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Contradicción 2. El valor social del trabajo y su representación mediante el dinero

Publicado el 17 de diciembre de 2021, 23:20

Cuando la mercancía-dinero es representada por números, se introduce en el sistema monetario una paradoja seria y potencialmente engañosa.
Mientras que el oro y la plata son relativamente escasos y de oferta constante, la representación del dinero por números permite que la cantidad disponible se expanda sin ningún límite técnico. Hemos visto así en estos últimos años a la Reserva Federal sacarse del sombrero billones de dólares para introducirlos en la economía mediante tácticas como la llamada «flexibilización cuantitativa» [quantitative easing]. Parece no haber límites a esas posibilidades aparte de las impuestas por las decisiones y regulaciones estatales. Cuando en la década de 1970 se abandonó la base metálica del dinero global, entramos de hecho en un mundo en el que se puede crear y acumular dinero prácticamente sin límites. Además, el auge de monedas de cuenta y lo que es aún más importante del dinero crediticio (empezando por el simple uso de pagarés) pone en buena medida la creación de dinero en manos individuales y de los bancos arrebatándosela a las instituciones estatales, lo que suscitó intervenciones e imposiciones reguladoras por parte del aparato estatal en lo que a menudo no han sido sino intentos desesperados de gestionar el sistema monetario. Episodios asombrosos y legendarios de inflación, como el que tuvo lugar en la República de Weimar alemana en la década de 1920, han puesto de relieve el papel clave del Estado en relación con la confianza en las cualidades y significado del papel dinero que emite. Retomaremos este asunto en relación con la tercera contradicción fundamental.

Todas esas peculariedades surgen en parte porque las tres funciones básicas del dinero tienen exigencias muy diferentes en cuanto a su realización efectiva. El dinero-mercancía es bueno como depósito de valor pero disfuncional cuando se trata de hacer circular las mercancías en el mercado. Las monedas y el papel moneda son muy buenos como medios de pago pero menos seguros como depósitos de valor a largo plazo. El dinero fiduciario de circulación obligada emitido por el Estado (obligada porque los impuestos deben pagarse en esa moneda) están sometidos a los caprichos políticos de las autoridades emisoras (por ejemplo, las deudas se pueden desinflar simplemente imprimiendo dinero). Esas distintas funciones no son totalmente coherentes entre sí, pero tampoco son independientes. Si el dinero no sirviera como almacén de valor más que de forma efímera, sería inútil como medio de circulación. Por otro lado, si sólo pretendemos que el dinero sea un medio de circulación, entonces el dinero falso puede servir tan bien como el «real» de una moneda de plata. Por eso el oro y la plata, muy buenos como medida y depósito de valor, necesitan a su vez una representación en forma de billetes y títulos de crédito para que la circulación de las mercancías sea fluida. ¡Así acabamos con representaciones de representaciones del trabajo social como base de la forma dinero! Se da ahí, por decirlo así, un doble fetiche (un doble conjunto de máscaras tras las que se oculta la socialidad del trabajo humano).

Con la ayuda del dinero, a las mercancías se les puede poner una etiqueta para llevarlas al mercado con un precio de venta, precio que puede ser o no realizado según las condiciones de oferta y demanda. Pero ese etiquetado lleva consigo otro conjunto de contradicciones. El precio realmente realizado en una venta individual depende de condiciones particulares de oferta y demanda en un lugar y momento particular. No existe una correspondencia inmediata entre el precio singular y la generalidad del valor. Sólo en mercados competitivos con un funcionamiento perfecto podemos prever la convergencia de todos esos precios de mercado singulares efectivamente realizados en torno a un precio medio que representa la generalidad del valor, aunque es precisamente porque los precios pueden divergir por lo que pueden oscilar hasta proporcionar una representación más firme del valor. Sin embargo, el proceso de mercado ofrece muchas oportunidades y tentaciones para desviar esa convergencia. Cada capitalista ansía poder vender con un precio de monopolio y evitar la competencia. De ahí la notoriedad de las marcas y las prácticas de venta basadas en la promoción de logotipos, que permiten por ejemplo a Nike cargar un precio de monopolio permanentemente mayor que el estándar unificado del valor en la producción de calzado deportivo. Esa divergencia cuantitativa entre precios y valores plantea un problema: los capitalistas responden necesariamente a los precios y no a los valores porque en el mercado ven únicamente precios y no cuentan con un medio directo para estimar los valores. En la medida en que existe una distancia cuantitativa entre precios y valores, los capitalistas se ven obligados a responder a las representaciones engañosas más que a los valores subyacentes.

Además, no hay nada que impida poner esa etiqueta llamada precio a cualquier cosa, ya sea producto del trabajo social o no. Puedo colgar la etiqueta en una parcela de terreno y extraer una renta por su uso. Puedo, como todos esos grupos de presión de la Street K de Washington, comprar legalmente influencia en el Congreso o cruzar la línea para vender con- ciencia, honor y reputación al mejor postor. Entre el precio de mercado y el valor social de una mercancía existe no sólo una divergencia cuantitativa, sino también cualitativa. Puedo hacer una fortuna con el tráfico de mujeres, traficando con drogas o vendiendo armas clandestinamente (tres de los negocios más lucrativos del capitalismo contemporáneo). Y aún peor (¡si es que ello es posible!), puedo usar mi dinero para hacer más dinero, como si fuera capital cuando no lo es. Los signos monetarios divergen de lo que deberían ser según la lógica del trabajo social. Puedo crear vastos depósitos de capital ficticio, esto es, capital dinero dedicado a actividades que no crean ningún valor en absoluto pero que son muy rentables en términos monetarios y de rendimiento de intereses. La deuda pública para organizar y emprender guerras siempre se ha financiado mediante la circulación de capital ficticio: la gente presta al Estado, que se lo devuelve con un interés extraído de los impuestos recaudados aunque se esté destruyendo valor y no creándolo.

Ahí hay pues otra paradoja: el dinero que se supone que representa el valor social del trabajo creativo adopta una forma –capital ficticio– que circula hasta llenar finalmente los bolsillos de financieros y bonistas mediante la extracción de riqueza de todo tipo de actividades no productivas (no productoras de valor). A quien no lo crea le bastará echar una mirada a la reciente historia del mercado de la vivienda para entender exactamente lo que quiero decir. La especulación sobre el valor de la vivienda no es una actividad productiva, pero enormes cantidades de capital ficticio afluyeron al mercado de la vivienda hasta 2007-2008 porque el rendimiento de las inversiones en él era muy alto. El crédito fácil significaba un alza continua del precio de la vivienda y la elevada rotación significaba una plétora de oportunidades para ganar comisiones y honorarios exorbitantes en las transacciones realizadas en ese mercado. Con el empaquetamiento de las hipotecas (una forma de capital ficticio) en collateralized debt obligations [obligaciones de deuda garantizadas], se creó un instrumento de deuda (una forma de capital aún más ficticio) que se podía comercializar en el mundo entero. Esos instrumentos de capital ficticio, muchos de los cuales resultaron no tener valor alguno, y aun así las agencias de calificación certificaban que eran «tan seguros como las casas», fueron vendidos a inversores ingenuos en todo el mundo en un frenesí desbocado cuyos excesos seguimos pagando todavía hoy.

Las contradicciones surgidas de la forma dinero son por tanto múlti-
ples. Las representaciones, como ya hemos observado, falsifican incluso
lo que representan. En el caso del oro y la plata como representaciones
del valor social, se toman las circunstancias particulares para la produc-
ción de esos metales preciosos como medida general del valor coagulado
en todas las mercancías. Se toma en efecto un valor de uso particular (el
oro metálico) y se utiliza para representar el valor de cambio en general.
Por encima de todo, se toma algo que es intrínsecamente social y se
representa de una forma que puede ser apropiada como poder social por
determinadas personas privadas. Esta última contradicción tiene conse-
cuencias muy profundas y en ciertos aspectos devastadoras para las otras
contradicciones del capital.


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