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Contradicción 2. El valor social del trabajo y su representación mediante el dinero

Publicado el 21 de diciembre de 2021, 6:49

Para empezar, el hecho de que el dinero permita que el poder social sea apropiado y exclusivamente utilizado por personas privadas sitúa al dinero en el centro de una amplia variedad de comportamientos humanos nocivos: el ansia y codicia de dinero y del poder que confiere se convierten inevitablemente en características centrales de la estructura política del capitalismo. De ahí todo tipo de comportamientos y creencias fetichistas. El deseo de dinero como forma de poder social lo convierte en un fin en sí mismo que distorsiona la relación entre oferta y demanda del mismo que se necesitaría simplemente para facilitar los intercambios, desmintiendo la supuesta racionalidad del mercado capitalista.
Se puede sin duda debatir si la codicia es una característica intrínseca de los seres humanos o no (Marx, por ejemplo, no creía que fuera así). Pero lo que es sin duda cierto es que el auge de la forma dinero y la posibilidad de su apropiación privada ha creado un espacio para la proliferación de comportamientos humanos nada virtuosos ni nobles. La acumulación de riqueza y poder (acumulaciones que se eliminaban ritualmente en los famosos sistemas potlatch de las sociedades precapitalistas) ha sido no sólo tolerada sino saludada y tratada como objeto de admiración, lo que llevó al economista británico John Maynard Keynes a escribir en 1930, en sus «Posibilidades económicas para nuestros nietos», que:

 

Cuando la acumulación de riqueza no sea ya de gran importancia social, habrá grandes cambios en el código moral. Podremos liberarnos de muchos de los prejuicios seudomorales que nos han atormentado durante doscientos años y por los que hemos exaltado algunas de las cualidades humanas más desagradables, elevándolas a la posición de las más altas virtudes. Podremos atrevernos a atribuir al motivo del dinero su auténtico valor. El amor al dinero como posesión –algo distinto al amor al dinero como medio para el disfrute de las realidades de la vida– será reconocido como lo que es, una morbidez un tanto asquerosa, una de esas propensiones semicriminales y semipatológicas que se abandonan con un estremecimiento a los especialistas en enfermedades mentales. Seremos entonces libres para descartar por fin todo tipo de hábitos sociales y prácticas económicas que afectan a la distribución de riqueza y de recompensas y penalizaciones económicas que ahora mantenemos a cualquier precio, por desagradables e injustas que puedan ser en sí mismas, porque son tremendamente útiles para promover la acumulación de capital 2 .


¿Cual debería ser pues la respuesta crítica a todo esto? En la medida en que la circulación de capital ficticio especulativo conduce inevitablemente a turbulencias que se cobran un elevado tributo de la sociedad capitalista en general (pero sobre todo, del modo más trágico, de las franjas de la población más vulnerables), un ataque directo contra los excesos especulativos y las formas monetarias (en gran medida ficticias) que los han promovido se convierte necesariamente en eje primordial de la lucha política. En la medida en que esas formas especulativas han favorecido los inmensos aumentos en la desigualdad social y la distribución de riqueza y poder, de modo que la oligarquía emergente –el infame 1 por 100, que en realidad es un 0,1 por 100 aún más infame)– controla ahora efectivamente las palancas de toda la riqueza y el poder globales, eso también define obvios frentes de lucha de clases decisivos para el futuro bienestar de la gran mayoría de la humanidad.
Pero ello es únicamente la punta más obvia del iceberg. El dinero es, merece la pena repetirlo, tan inseparable del valor como el valor de cambio lo es del dinero. Los vínculos entre los tres están estrechamente entrelazados. Si el valor de cambio se debilita y en último término desaparece como brújula que guía cómo se producen y distribuyen los valores de uso en la sociedad, desaparecerán igualmente la necesidad de dinero y todas las demás patologías ansiosas asociadas con su uso (como capital) y su posesión (como fuente excelsa de poder social). Aunque el objetivo utópico de un orden social sin valor de cambio y por lo tanto sin dinero requiere una articulación pausada, el paso intermedio del diseño de formas cuasi dinerarias que faciliten el intercambio pero inhiban la acumulación privada de riqueza y poder social es urgente, y además factible en principio. Keynes, en su influyente Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero (1936), por ejemplo, citaba al «extraño e indebidamente olvidado profeta Silvio Gesell», quien hace mucho tiempo propuso la creación de una especie de paradinero que se oxidaría si no era utilizado. La desigualdad fundamental entre mercancías (valores de uso) que se desgastan o se ajan y una forma dinero (valor de cambio) que no lo hace debe rectificarse. «Sólo un dinero que se quede atrasado como un periódico, que se pudra como unas patatas, o que se evapore como el éter, puede superar el test como instrumento de intercambio de las patatas, los periódicos, el hierro o el éter», escribía Gesell 3 . Con el dinero electrónico eso se podría practicar ahora mucho más fácilmente, asignando una fecha límite de caducidad a las cuentas monetarias, de forma que el dinero no utilizado (como los kilómetros no aprovechados de los bonos de líneas aéreas) se desvanezca al cabo de cierto periodo de tiempo. Esto corta el lazo entre el dinero como medio de circulación y el dinero como medida y aún más significativamente como depósito de valor (y por lo tanto como medio primordial de acumulación de riqueza y poder privados).

 

2 John Maynard Keynes, Essays in Persuasion, Nueva York, Classic House Books, 2009, p. 199 [ed. cast.: Ensayos de persuasión, Madrid, Síntesis, 2009].

3 Silvio Gesell, The Natural Economic Order, 1916, http://www.archive.org/details/TheNaturalEconomic Order, p. 121 [ed. cast.: El dinero tal cual es. El orden económico natural, Rota, Hurqualya, 2008]. Para un análisis más profundo de las ideas de Gesell, véase John Maynard Keynes, The General Theory of Employment, Interest, and Money, Nueva York, Harcourt Brace, 1964, p. 363 [ed. cast.: Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, Barcelona, RBA, 2004], y Charles Eisenstein, Sacred Economics. Money, Gift and Society in the Age of Transition, Berkeley (CA), Evolver Editions, 2011.


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