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POR LA RELIGIÓN Y LA PATRIA (161-170)

Publicado el 11 de diciembre de 2021, 12:38

Tampoco el párroco de Valverde del Camino, Jesús de Mora Mora, hizo nada por sus vecinos, otro pueblo inocente masacrado por el mero hecho de ser de izquierdas. Mora no se implicó directamente en la represión pero es un hecho aceptado en el pueblo que estuvo detrás de ella, por más que en los terribles boletines parroquiales de comienzos de 1937, comido por la soberbia y por el deseo de venganza, el cura mantuviera que «se interpuso la intercesión para que no fuera mayor el
número de víctimas». Hablamos de un pueblo de menos de diez mil habitantes en el que fueron asesinadas más de 150 personas. De lo que ocurrió en Valverde nos ha quedado el testimonio de otro cura de allí, José Barriga Coronel, quien dejó escrito:

Nos dijeron que un sacerdote tenía que ir a acompañar a los condenados hasta después de darles el golpe de gracia, el tiro en la nuca. Esto era sencillamente horrible. Don Jesús dijo que él no podía. Yo no era capaz. Hubo un tercero, un capellán, no del Ejército, que fue capaz. Mi oración fue entonces: «Pase de mí este cáliz». Aquello no podía ser la voluntad de Dios. No quiero decir más. … Aquello pasó para siempre [62] .

 

 

El caso de Mora fue muy común. Sería por ejemplo el de Felipe Rodríguez Sánchez, párroco de Castilleja del Campo (Sevilla), donde la investigación de Richard Barker puso de manifiesto que el cura, aunque aparentemente no hizo nada, estuvo detrás, entre otras, de la desaparición del médico Braulio Ramírez, del maestro Joaquín León Trejo y del alcalde José María Ramírez Rufino y su sobrino [63].

El testimonio de Manuel Carcela nos dejó otro caso, este del cura de Salvochea (El Campillo), Elías Rodríguez Martín. La escena tuvo lugar a comienzos de 1937, en la puerta del casino conocido como El Mercantil. En la entrada había falangistas, requetés y cívicos celebrando algo; también estaba el cura. Entonces llegó un grupo que traía amarrado a un muchacho de unos dieciocho años capturado en un pinar cercano y que venía sangrando. Al ver a don Elías el muchacho se echó a los pies llorando y rogándole que lo salvara. La gente observó al cura, esperando su reacción para saber a qué atenerse. La respuesta de este fue darle una patada en la cara que ya lo sentenció. Carcela, que era un muchacho, presenció el hecho horrorizado [64] .

Huelva, como luego veremos, puede dar para mucho más. Sirvan de muestra los párrocos de Almonte y de Lepe, respectivamente Francisco del Valle y Fernando del Molino Abreu. El primero obcecado por vengarse de la multa que le impuso el Gobierno Civil en 1932 por tomar parte en una revuelta organizada por la derecha antirrepublicana local —pese a no haber existido derramamiento previo de sangre fueron luego asesinados 99 hombres y una mujer— y el segundo sumido en su afán inquisitorial y destructor en el proceso que se siguió en 1937 al maestro republicano Juan Luis Freniche Sánchez, que acabó con su asesinato. O el caso del cura de las Minas de La Zarza, que hizo creer a 18 huidos que si se entregaban serían tratados con justicia, ya que ningún delito habían cometido, y, ya una vez entregados y después de tres meses en el pueblo, fueron detenidos y asesinados en grupo en el cementerio de Perrunal, hecho que fue contemplado por los vecinos de la mina por estar situado el caserío en un alto desde el que se vio lo ocurrido. Se preguntaba Santiago Rodríguez Delgado, que fue quien contó esto, si no fue también engañado el cura [65] .

De Huelva, como se ha comentado, contamos también con un documento excepcional: los informes que los párrocos enviaron a Sevilla en 1932 sobre el «estado de las almas» de sus respectivos pueblos. Ya se dijo que se trata de auténticos informes político-sociales que, además de describir la vida cristiana y el número de gente que asistía a misa, recibía los últimos sacramentos o practicaba los rituales católicos desde el bautizo al entierro, informaba también del número de
matrimonios y entierros civiles, de los centros obreros existentes en cada localidad e incluso de la propagación de la prensa de izquierdas. Lo curioso de esta documentación es que no la hemos conocido por el archivo del arzobispado de Sevilla, que dice no tenerla, sino por la tesis doctoral del canónigo Juan Ordóñez Márquez, La apostasía de las masas y la persecución religiosa en la provincia de Huelva (1931-1936), publicada por el Instituto «Enrique Flores», del CSIC, en 1968. En realidad basta leer estos informes de 1932 —si así pensaban a poco más de un año de República qué no pensarían tras las elecciones del 36— para comprender la actuación del clero a partir del golpe militar. Ordóñez Márquez, nacido en Ronda en 1927, fue gran admirador de Escrivá, el fundador del Opus Dei.

Lo que para la Iglesia representó el golpe militar se ve bien en una pequeña historia aparentemente menor: la del cementerio de Alosno, uno de los pueblos del Andévalo onubense. En octubre de 1936 su párroco, José Romero Regajo, debió ver con alegría la decisión del presidente de la gestora de cambiar el rótulo de CEMENTERIO MUNICIPAL colocado en 1931 por el anterior de CEMENTERIO CATÓLICO [66] .

Por si fuera poco, en enero de 1937 la capilla del cementerio que la República convirtió en sala de autopsias con todo lo necesario para su funcionamiento (lavabo, alacena para el instrumental, etc.) fue devuelta a su estado anterior con todo detalle, como si la etapa anterior no hubiese existido y solo hubiese sido un mal sueño. No fue difícil porque todos los objetos religiosos que contenía la capilla, campana inclusive, se conservaban perfectamente.

 

[62] Barriga Coronel, J., Perfiles de la vida de un sacerdote, siempre joven, Artes Gráficas Salesianas, Sevilla, 1982, pp. 138-146.

[63] Barker, R., El largo trauma de un pueblo andaluz, Ed. Tréveris, Cádiz, 2007.

[64] Sevilla, 1999. Testimonio oral de Manuel Carcela.

[65] Rodríguez Delgado, S., Memorias de un socialista, Valverde del Camino, 1983, p. 17.

[66] Del mismo modo que existe acuerdo general sobre la importancia de la Historia de los heterodoxos españoles, de don Marcelino Menéndez Pelayo, publicada a comienzos de la década de los ochenta del siglo XIX , resulta de innegable interés Los cementerios civiles y la heterodoxia española, de José Jiménez Lozano, publicada en 1978 por Taurus y reeditada en 2008 por Seix Barral, especialmente los capítulos finales, dedicados a la República («Fuera tapias») y a las consecuencias del triunfo franquista («Y otra vez las tapias»).


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