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NUESTRO AGENTE EN JUDEA (121-127)

Publicado el 11 de diciembre de 2021, 14:15

Efectivamente, ante el estupor de los presentes, para quienes los protagonistas de aquellos pasajes solo podían ser los hijos de Israel, se preocupó sobre todo de subrayar que el texto de Isaías no indicaba distinción alguna, de modo que los pobres, y los prisioneros, y los ciegos, y los oprimidos podían pertenecer a cualquier pueblo del mundo, y que el enviado del Señor no debía ser necesariamente un Mesías guerrero.

Apenas había terminado cuando los murmullos se reanudaron y fueron subiendo de tono, porque la gente, solo de pensar que aquellos pobres y ciegos —y hasta los oprimidos, ¡ironía de las ironías!— pudieran venir de las filas de sus opresores, se habían irritado aún más. Hasta los más reflexivos no podían dejar de asombrarse por la audacia casi blasfema de aquella interpretación, y decían, llenos de estupor:

¿De dónde le vienen a este tales cosas, y qué sabiduría es esta que le ha sido dada? ¿No es acaso el carpintero, hijo de María y el hermano de Santiago, de José, y de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros?

Jesús les miró y meneó la cabeza:

—En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su patria.

Pero el reproche no fue suficiente para calmar los ánimos. Los murmullos continuaban, y muchas voces comenzaron a subir de tono. Instintivamente los hermanos de Jesús se pusieron en pie y se apretaron en torno a él para protegerlo, pero él les apartó con la mano y dio un paso adelante.

—En tiempos de Elías —comenzó diciendo con voz calma, pero el vocerío iba en aumento a pesar de los esfuerzos de quien estaba de su parte. Sin embargo, al nombrar a Elías, había atraído de nuevo la atención de todos, y le bastó con repetir la frase con voz más sonora para imponer silencio.

—En tiempos de Elías —dijo— no cayó del cielo una gota por espacio de tres años y seis meses, de modo que en toda Palestina hubo una gran hambruna. Había entonces en Israel muchas viudas, pero Elías no visitó a ninguna de ellas. Fue a visitar únicamente a una pobre viuda de Sarepta de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempo del profeta Eliseo, pero ninguno de ellos fue purificado excepto el sirio Naamán.

Al oír estas palabras, la gente hacinada en la sinagoga estalló: la remisión a los textos en los que dos gentiles, una fenicia y un sirio, eran preferidos por los profetas al pueblo de Israel, era una provocación para todo aquel que simpatizaba con los zelotas, y una blasfemia para los doctores porque parecía que Jesús quisiera atribuirse la misma autoridad que Elías y que Eliseo. Gritos de «impío» estallaron en el recinto de columnas y otros gritos de «impío» y de «traidor» llegaron de las gradas, con los que se mezclaron las voces agudas de las mujeres. La multitud comenzó a fluctuar, porque todos —los adversarios de Jesús para abalanzarse sobre él, y sus pocos defensores para protegerle— trataban de llegar al grupo de los doctores, y casi de manera natural, del mismo modo que se forma el curso de un río porque el agua ha encontrado su desembocadura más fácil, se formó una corriente tumultuosa y vociferante de personas que empujaban al pequeño grupo formado por Jesús y por sus amigos fuera de la sinagoga.

Era la puerta que daba a la cima de la colina, e irrumpiendo por ella la multitud continuó acosando a aquellos que ni siquiera huían, sino que simplemente eran empujados, ineluctablemente, hacia la cima, al monte, y al abismo que se abría por la falda opuesta de la montaña. Pero cuando estuvieron sobre la roca que coronaba la cima y tuvieron delante solo el vacío, sucedió algo. La multitud se detuvo jadeante, como para prepararse a dar un último empujón que precipitase abajo a Jesús y a sus compañeros; sin embargo, en aquel momento de pausa, el grupito, pese a jadear, pudo finalmente volverse para hacer frente a la multitud, y la mirada del Nazareo, sereno como si ningún peligro le amenazase, se quedó fija en la de los perseguidores.

Entonces, poco a poco se hizo el silencio, tan solo roto por las respiraciones pesadas que trataban de restituir aire a los pulmones castigados por la subida, y Jesús, tranquilamente, empezó a bajar la pendiente seguido por sus hermanos y por los otros pocos amigos. Atravesó la multitud, y se fue.


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