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90-99

Publicado el 18 de diciembre de 2021, 0:29

—¿Qué quieren?
—Traen una autorización especial del patriarca para expurgar nuestra biblioteca y destruir todos los textos que no estén incluidos en la lista confeccionada por Atanasio hace cuatro años. Sostiene que únicamente veintisiete de ellos constituyen el Nuevo Testamento y considera que todos los demás deben ser destruidos. Ésa es la misión de estos enviados.
—¿Han venido a Xenobosquion por alguna razón especial?
Papías se acarició la barba.
—No estoy seguro. Las noticias que tengo son que sus agentes pululan por todos los rincones del patriarcado. Pero sospecho que han venido hasta aquí porque Atanasio sabe lo que pienso y eso le hace sospechar que aquí puede encontrar algunos de los textos que ha decidido exterminar.

—¿Qué criterios ha seguido el patriarca para hacer esa selección? — preguntó Apiano, el más joven de los monjes pero el mejor escriba del cenobio. Su vista todavía no estaba cansada y tenía un pulso extraordinario.
—En la carta con que conmemoró la Pascua de hace cuatro años, se limitó a señalar los veintisiete títulos. A ese número añadió luego otros dos, aunque sin incluirlos en el Nuevo Testamento.
—¿Qué dos?
—La «Didaské» y el llamado «Pastor de Hermas». Afirma que, aunque no pertenecen a la Biblia, pueden ser útiles para preparar el bautismo de los catecúmenos.
—¿Quieres decir que la selección se basa exclusivamente en su opinión?
Papías sopesó cuidadosamente la respuesta que Apiano le reclamaba.
—Supongo que se habrá asesorado, pero es solo una suposición. La carta donde señala los textos seleccionados es muy escueta.
—¡En tal caso se trata de una opinión y, como tal, puede ser rebatida! —exclamó Apiano con la vehemencia de sus pocos años.
—Así es, pero no olvides que se trata del patriarca.
—Su jurisdicción no se extiende más allá de Egipto, de la Tebaida y de Libia. ¿Qué dicen en Constantinopla, en Roma, en Antioquía?
—Hay sitios donde no están de acuerdo con su selección, sobre todo en lo que se refiere al Apocalipsis del apóstol Juan, que muchos rechazan, pero su autoridad es muy grande y sus opiniones se tienen muy en cuenta.
—¿Qué vamos a hacer, entonces? — preguntó Eutiquio.
—Seguir trabajando.
—¡Pero esos emisarios… lo pondrán todo patas arriba! ¡Buscarán hasta debajo de las piedras!
—Imagino que será así. Removerán el cenobio de arriba abajo.
—¿Entonces… esta celda?
—Por eso, precisamente, he venido en medio de la tormenta. Tenéis que abandonarla.
—¡Pero, apa, el trabajo no está terminado!
—Ya lo sé, Apiano. No he dicho que abandonéis el trabajo, sino este lugar, que ya no es seguro.

—¿Adónde iremos? —preguntó Eutiquio.
—Fuera del cenobio.
—¿Fuera del cenobio? —preguntó Apiano sorprendido.
Abandonar el cenobio era algo extraordinario. Únicamente por motivos muy especiales podían salir los monjes, excepto los encargados de pedir limosnas, de aquel recinto aislado del mundo exterior.
—Por lo pronto, recogeréis los textos y todo el material. ¡No debe quedar el menor indicio de vuestra tarea!
—¿Qué haremos con todo eso?

Apiano señaló las mesas donde trabajaban, llenas de hojas de papiro.
—Llevarlo donde os indique.
—¿Fuera del cenobio?
—Por supuesto. Iréis a casa de un amigo, en quien confío como en vosotros. Se llama Setas; hace algún tiempo que hablé con él sobre este asunto, cuando vislumbré lo que podía ocurrir, aunque no pensé que las cosas fuesen a ir tan deprisa, ni que Atanasio se lo tomase con tanto rigor.
—¿Dónde vive ese Setas?
—En un lugar apartado, ésa es otra de las razones por las que pensé en él. Allí podréis seguir vuestro trabajo lejos de miradas indiscretas.
—¡Pero eso significa que habrá que salir del cenobio, no una vez, ni dos!
¡Queda mucho trabajo por hacer!
Papías dedicó a Apiano una sonrisa bondadosa.
—¿Olvidas que soy el apa de este cenobio?
El joven monje se ruborizó avergonzado.
—Pero como no quiero que nadie pueda sospechar de vuestras ausencias, saldréis por turnos, como hermanos limosneros. Una vez a la semana, pero vuestra misión no será pedir limosna, sino continuar este trabajo.

—¿Por turnos? ¿Una vez a la semana? ¡Padre, eso supondría mucho tiempo antes de ver acabada la tarea!
—Sois jóvenes y fuertes. Si el Altísimo no dispone otra cosa, tenéis largos años de vida por delante.
Apiano se mordió la lengua para no formular la pregunta que revoloteaba por su cabeza. Pero su rostro era como un libro abierto.
—Sé lo que estás pensando.
¿Quieres que lo adivine?
El joven se ruborizó de nuevo.
—Que mis días están contados porque soy un anciano.
—¿Cómo puedes decir eso?

—Porque es lo que estabas ,,pensando. Pero no te preocupes. Si eso ocurriera, Setas tiene instrucciones precisas.
—Pero, si te ocurriese algo, nuestras salidas del cenobio…
—Espero que el Altísimo me otorgue el tiempo suficiente para ver culminado el trabajo.


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