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LA HORA DEL DESPERTAR DEL LEÓN: La «Edad de Oro»

Publicado el 12 de diciembre de 2021, 16:03

Existen incontables mitos y leyendas en todo el mundo que hablan acerca de tierras perdidas que se hundieron en el mar a causa de terremotos, volcanes y maremotos. Las distintas culturas tienen nombres diferentes para estas civilizaciones sumamente avanzadas, pero los más comunes son Atlántida y Mu, también llamada «Lemuria». Se dice que la Atlántida se hallaba en el océano Atlántico y Mu en el Pacífico.

 

Algunos investigadores sugieren incluso que estas historias se refieren a un planeta perdido, cuyos restos hoy en día se denominan cinturón de asteroides. Estoy abierto a cualquier perspectiva siempre que haya pruebas que la respalden, pero lo que es indudable es que la Tierra ha sufrido, en épocas geológicamente recientes, precisamente el tipo de cataclismos descritos en las historias y las leyendas acerca de la desaparición de la Atlántida y Mu. Estas catástrofes están registradas en los antiguos mitos y leyendas de todo el mundo y también en los registros geológicos y biológicos. La Biblia los describe como el «Gran Diluvio», una historia que surgió de registros mucho más antiguos. La historia de Noé y el Gran Diluvio es casi una repetición literal de las historias que se explicaban en Sumeria (del 4000 a. C. al 2000 a. C.) y en otras antiguas civilizaciones de Mesopotamia, entre ellas Babilonia (del 2000 a. C. al 300 a. C.). Estos registros se han encontrado en tablillas de arcilla recuperadas en la actual tierra de Iraq, y su origen se remonta a miles de años antes que la versión bíblica. Hablan de un hombre llamado Gilgamesh, que la Biblia renombra «Noé», y la Epopeya de Gilgamesh de Mesopotamia suena bastante familiar: hubo un gran diluvio y Gilgamesh construyó un arca para salvar a los animales y a su familia y envió pájaros para ver si cesaba el diluvio. El arca al final se detuvo en una montaña. Otra versión es la historia del diluvio que describe cómo «los dioses» decidieron destruir la humanidad, y un dios llamado «Enki» advirtió al rey-sacerdote Ziusudra de un diluvio que se acercaba. Le aconsejó que construyera un gran barco y se llevara a «las bestias y los pájaros». Después de las lluvias y las riadas, Ziusudra se inclinó en agradecimiento ante el dios sol Utu. El antiguo «Noé» indio se llamaba Manu, y pueden hallarse historias similares que utilizan otros nombres (donde «Noé» es «Atrahasis») en Babilonia y en Caldea, Egipto, Asiria, Grecia, Arcadia, Roma, Escandinavia, Alemania, Lituania, Transilvania, Turquía, Persia, China, Nueva Zelanda, Siberia, Birmania, Corea, Taiwán, Filipinas, Sumatra, los países islámicos, la cultura celta y los pueblos nativos de América del Norte, Central y del Sur y de África, Asia, Australia y el Pacífico. Estas historias explican extraordinarios levantamientos geológicos, entre ellos: el gran calor que hizo hervir el mar; montañas que escupían fuego; la desaparición del Sol y la Luna y la oscuridad que siguió; la lluvia de sangre, hielo y rocas; la Tierra que se volcó; el cielo que se desmoronó; el subir y bajar de las tierras; el hundimiento de vastos continentes; el avance de los hielos; y prácticamente todas ellas describen una gran inundación, una pared de agua que barrió toda la Tierra. Los antiguos decían que eso fue lo que terminó con la «Edad de Oro». En todo el mundo existen infinitas leyendas de una época que llaman Edad de Oro, que fue destruida por un cataclismo y por la «Caída del Hombre». El antiguo poeta griego, Hesíodo, describió el mundo antes de la «caída»:

Los hombres vivían como dioses, sin vicios ni pasiones, sin vejaciones ni
contrariedades. En una armoniosa compañía con seres divinos, pasaban los días con tranquilidad y alegría, convivían con una igualdad perfecta, unidos por la confianza y el amor mutuo. La Tierra era más hermosa que ahora, y producía espontáneamente una abundante variedad de frutos. Los seres humanos y los animales hablaban el mismo idioma y conversaban entre ellos (telepatía).

Los hombres se consideraban niños con cien años de edad. No tenían ninguna de las enfermedades características de la edad y, cuando accedían a regiones de vida superior, era como un sueño apacible.


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