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Eres un moralista

Publicado el 12 de diciembre de 2021, 3:50

«¿Por qué continúas predicando, si sabes que no puedes cambiar a los malvados?», le preguntaron a un rabino. «Para no cambiar yo», fue su respuesta.

Norman Manea

 

Eres un moralista

 

No hace falta ser un inmoral o alguien ajeno a todo cuidado moral para tachar a otro de moralista con afán derogatorio. Es verdad que por lo general los fiscales que así acusan no destacan por su prontitud para la indignación frente a la iniquidad cometida con el prójimo ni para enfrentarse a los daños causados y a sus autores. Sea como fuere, en estos tiempos eso de ser un moralista suena a cargo que puede lanzar cualquiera y contará a su favor con varios prejuicios vigentes. ¿No convendrá por eso restaurar ese calificativo frente a tantas miradas recelosas cuando no ofendidas que lo denigran?

Se acostumbra hoy a tildar de moralista al individuo, más o menos sombrío, entregado con gusto a la tarea de condenar la conducta ajena para mejor resaltar la pureza de la propia. O al personaje que, amparado en dogmas de su iglesia, cree disponer de la receta apropiada para amonestar a cada paso los presuntos vicios del vecino. O al defensor de posturas intransigentes frente al comportamiento humano: un aguafiestas o un consumidor de esa ominosa pócima llamada «moralina». Pues bien, no es seguro que esa figura esté libre de caer en tales tentaciones y habrá de precaverse contra ellas, pero al moralista en el que pienso le adornan otros rasgos más dignos. Y como la carencia de esos rasgos nos delata demasiado a los demás, a lo mejor le endosamos su mala fama para así vengarnos de él…

Un buen moralista es la persona a la que no le abandona la conciencia de constituir ante todo un ser moral. Es decir, que sabe que no debe limitarse a sobrevivir como los bichos, sino a vivir como un ser consciente y libre. Y eso significa que le incumbe la constante reflexión para distinguir y elegir —con argumentos, no con creencias— lo bueno frente a lo malo y hasta lo mejor más allá de lo bueno. Sabe asimismo cuánto les debe a las mores o costumbres de su tiempo y lugar, pero no es reacio a criticarlas, si falta hiciera, desde el ideal de ser humano que le anima. Le repugna esa solemne insensatez de que cualesquiera opiniones morales valen lo mismo o que lo diferente, tan sólo por diferente, sea ya valioso. No le avergüenza ni juzgar en voz alta cuando parece preciso, ni hablar de virtud ni mucho menos admirar a los virtuosos. Considera grave desidia dejar esos quehaceres al cuidado exclusivo de las autoridades religiosas.

Más aún, moralista es quien antepone el punto de vista moral a todas las demás perspectivas. En los sucesos cotidianos, en el funcionamiento de las instituciones sociales, en sus relaciones íntimas o profesionales, en las modas de cualquier especie…, en todo ello lo primero que tiende a detectar es la ganancia o la pérdida que allí se produce para la vida en verdad humana. Con esa mirada se esforzará en ponderar el valor de cada situación según el grado en que favorezca el ejercicio de la conciencia y la libertad de cada cual. A esa misma mirada no se le escapan al menos las injusticias más gruesas y los sufrimientos que causan, por más que no sean injusticias y sufrimientos que le afecten de cerca. Aquella prioridad del punto de vista moral en su conducta será la que le recuerde a cada momento su deuda para con el prójimo, la responsabilidad que le ata a un ser tan precario y vulnerable como él, el lazo que anuda sus respectivas felicidades. Gracias a esa percepción inmediata, no dejará de vislumbrar cuánto le separa de la vida buena y la ventaja que en ese camino le llevan los mejores.

Pero el moralista se atreve a dar todavía un paso que escandaliza a la mayoría. Se atreve a proclamar que ese punto de vista moral no es uno más entre los múltiples puntos de vista asequibles a los hombres y que él no elige éste como podía elegir cualquier otro. Defiende, al contrario, que el suyo en particular es superior a los demás porque le vuelve capaz de captar el valor más elevado. Si la presencia de valores establece una jerarquía entre las acciones y entre las personas que los encarnan, los valores mismos se disponen entre sí también según un orden de preferencia, y el valor moral ocupa la cúspide. A su lado palidecen un tanto la sabiduría, la creación artística o el carisma público: el hombre más bueno, el santo, marcha por delante del sabio, del genio o del gran estadista. Pues es el caso que lo peculiar de los valores morales, a diferencia de los demás, estriba en ser universalmente exigibles. Nos lo contó Protágoras en unas páginas inmortales. El resto de las cualidades y destrezas técnicas o artísticas se reparte entre los humanos por naturaleza o por azar, y a la sociedad le basta eso para asegurar su funcionamiento. No todos tenemos que ser panaderos o músicos; basta con que haya unos pocos de cada clase para procurarnos el pan o alegrar nuestras fiestas. Pero el «sentido moral» (el respeto, la justicia) debemos adquirirlo todos mediante arduo aprendizaje. Sin él, la sociedad entera se viene abajo y los hombres no alcanzamos la plenitud.
Por contraste con las otras dotes, en definitiva, de ésta somos responsables y su carencia nos puede ser echada en cara. Así que el hombre dotado de un impecable carácter moral no pierde crédito por notorios que sean sus defectos desde otros ángulos de la excelencia; pero será imposible admirar al genio con la misma devoción si sobre su conducta se cierne una sombra de sordidez. La excelencia moral es la que más vale porque, a poco que falte, las demás excelencias valen menos.

¿Quién podrá reprocharnos moralmente este moralismo?


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