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LA SOCIEDAD CARNÍVORA: Prólogo (Miguel Grinberg) (20-31)

Publicado el 12 de diciembre de 2021, 4:24

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El activista revolucionario revisa los conceptos clásicos de la toma del poder y del rol mesiánico de la clase obrera. Aspira a fundamentar la creación de nuevas instituciones y a resistir toda forma de totalitarismo. Su énfasis en las cualidades receptivas del ser humano y su cautela al no postular panaceas de carácter universal despiertan desconfianza a aquellos que viven enquistados en esquemas ideológicos infecundos. El intelectual revolucionario tiene una misión preparatoria que es educar. No se trata de politizar un cuerpo social ya politizado sino de contagiar una conciencia política a minorías creadoras. En principio no contará con apoyo masivo, pero igual debe llevar a cabo su labor difusora. Debe COMUNICAR, expresar todo un universo revolucionario que bulle en su mente y busca encarnarse en entidades humanas reales que lo conviertan en realidad mediante el propio ejercicio del raciocinio emancipador. Debe TRABAJAR dentro de pequeños grupos autónomos y flexibles que actúen desde la periferia de la sociedad hacia su centro. Aunque alguno de sus grupos sea copado por elementos nocivos, ello no pone en peligro el proyecto total.

No existe el partido revolucionario, hay que crearlo. Su finalidad no es capitanear a las masas y solidificar una estructura burocrática, sino en última instancia coordinar las acciones de los grupos activos, asociar la información general, compaginarla y ponerla al alcance de las mayorías. Mientras, en áreas regionales, en su propia comunidad, el activista organiza y el grupo autónomo emprende el análisis de la problemática local sin perder de vista el cuadro general con perspectiva revolucionaria. Sí, se trata de una minoría marginal. Los condicionados son los otros, los alienados son los demás. Tanto los súper revolucionarios «de izquierda» que creen resolverlo todo con la agitación y la propaganda (importantes pero limitadas tareas) como los «adaptados» a las reglas de la Sociedad Carnívora. Aquí, el Aparato primero embota a las mayorías y luego acusa a las minorías disidentes de anormales. La «insubordinación» frente a reflejos condicionados que conducen a la impotencia y a la claudicación es entonces reprimida, censurada, distorsionada u omitida. Los problemas básicos son escamoteados por los represores, que mediante maquinarias publicitarias astutamente montadas buscan distraer la atención de las masas, prohíben la política y procuran silenciar a las minorías insumisas.

 

 

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Dentro de este contexto, los administradores de la represión continúan auto postulándose como «revolucionarios» e insisten en distorsionar las motivaciones de la rebelión estudiantil. El estudiante sabe que no participa en las decisiones que afectan su futuro; que la Universidad es una simple fábrica de peones culturales, de engranajes para la prolongación de la sociedad represora existente, de materia prima para la perpetuación del Sistema. Es por ello que toda vez que el estudiante manifiesta su descontento,aparecen voces «sensatas» que desde los temblequeantes pilares del Establecimiento piden represión y proclaman que la misión del estudiante es estudiar y no agitar. «De qué se quejan si tienen todo servido gracias al sudor del pueblo» argumentan las marionetas.

Al producirse las manifestaciones universitarias —en las que obviamente se infiltran diversas especies de agitadores espurios, elementos delincuentes y oportunistas marginados sociales; cosa que de ninguna manera desnaturaliza los sentimientos que generan la rebelión estudiantil— el Establecimiento ve alejarse a quienes trata de modelar a imagen y semejanza de los títeres del Sistema y maquina trilladas noveletas pobladas de «extremistas» y «aventureros», no para esclarecer la situación sino para oscurecer la raíz del asunto: EL ESTUDIANTE —semilla del futuro— NO SÓLO RECLAMA UNA REVOLUCIÓN EN SERIO SINO QUE SE LANZA A REALIZARLA. Para distorsionar esta circunstancia, el Aparato utiliza todos los resortes de los medios de comunicación masiva con un mecanismo mentiroso balanceado entre lo que se dice y lo que se omite.

 

 

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Es cierto, ha habido violencia, ha habido depredación, muerte, irracionalidad destructora. Todos estos fenómenos que por cierto favorecen al Establecimiento, pues ahora puede agitar el fantasma del Hombre Malo del Comunismo y quitar de circulación a todo elemento indócil. Una huelga general como la del 30 de mayo no es hacer la Revolución, y allí se acaba el talento de nuestros infradotados dirigentes gremiales. Tirar volantes, dibujar la hoz y el martillo, quemar autos y negocios o matar a soldados conscriptos no es hacer la Revolución, y allí se agota la paupérrima imaginación de nuestros dirigentes estudiantiles, muy veloces para pedir minutos de silencio por los marines caídos, pero incapaces de sembrar alternativas.

Ahora, las familias burguesas se agitan espantadas y la frase ritual de «estos muchachos no saben lo que quieren» se entronca con los clamores de la prensa conservadora y liberal: «¡Que la tragedia de Córdoba nunca más se repita!». Los «buenos» ciudadanos dan vuelta la página como si no hubiera otro problema que el desarrollo nacional y, en última instancia, sacrificando la insatisfacción juvenil en aras de la lucha anticomunista.

Al activista radical, antes que combatir el comunismo le importa combatir la ignorancia y el entreguismo que nos convierte en un pueblo colonizado. Un pueblo soberano y unido no teme al comunismo ni a nadie. Un pueblo independiente es un pueblo poderoso. Un pueblo libre es un pueblo invencible. Los traidores de turno agitan por un lado la amenaza del «peligro rojo» y por el otro venden el país al colonialismo. Si no existiera el comunismo, lo inventarían.

¿Cuál es la respuesta de la oposición radical ante las maquinaciones de la sociedad represora? Ya hemos dicho que el partido revolucionario de masas no existe aún. Tampoco se puede confiar demasiado en la espontaneidad estudiantil u obrera, que juega al todo o nada lanzándose a la acción y desdeñando la reflexión. O, en otros casos, ejercita variantes del quietismo a la espera de «condiciones oportunas».

Contaminado por apetencias superfluas el proletario promedio se encandila con una abundancia ficticia que para él tarda en llegar, es permanentemente estafado por la conducción gremial y desconfía naturalmente del estudiante burgués. Éste, hijo de la clase media, teme destruir su comodidad, busca medios amables para apaciguar su conciencia culpable, dice amar empíricamente al obrero y repite desvaídamente los slogans bolcheviques de la Federación Universitaria. Uno y otro terminan adaptándose al Sistema, con plurales matices de resentimiento.


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