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CAPÍTULO II (32-40)

Publicado el 15 de diciembre de 2021, 4:50

 

Poco duró el sueño. Apenas soplaba una brisecilla misericordiosa por entre los álamos y los castaños. Alcé los brazos para pasar las manos bajo la nuca. Crujió la paja del jergón y Girolamo se volvió mientras continuaba roncando. Con la mirada, me refugié en el puñado de estrellas enmarcadas por el ventanuco. Sentía una opresión en la garganta que me impedía tragar. Un pensamiento aparentemente desordenado vagaba, de manera incierta, aunque recurrente, por no sé por qué senderos de mi mente y acababa por llevarme siembre allá, a la basílica de San Pietro in Vincoli.
Había sido poco después de Pascua. El prelado había fruncido el ceño y me había mirado con aquellos ojos negros, inquisidores, al verme parado ante la imagen de san Sebastián.
Pero aquella no era la primera vez que me quedaba allí parado: seis años antes había ocurrido lo mismo. Todavía era un jovenzuelo. Fue en invierno. Un invierno muy frío. Después de entregar unos rollos de pergamino en Acque Salvie y Santa María in Cosmedin, entré en San Pietro in Vincoli para descansar. El mismo prelado —con aquellos ojos negros que no podían olvidarse tan fácilmente— se me acercó más de una vez escrutando la expresión de mi rostro mientras observaba aquella imagen.
Y aquella tarde, el viejo y yo, envueltos en sendas capas, nos acurrucamos delante del hogar mientras rezábamos a Dios para que ardiese el tronco hasta el alba. Girolamo leía un aburridísimo tratado de filosofía sacado de no sé cuál agujero de la torre sarracena. Varias veces había intentado llamar mi atención interrumpiendo su parloteo solitario, intentando por todos los medios arrancarme de mi pequeño ábaco que estaba intentando escribir, aunque sin conseguirlo. Aquellos altísimos pensamientos me aburrían hasta la muerte y me sentía devorado por una verdadera fiebre por el librillo de números que estaba componiendo por aquellos días, aprovechando la idea de las revolucionarias cifras indias. ¡Con el cero! Las había copiado para mí Girolamo de un libro, una paginilla escrita en griego que el viejo ya había traducido para aplacar mi hambre de números.
Temblaba de frío. Debía de tener fiebre. La tinta prácticamente se había helado en la punta del cálamo mientras trazaba mis luminosos garabatos. De pronto, Girolamo comenzó a resoplar, a romper las hojas del libro que tenía en la mano y las lanzaba a las brasas. Consiguió distraerme de mis números.Blasfemaba contra aquellos condenados que habían osado deturpar páginas tan elevadas con estúpidas anotaciones históricas. No sé cuántas llegó a rasgar. Algunas acabaron por reavivar las llamas del tronco que comenzaban a languidecer, otras me cayeron encima. Y yo, antes de tirarlas al fuego, les eché una ojeada. Se habían quemado muchas palabras y era casi imposible disponer los nombres y otros datos con un cierto orden. Año 662, Kibossa, Armenia, Shirak, Aser, el emperador bizantino Constante II, Eznik, Ananías de Shirak, David… Después otra historia, dentro de aquella… Aryabhata, Paulisa, llaves del saber, Brahmagupta, los paulicianos, una secta religiosa… Y aún más fragmentos de historia en otra historia más. Aristarco de Samos, una nueva teoría de los movimientos planetarios… y se mencionaba una máquina ingeniosísima. Y después, Zai Lun e incluso China.
Intenté arrebatar el texto de las manos del viejo, pero sólo conseguí enfurecerlo más: me lanzó un correazo, que falló, aferró la hebilla de bronce con motivos dorados y, al verlo temblar por el frío y con el rostro desencajado, comencé a reír. Y mis lágrimas lo contagiaron, sustrayéndolo de la lectura. Finalmente se avino a contentarme: por mucho que hojease, en aquel texto sacro no hallé ni un solo elemento extraño a la filosofía. Girolamo continuó leyendo y yo, escribiendo. Temblaba y tenía fiebre. De vez en cuando me quedaba con el cálamo en el aire, la cabeza apoyada en el arca que habíamos colocado detrás de nosotros. La mirada fija en el tizón menguante.
Y se me vinieron a las mientes los ojos negros de San Pietro in Vincoli. Me adormecí y mi pequeño ábaco se mezcló con las eternas disertaciones de Girolamo, con los fragmentos del texto de filosofía. Fue un sueño nítido: debía de ansiar tanto un poco de tibieza, que mi mente situó la acción enpleno verano. El verano del año 662.
El aire era purísimo. Sobre el azul terso del cielo se recortaban, nítidos, los montes lejanos.
Ananías desvió la mirada hacia otra parte, hacia las cumbres que comenzaban a enrojecer, por donde el sol se escondía. Pero ¿realmente el astro se ocultaba? Dejó de lado aquellos pensamientos para no empañar la alegría que experimentaba al contemplar la belleza del paisaje y de aquel atardecer. Estaba apoyado sobre el murete que circundaba el caserío,deleitándose con las tonalidades del cielo, cuando comenzó a distinguir el caballo y, poco después, al jinete. Luego, el joven de cabellos rizados y aspecto orgulloso abandonó de un salto la grupa del purasangre y corrió a abrazar al viejo.
—¡Ananías, maestro, tenéis el mismo aspecto juvenil de siempre!
—Aser, hijo, nunca has sabido mentir. Me hago viejo. Y es justo que así sea, pues la naturaleza debe seguir su curso.
El rostro del joven perdió un poco de su alegría:
—Sí, maestro, pero no es justo que hombres insensatos y malvados se permitan perseguir a Ananías de Shirak como si fuese un peligroso agitador.
—Veo que también te han llegado las noticias, mi buen Aser. Dime, ¿de dónde vienes?
—De Kibossa, maestro. Quizá sepas lo que hacemos. Pero contadme, habladme de vos, de los otros discípulos.
El viejo se pasó una mano por sus largos cabellos blancos y lisos, pasó un brazo por los hombros del joven y lo invitó a entrar. En silencio, compartieron un pescado y una orza de cuajada. Al final, Ananías se excusó con el joven porque «la trucha no sólo era pequeña; tampoco era tan sabrosa como las del lago Gökcia». Después comenzó a hablar al joven de sus otros compañeros, en un intento de zanjar tantos años de separación.
—Mi querido Aser, ¿querrías explicarme ahora vuestra doctrina?
¿Quiénes son los paulicianos, hijo mío? Pese a que apenas habéis echado a andar, ya hay quien habla de acabar con vuestra comunidad.
El rostro afilado y abierto del joven se contrajo levemente. Sus ojos azules lanzaron un destello de dulzura y rabia:
—No nos llaméis así, maestro. Ése es el nombre que nos han dado nuestros adversarios. Nosotros nos llamamos cristianos, nada más. En cuanto a nuestra doctrina, seguimos las enseñanzas de Pablo y creemos que no hay un solo Dios, sino dos entidades supremas: el Dios de la justicia de los hebreos y el Dios del amor de los cristianos. El Dios del Mal, amo y señor de este mundo, y el Dios del Bien, que envió un ángel a la tierra, Jesucristo, para enseñarnos el amor hacia la realidad espiritual y repudiar así la material. No aceptamos el Viejo Testamento y seguimos el Nuevo. Nos abstenemos de los sacramentos y rechazamos la veneración de la Cruz y las imágenes sacras.Deseamos un cristianismo más puro, por eso negamos también las enseñanzas de las cartas de Pedro, símbolo de la jerarquía eclesiástica. estamos contra el clero y el monacato, así como contra su corrupción. Y con este espíritu queremos erigir una nueva Iglesia.
El joven calló mientras miraba a Ananías con temor. Éste, dulcemente y sin dudar, añadió:
—Hijo, quizá sea justo que todo esto ocurra. ¡No en vano eres uno de mis mejores discípulos! Puede que sea una lección para tu maestro, siempre dispuesto a posponer la divinidad a la naturaleza, el alma a la ciencia. Sabes que creo firmemente en un origen divino de todo cuando es, aunque según un punto de vista muy particular. Pienso que nuestro primer deber es descubrir lo creado y las leyes que lo gobiernan. Y este espíritu de investigación también te ha fascinado. Al menos hasta hace poco. No quiero decir nada a favor ni en contra de tu nueva comunidad. Pero tu maestro, además de vivir por la ciencia, es también un ciudadano… armenio. Y no podemos borrar nuestros orígenes.
Sus ojos eran penetrantes y su voz, grave.
—¿Qué queréis decir, Ananías?
—¿Tu comunidad no tiene otra motivación, no se fija en nada más que en la eterna lucha entre el Bien y el Mal? Aser, nuestro país jamás ha podido gozar de un poco de paz. Hemos estado bajo el duro yugo asirio, sometidos a su crueldad. Nuestros antepasados siempre intentaron liberarse. Durante otros mil años más hemos estado bajo el dominio de los persas y los partos. Yo mismo nací durante esta última dominación. He vivido también bajo los bizantinos y ahora han llegado los árabes. Nuestra pobre tierra no ha sido más que un campo de batalla. Nuestra gente nunca ha saboreado la libertad. Nuestros abuelos se vieron obligados a hablar casi siempre la lengua de los conquistadores, fuese latín, siríaco o griego. Finalmente, hoy poseemos nuestro propio alfabeto… y una lengua que hace que nos consideremos un pueblo… y quizás incluso más oprimido. Es humano que en tu joven corazón convivan sentimientos como el amor y el ansia de libertad. Tan sólo quería decirte esto, mi dilecto Aser.
El joven amagó una sonrisa:
—Sí, Ananías. Tenéis razón. Me uní a la comunidad llevado también por un profundo amor a nuestro país. Y todos mis hermanos, aun desconociendo la palabra odio, demuestran el mismo resentimiento contra árabes y bizantinos —contestó con una voz límpida, vibrante.
—Del mismo modo en que deseas liberar el alma de la esclavitud del cuerpo, deseas liberar a tu gente de la opresión de los invasores. ¿No es cierto?
Aser no respondió, pero la expresión de su rostro lo delataba.
—Hijo, escúchame con atención. Por el mero hecho de combatir la corrupción del clero y de los monjes, estáis destinados a sufrir un duro castigo. Si a ello sumamos que vuestra comunidad, además de la depravación y el Mai, combate a los invasores… Mi pobre Aser, acabaréis siendo exterminados. Basta, amigo mio, ¡basta! Bastante sangre derramaron nuestros abuelos. Han pasado miles de años. Ha llegado la hora de decir adiós al patriotismo. Y no te quepa duda de que no seremos nosotros dos los que permitiremos que nuestros corazones armenios venzan a nuestra inteligencia, a nuestra mente. Porque en ti, al igual que en mí, tanto en el alumno como en el maestro, existe la conciencia de que no somos como los demás. Estamos llenos de conocimiento… y también de respeto por nuestros iguales. Y Cristo ha revelado su palabra y su amor a todos los hombres, no sólo a los de su tierra. En nuestro pobre país sólo unos pocos conocen la escritura y casi ninguno la ciencia. Los únicos depositarios somos tú, Eznik, David y yo. Y por eso nos corresponde vigilar la marcha del mundo. Porque hasta que la tierra sea liberada de las tinieblas de la ignorancia, nuestro pueblo, al igual que todas las gentes, continuará oprimido por unos pocos hombres que detentan las llaves del saber. Por ello tu deber como cristiano consiste en poner tu conocimiento a disposición de los tuyos, si bien debes amar a todos los pueblos, Aser. Creo que un hombre capaz de amar a un solo hombre, no ama a ninguno.
El rostro del joven traslucía una lucha interior muy intensa. Ananías prosiguió:
—Piensa cómo habría sido todo si los pocos hombres depositarios del saber y el poder hubiesen dedicado su vida a la divulgación del conocimiento: habríamos tenido pueblos cultos. Pueblos que no habrían
aceptado la idea de tomar a otros como esclavos por seguir una ideología, una bandera. Y, sin embargo, lo han hecho… Porque un pueblo inculto es como un rebaño de ovejas muy particular. Un rebaño que cuando oye la voz de su amo, se transforma en una jauría de lobos hambrientos, olvidando su propia naturaleza. Estoy plenamente convencido de cuanto digo: he indagado en la historia del hombre, he interpretado el libro de Ahmes, las tablillas de arcilla de Mesopotamia, he estudiado la historia de Egipto, de Babilonia, de la India… En resumidas cuentas, he estudiado a los grandes hombres que han cambiado la humanidad. ¡Los helenos! Comenzaron con la escritura horizontal de izquierda a derecha, lo cual favorecía la lectura y la escritura, porque intuyeron que éste era el mejor modo para penetrar con los ojos en la mente. Y ya no se pararon más. Hicieron el mayor descubrimiento de la historia de la humanidad: ¡el poder de la razón! Tales, Demócrito, Platón, Aristóteles, Hipócrates, Aristarco, Pitágoras, Arquímedes, Hipatia… Sentaron las bases para transformar el mundo. En pocos siglos sembraron tanto saber que tan sólo hubiera sido suficiente proseguir su obra para llegar a una civilización muy distinta, mejor y probablemente libre. Por desgracia, surgió Roma y, con ella, el cristianismo, cuyos representantes oficiales detuvieron de manera inexorable el camino de la ciencia quemando la biblioteca de Alejandría y asesinando a Hipatia, algo que Cristo no había imaginado, ni predicado, ni mucho menos querido. Y, no obstante, ocurrió.
Hace un siglo que Justiniano, emperador de Oriente, temeroso de la ciencia griega, al verla como una amenaza para él y para la ortodoxia cristiana, consagró el último acto con la clausura de la Academia platónica de Atenas. Sus miembros fueron dispersados. De este modo, el año 529 puede considerarse el final de una era. Habían detenido el camino del saber, sobre todo el de la madre de todas las ciencias, la matemática. Pero los caminos del Señor son infinitos. Dispersa la Academia ateniense, nacieron Filópono, Aryabhata, Paulisa, Eutocio, Simplicio, Boecio, Brahmagupta… y tu maestro, Ananías de Shirak, así como tantos otros. Intentábamos transmitir el saber de los griegos. Mientras estábamos inmersos en esta obra de continuación, hará ya veintitrés años que los árabes conquistaron Egipto y parece que Ornar se ha librado de los pocos papiros que se salvaron del incendio de la biblioteca de Alejandría provocado por los romanos y los cristianos.

Ananías parecía cansado. Su mirada voló sobre el cielo violáceo que se veía a través de la ventana y se perdió tras el vuelo de los murciélagos que danzaban frenéticamente a la caza de insectos. Después, posó de nuevo sus ojos en el rostro de Aser.
—Una vida dedicada al estudio de la matemática, de la astronomía, de la
historia, de la geografía… Y, sin embargo, estoy mal visto. Expreso nuevas ideas y me miran como si fuese un agitador. El clero y el poder me persiguen. Por haber insinuado la posibilidad de que la Tierra se mueve, he estado a punto de acabar en prisión. Basta, Aser. Es cierto que el mundo y la civilización han nacido en Oriente, en la India, en Asia Menor, en la Hélade, en Alejandría… Pero ahora todo ha terminado. Ha llegado el momento de que Europa inicie su camino hacia la ciencia y abandone su estado de barbarie.
En los ojos escrutadores del joven se adivinaba una expresión cautelosa y atenta a la vez.
—Aser, no se puede prever el papel que desempeñarán los árabes en la historia del hombre. Por el momento, se limitan a conquistar. Pero las palabras de Ornar, quien ha sacrificado al fuego decenas de miles de manuscritos, dejan esperar bien poco. «O bien los libros contienen cuanto está escrito en el Corán, en cuyo caso no es necesario leerlos, o bien contienen cuanto contradice al Corán, en cuyo caso no debemos leerlos». Aquí, en Oriente, la ciencia ha terminado. Lo único que podemos y debemos hacer es transferir las llaves del saber a Europa.
—¿Que pretendéis decir? —El joven hablaba con el tono de quien ya ha abrazado una nueva fe.
—Imagina, Aser. Supón que las gentes de todo el mundo fuesen cultas, que cada hombre supiese, al menos, leer y escribir, y que en cada casa hubiese libros.
—Ananías, ¿por qué soñar?
Con una nueva luz en el rostro, el maestro lo tomó del brazo.
—Aser, es posible. ¡Te lo aseguro! ¿Cuál ha sido, hasta ahora, el freno principal a la divulgación y el camino del saber? La técnica para componer un manuscrito. El pergamino es costoso y difícil de encontrar. Aser, nosotros escribimos aún a mano, tras siglos y siglos de ciencia. Para escribir un texto se necesita, al menos, una persona… y muchísimo tiempo. Imagina que pudiese escribirse no sobre un caro pergamino, sino sobre una sustancia fácil de producir. Y supón que no debes hacerlo tú, sino una máquina capaz de escribir, ¡de una sola vez!, una hoja entera. Y que en un día no sólo pueda producir un texto, ¡sino muchos y muchos libros!
—Se daría un vuelco, maestro. ¡La mayor revolución de todos los tiempos! Pero sacerdotes, reyes y emperadores echarían la máquina al fuego junto con el hombre que la emplease.
—Por ello debemos proceder con cautela.
Aser permaneció con la boca abierta.
—Maestro… Habláis como si esta máquina existiese realmente… ¿Estáis jugando conmigo, verdad?
—¡No, no! Todavía no se ha construido la máquina, pero el sistema es excelente. Pero Armenia no es el lugar más indicado, y menos en estos tiempos.
Ananías dejó que el alumno se recuperase de su estupor. Después descolgó de la pared una bolsa de piel oscura y la puso en las manos del joven, quien, antes de abrirla, se sintió atraído por la hebilla de bronce. Sobre el metal oscuro brillaban dibujos dorados. Una serie de triángulos grabados, algunos con signos horizontales y otros con un solo signo vertical. La abrió y tomó su contenido: dos manuscritos encuadernados. Hojeó el primero, leyó algún pasaje… Pero cuando alzó la vista, su expresión era aún más confusa.
—No te asustes, Aser. No se trata de un juego. Es una colección de epístolas de temática diversa, amorosas, rústicas, morales, de muy poco valor literario y filosófico que me fueron entregadas por su autor, Teofilato Simocata, quien fue prefecto y secretario imperial. Nos encontramos hace muchos años en Bizancio. Tuvimos la ocasión de conversar e intercambiarnos informaciones, sobre todo de historia y geografía. Por aquel entonces él estaba componiendo una historia sobre el reino de Mauricio y yo, mi geografía. Se alegró tanto por el bagaje de datos que le ofrecí que se empeñó en entregarme estas epístolas suyas. Y he aquí el artificio: quien hojee el manuscrito, difícilmente se dará cuenta de que allí, hacia el final, se han insertado algunas hojas cuyo contenido no debería ser completamente nuevo para ti. ¿Te acuerdas de Aristarco?


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