictos límites que han puesto al matrimonio. Los más rigurosos rechazan lo que llaman placeres de la carne y afirman que la cópula solo es admisible como un acto de procreación.
Sus últimas palabras provocaron unas pícaras risillas en las esclavas.
Hermógenes las miró divertido; eran dos jóvenes atractivas y pensó que ofrecerían placenteros deleites a su amo.
—Han establecido —prosiguió el médico— una separación tan rígida entre hombres y mujeres que en sus templos les han destinado lugares concretos para asistir a los ritos.
—¡Eso es una locura! ¡Va contra los principios de la madre naturaleza! ¡Pero allá ellos! —exclamó Lisístrato.
Hermógenes lo miró fijamente.
—No te confundas, amigo mío. El peligro está en lo que acabas de decir.
—¿En qué?
—No se conforman con ser ellos quienes cumplan esas normas.
—¿Qué quieres decir?
—Que su propósito es imponérselas a todo el mundo. ¡Ahí radica el peligro!

¡Todo lo que no está en su credo debe ser eliminado! —Hermógenes hizo una pequeña pausa y sentenció—: No sé adónde vamos a llegar, pero dad por seguro que nos aguardan tiempos difíciles.

Un silencio triste acompañó las últimas palabras del médico. Teón lo aprovechó:
—Si mi herida está mejor y no tengo ningún hueso roto, pienso que lo más conveniente será marcharme a mi casa. Creo que he abusado ya bastante de tu hospitalidad.
—Ha anochecido, Teón —comentó el astrónomo mirando hacia la ventana—. Será mejor que permanezcas aquí hasta mañana.
—Te lo agradezco, Lisístrato, pero si Hermógenes no ve inconveniente prefiero estar en mi casa lo antes posible.
—No hay inconveniente, aunque deberás ir en litera. Mi única salvedad nada tiene que ver con la medicina.
—¿A qué te refieres?
—Estas horas no son las más adecuadas para andar por las calles. Alejandría es una ciudad muy peligrosa después de anochecer.
—Eso tiene fácil solución —señaló Teón, que por nada del mundo estaba dispuesto a pasar allí la noche—. Enviaré recado a mi casa y vendrán a recogerme los porteadores y varios criados armados. Tengo ganas de estrechar a Pulqueria entre mis brazos.
—No hay necesidad de llamar a nadie. Tienes mi propia litera y la escolta que necesites para evitar una sorpresa desagradable.


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Comentarios

José Angel
hace 7 meses

Estupendo fragmento.

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