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Publicado el 18 de diciembre de 2021, 20:04

Aser pasó una a una las últimas páginas del texto y, de pronto, alzó la mirada, sorprendido:
—Aristarco de Samos… Hace casi mil años ya. La nueva teoría del movimiento planetario.
—Sí, hijo. Ahí está toda su teoría. Aunque corregida por una serie de cálculos y completada por el comentario de un seguidor de Aryabhata. Se trata de ideas que podrían sacudir el mundo y que un hombre osó proponer casi hace un milenio, pero que no gozaron del crédito de los estudiosos de la Escuela de Alejandría.
Ananías invitó al joven a tomar el otro manuscrito y abrirlo.
—Pero si es un palimpsesto, es el Antiguo Testamento.
—Sí, Aser. Del primer Libro de los Reyes al segundo de los Paralipómenos, uno de los tantísimos ejemplos del vandalismo cristiano, si bien en este caso no han cercenado una gran obra, sino sólo alguna comedia de Tito Maccio Plauto. Bien, incluso en este caso, y con la técnica del otro texto, he añadido algunas hojas hacia la mitad y el final. Observa —tomó el libro de las manos del joven—: aquí hay un resumen de cómo, hace cinco siglos, en China, Zai Lun utilizó redes de pesca, fibras de cáñamo y cortezas de árbol para producir una nueva materia sobre la que escribir. ¡El papel! En la actualidad, ese material se emplea muchísimo en toda China. Mira: ésta es una descripción minuciosa de las diversas fases de la preparación, de la elaboración de la pasta, el refinado y elaboración de la hoja. Yo mismo lo he producido en pequeñas cantidades. Y después… Después el pequeño secreto que hará estallar la matemática y, con ella, todas las ciencias: el nuevo sistema de numeración. ¡El sistema indio! Observa: diez. ¡Diez cifras! Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve y, al final, ¡el pequeño, y a la vez magno, cero! ¡El cero! Un símbolo diferente para cada cifra, una notación posicional y, en fin, una base decimal. Por primera vez, tres principios conjugados. ¿Qué te parece? Fíjate en este ejemplo.

Aser examinó el manuscrito con atención. Sus ojos brillaban.
—¡Qué ingenio! ¡Qué talento, simple y agudo a la vez! ¿Cómo no habíamos pensado en ello hasta hoy?
—Tú lo has dicho, hijo: genial en su simplicidad. Y sólo los indios han podido conseguirlo. Hace dos años, estuve en Siria, donde conocí a Severo Sebokt. Piensa: un obispo. Pero muy apegado a su tierra y un poco resentido contra los filósofos griegos emigrados después de la clausura de las escuelas de Atenas. Y ese resentimiento lo llevó a afirmar que había otros pueblos, además de los helenos, que poseían conocimientos científicos. Por él, y gracias a un discípulo del indio Brahmagupta, he aprendido todo cuanto he escrito en estas páginas: los números negativos, el cero, las ecuaciones de segundo grado… Y esta tabla de senos y tangentes que será utilísima en astronomía. Y del mismo alumno de Brahmagupta, que apenas había visitado China, aprendí esto —hojeó el manuscrito en el que, un poco más allá de la mitad, había algunas hojas con escritos y figuras—. He preferido escribir yo mismo estas notas en griego. Aquí, ¿ves? Éste es el chibalete y éstos algunos ejemplos de caracteres móviles. ¿Lo comprendes, Aser?
—Sí, Ananías. Pero me temo que la realización práctica sea muy difícil. Con todo, es una idea genial. ¡Genial! —El joven estaba verdaderamente excitado: su voz temblaba y sus ojos ardían—. Maestro, una vez realizada, esta máquina puede en verdad transformar el mundo.
—¡Esta máquina cambiará el mundo, Aser! Nos corresponde a nosotros que esto ocurra cuanto antes. La India y China siguen destinos y caminos demasiado distintos, tanto de nosotros como de Occidente. Los chinos no aciertan a comprender el enorme valor de sus invenciones y, para los indios, la matemática es como la poesía. Brahmagupta asigna a las incógnitas diversos colores. Hijo, debemos estas geniales intuiciones y descubrimientos a la magia de Oriente, pero nosotros hemos de proyectarkllas allí donde continuará la historia del hombre: Europa.

—¿Cómo puedes estar tan seguro?
—No puede ser de otro modo. Además de las conquistas militares de los romanos, en el campo de la ciencia y la cultura Europa siempre ha prestado atención a cuanto venía de Oriente o de Alejandría, en Egipto. Es hora de que contribuya también ella a labrar el camino de la civilización. Por un proceso histórico. Nos corresponde a nosotros transmitirle al menos las llaves del saber.
Cerró los dos libros y miró atentamente al joven.
—Aser, ya no queda ni un resquicio de libertad en esta tierra. Mis ideas ya pasaron por revolucionarias en los tiempos del huevo —y sonrió mientras el discípulo continuaba de memoria.
—«La Tierra parece tener la forma de un huevo: como en una forma esférica, la yema está en el centro, la clara la recubre y la cáscara lo rodea todo. De este modo la Tierra se encuentra en el centro como si fuese la yema, el aire es como la clara y el cielo la contiene al igual que la cáscara».
La cara del anciano se iluminó con ternura:

—Aún recuerdas mis palabras exactas, hijo… Pero ¿te acuerdas también
de cómo nos miraban? ¡Nosotros, los subversivos que queríamos redondear esta dócil Tierra plana! Imagina ahora que he osado hablar de la rotación de la Tierra, insinuando la teoría de Aristarco. Sí, quizás he sido imprudente, pero ¿cuántos milenios deberán pasar aún? —Y sostuvo la mirada sobre el joven.
—¿Deseáis que sea yo…? ¿Que yo transmita estas ideas a Occidente?
—Sí, Aser. Éste es mi deseo… y lo que de ti espero. Eres joven: viajar, compartir tus experiencias con las de otros, te será de gran ayuda. Tan sólo te pido que lleves esta bolsa, esperes a la persona que consideres más adecuada y le entregues las llaves. He encargado a David y Eznik que hagan lo mismo. Recorrerán otros caminos y se dirigirán a otros países de Occidente. Pero lo conseguiréis, de ello estoy seguro. Ésta será la contribución de nuestra tierra al futuro de la civilización humana.
—Maestro, puesto que lo habéis previsto todo, ya sabréis que partiré con esta bolsa. ¿Adónde he de dirigirme?

—De entrada, a Roma. En el séquito del papa Vitaliano hay un prelado, su hombre de confianza, muy docto y amante de las ciencias. Te parecerá increíble, pero es así: también entre ellos hay hombres con una visión muy amplia de la vida —le palmeó un hombro con afecto—. He estado en Bizancio y he hablado con el emperador Constante II: está a punto de partir hacia Roma con la idea de llevar allí la capital del imperio. Necesita a un hombre joven, leal, de gran cultura y que conozca bastantes lenguas. Formarás parte de su séquito, como su hombre de confianza. Es un buen jefe y os llevaréis bien, ya lo verás…
Ananías vertió en dos jarras la leche cuajada que quedaba en el jarro. Bebió mientras lo observaba con ojos penetrantes. Después, se abrazaron.
—Hace una noche clara, Ananías, y hay luna. Prefiero partir de inmediato. No te arriesgues demasiado.
—Adiós, Aser. Sé prudente tú también. Que tu corazón pueda reconocer la sinceridad y la lealtad.
El joven introdujo los dos manuscritos en la bolsa de piel oscura y la cerró con la hebilla de bronce con motivos dorados.
Ananías estaba en lo cierto: Constante II y Aser no tardaron en congeniar. El emperador se mostraba despótico y prepotente con todos, salvo con Aser, a quien pronto dio muestras de su simpatía.

Estaba harto de verse rodeado de personas ineptas, incultas, serviles y traidoras. No soportaba a los sacerdotes y mucho menos a los monjes.

—¿Sabes cuántos hay sólo en Bizancio? ¡Diez o quince mil! Quince mil monjes que no trabajan. Están por todas partes, corrompen todo y a todos, hacen creer al pueblo que una astilla de madera podrida, que a saber de dónde la habrán sacado, es la Cruz de Cristo y, por lo tanto, necesitan muchas perlas y piedras preciosas para adornarla. Que un cráneo encontrado en un muladar es una reliquia del perro de Pedro y que, por ello, es preciso colmarlo de perlas y piedras preciosas para que aleje la peste de la ciudad. Que se debe frotar una pezuña de la burra, sobre la que Jesús entró en Jerusalén, contra el vientre de las mujeres que no pueden tener hijos. Y, de este modo, ¡milagro! Nueve meses después nacerá el niño. Pero, claro, sólo pueden frotarla ellos y deben quedarse a solas con la interesada. Les encanta pleitear, emborracharse y meterse en camas ajenas, incluidas las de la corte. No en vano, han frotado su uña a muchas cortesanas y emperatrices. Y, como si no bastase, han terminado por pelearse entre ellos, creando un ambiente de luchas, conjuras, litigios y depravaciones. Y ten cuidado con los calcedonios, que afirman la naturaleza humana y divina de Cristo, o con sus rivales, los severos monofisitas. No te olvides del monoergismo o el monotelismo, ni del Verbo encarnado sí o el Verbo encarnado no, del peligro de caer en el nestorianismo, de la doctrina de la única voluntad ni de la energía hipostática de los monofisitas nestorianos. Una energía. Dos energías. Verbo encamado, sí. Verbo encamado, no. Sergio, Sofronio, Honorio I, Severino, Juan IV, Teodoro I… ¡Basta! ¡Se acabó! He intentado, decretando el Tipo, acabar con esta historia de las dos voluntades de Cristo y, por ello, los sacerdotes de tu tierra han condenado el decreto, mientras el papa Martín se enfurecía y el patriarca me excomulgaba. Intenté que lo matasen, pero en Roma estaban al tanto y se inventaron una historieta salpicada con no sé qué prodigio. Pero, la segunda vez, lo conseguí. Hice que lo prendiesen y lo confinasen en el Quersoneso, donde murió de hambre. ¡Y me acusaron de no haberle enviado un buen cocinero!
»Mi buen armenio, ¡vaya vida de perro la de un emperador! Estoy cansado, odio a esta gente y soy bien correspondido. Los árabes me dan miedo, también es cierto. Por eso ha llegado la hora de abandonar Oriente. Vamos, Aser, vamos a devolver la capital a su lugar. Vamos a restaurar el gran imperio de Occidente. Necesitamos sangre joven, gente capaz. Sobre todo, hombres que no tengan muchas simpatías por los monjes y los curas. ¡Hombres como nosotros!

Aquel día Aser se encontraba en Acque Salvie para rezar en el lugar donde san Pablo fue martirizado. Se detuvo a charlar un rato con los monjes armenios.

Estaba a punto de terminar el mes de julio de 663. Ya estaban a 22. El calor en Roma era agobiante. Por las cloacas ascendía un hedor horrible. Enormes ratas entraban y salían tranquilamente. En Armenia también hacía calor en verano, pero era seco, muy distinto. El emperador había partido hacia Sicilia por unos pocos días y pronto volverían a encontrarse. Sus esperanzas en Roma habían desaparecido. No había ocurrido nada.
Aser estaba esperando la llegada del docto prelado romano sentado sobre las escaleras de San Pedro Apóstol en Vincoli, en el monte Oppio. Pensaba en el viaje, en la niebla de Bizancio, en Táranto, donde habían desembarcado. Después vino el asedio de Benevento. Y allí ocurrió algo que le estremeció.
Mientras era sitiada la ciudad, Constante II, al aproximarse el rey Grimaldo, había enviado una embajada a las filas enemigas para establecer un acuerdo con el duque Romualdo. Aser formaba parte de la legación imperial. Mientras los legados bizantinos discutían, se fijó en la mirada del hombre sentado al lado del duque, el conde Trasmondo de Capua.

Jamás había visto unos ojos como aquéllos: verdes, fríos, inhumanos. Ojos que sostenían la mirada sin apenas moverse. Ni siquiera se ocultaban tras los párpados. Sus labios eran finos, secos. Sintió que lo invadía un malestar desconocido: intentó mantener la mirada, pero no lo consiguió.


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