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Sábado, 18 de julio Sevilla

Publicado el 18 de diciembre de 2021, 20:42

Dos de la madrugada. Un telegrama cifrado de Madrid anuncia la llegada de tres aviones que repostarán y cargarán bombas en la base aérea de Tablada. La escuadrilla va a bombardear a los rebeldes de África.

Uno de los oficiales de la base, partidario de los rebeldes, el capitán Carlos Martínez Vara del Rey, entretiene la espera en el bar de oficiales. Cuando aterriza el primer avión, un DC-2 civil requisado por la República, y comienza a cargar las bombas, Vara del Rey se acerca en su coche particular, le arrebata el mosquetón a uno de los centinelas y, apoyado en el capó del automóvil, la emprende a tiros con los motores del avión. Los tripulantes desenfundan sus pistolas y repelen la agresión. Vara del Rey, herido, se refugia en el bar de suboficiales. El comandante de la base, Martínez Estévez, lo rescata y lo arresta.

A media mañana, el general Villa Abrile, jefe de la Segunda División con sede en Sevilla, se reúne con sus jefes en el cuartel de la división para discutir los últimos acontecimientos. Villa Abrile se manifiesta leal a la República. Antes, los conspiradores, dirigidos por el comandante José Cuesta Monereo, han introducido al general golpista Queipo de Llano en el cuartel sin que nadie lo advierta, y lo han ocultado en la habitación de soltero del capitán Manuel González Flórez, falangista.

En la reunión, el comandante Cuesta y otros oficiales se insubordinan contra el general Villa Abrile y se manifiestan partidarios de la rebelión militar. Mientras discuten con el general, el capitán González Flórez avisa a Queipo de Llano que es el momento de intervenir. Queipo acude ante Villa Abrile, quien, al verlo, pregunta airado:
—Tú, ¿qué haces aquí?
Queipo, pistola en mano, destituye al general Villa Abrile y a los oficiales fieles al gobierno, decreta la ley marcial y toma el mando de las tropas.
El capitán Alfonso Ortí Meléndez-Valdés, falangista, ocupa la Maestranza de Artillería, donde se almacenan más de veinticinco mil fusiles y decenas de ametralladoras. Cuando los obreros y milicianos de Triana acuden en busca de las armas, los reciben a tiros: once muertos y docenas de heridos.

Por la tarde, las tropas sublevadas se enfrentan a la Guardia de Asalto que custodia el edificio de la Telefónica y el hotel Inglaterra, junto al Gobierno Civil, en el centro de la ciudad. Tras cinco horas de tiroteo, en las que los rebeldes cañonean la Telefónica y el hotel Inglaterra, el gobernador republicano se rinde.

Anochece. Queipo de Llano, ya dueño de la situación, se dirige por radio al pueblo de Sevilla. El general golpista exagera las fuerzas de las que dispone para amedrentar a los miles de milicianos que pululan por los barrios obreros de la capital, mucho pico y pala, muchas barricadas, pero pocos fusiles.
Queipo de Llano telefonea a la base de Tablada e insta a su jefe, Martínez Estévez, a sumarse a la rebelión. El jefe de la base, comprendiendo que Sevilla está en manos de los sublevados, opta por arrestarse él mismo y cede el mando de Tablada a su inmediato inferior, Azaola, que está con los rebeldes.

Al día siguiente comienzan a llegar legionarios de África en el primer puente aéreo de la historia, inaugurado con dos aviones Fokker y un Dornier españoles [5] . No son muchos, pero los suficientes para reducir, en los días que siguen, a los milicianos de Triana y los barrios obreros del norte de la ciudad.

 

En toda España se preguntan: ¿qué hace el gobierno?

El gobierno lleva meses esperando la cuartelada, pero, a pesar de ello, se queda paralizado como el gazapo enfrentado a la fría mirada de la serpiente un segundo antes de que lo engulla.
«El Gobierno, aterrado, gira sobre sí mismo» (Martínez Barrio). Las noticias de las sucesivas sublevaciones de las guarniciones de las provincias caen como mazazos en Madrid.
Años más tarde Azaña recordará: «El Estado se derrumbó el 17 de julio, el ejército desapareció, las armas, o no las había o fueron a donde no deberían estar; la autoridad gubernativa era por todas partes trabada y combatida y desobedecida (…) el que más y el que menos engrasaba el coche para fugarse».
Los sublevados dominan algunas capitales andaluzas (Cádiz, Jerez, Granada, Huelva y Córdoba). Las bases navales de Cádiz y El Ferrol están en manos de los rebeldes, pero Cartagena permanece fiel al gobierno, así como la mayor parte de la escuadra.

Un guardia de la prisión de Alicante observa que el interno José Antonio Primo de Rivera, el líder falangista, ha hecho la maleta y recogido sus papeles.
A media tarde, los representantes de los partidos del Frente Popular se reúnen en un despacho del Ministerio de la Guerra, tomado por oficiales de la UMRA. Se discute la conveniencia de armar a las milicias del pueblo.
El jefe del ejecutivo, Santiago Casares Quiroga, dimite aquella noche. Lo abruma la responsabilidad de no haber tomado medidas más severas para evitar la insurrección. Se une a las tropas que marchan al Alto del León para cortar el paso a los sublevados que previsiblemente marcharán contra Madrid.
Azaña inicia las consultas para formar un nuevo gobierno. Va a ser una noche muy larga. Prieto rechaza el ofrecimiento de Azaña. Su aceptación complicaría la política interna del partido socialista, escindido en dos tendencias.
Azaña encarga al moderado Diego Martínez Barrio la formación de un gobierno centrista que atempere los ánimos de las izquierdas y de las derechas, un gobierno que integre a cuantos partidos respetan la Constitución «desde las derechas republicanas a los comunistas». Con este gobierno ideado para amansar a la derecha, Martínez Barrio se dirige a los sediciosos para que reconsideren su actitud. Telefonea al general Mola.
—General, me han encargado que forme gobierno y he aceptado. Solamente me mueve una consideración: la de evitar los horrores de una guerra civil. Usted, por su historial y por su posición, puede contribuir a esa tarea. (…)
—Con el Frente Popular vigente, con los partidos activos, con las Cortes abiertas, no hay, no puede haber, gobierno alguno capaz de restablecer la paz social, de garantizar el orden público y de reintegrar a España a su tranquilidad —responde el general.
—Con las Cortes abiertas y el funcionamiento normal de todas las instituciones de la República estoy yo dispuesto a conseguir lo que usted cree imposible. Pero el intento necesita de la obediencia de los cuerpos armados (…) espero que en este camino no me falte su concurso.
—No, no es posible, señor Martínez Barrio.
—¿Mide usted bien la responsabilidad que contrae?

—Sí, pero ya no me puedo volver atrás (…) es tarde, muy tarde.
—No insisto más. Lamento su conducta que tantos males acarrea a la patria y tan pocos laureles a su fama.
—¡Qué le vamos a hacer! Es tarde, muy tarde…
Y cuelgan.
Martínez Barrio telefonea a Largo Caballero, que le manifiesta también que ya es tarde para componendas. Ha llegado el momento de dirimir las diferencias por las armas.
El general Cabanellas, al que Martínez Barrio ruega que no se una a los sublevados, le responde: «No hay nada que hacer».

Mientras tanto se producen manifestaciones callejeras contra el gobierno propuesto por Martínez Barrio, al que motejan de «traidor, vendido y fascista enmascarado».  Martínez Barrio, desolado, dimite. Azaña, después de una noche de intensas consultas y componendas, nombra nuevo jefe de gobierno a su amigo y correligionario José Giral, prestigioso químico que ha sido diputado y ministro de Marina.
Bernardo Afán Martínez, escribiente del Ministerio de la Guerra y socialista, mecanografía un decreto en su máquina Underwood, grande, negra y brillante.

En medio del texto se queda parado. Llama a su primo Anselmo, que es ujier, y le lee:
—«Quedan licenciadas las tropas cuyos cuadros de mando se han colocado frente a la legalidad republicana».
Bernardo observa:
—Eso equivale a liquidar al ejército. ¿Quién defenderá a la República?
—¡Nosotros, los republicanos, echándole cojones! —asevera el primo.
Bernardo mira con aprensión la alta puerta del despacho presidencial tras la que se cuece el futuro.

La situación se le ha escapado de las manos al gobierno. Una rebelión militar requiere una solución militar, pero el gobierno no se fía de la parte del ejército que permanece fiel. ¿Fiel por cuánto tiempo? Disuelve las unidades en las que algún oficial se haya puesto de parte de los rebeldes, que son casi todas, y reparte armas al pueblo para que forme sus propias milicias y defienda el orden constitucional.
El gobierno confía la defensa del orden constitucional a las milicias sindicales e izquierdistas. Sólo en Madrid setenta y dos mil fusiles van a parar a las manos del pueblo, sin control del gobierno. Además de milicianos idealistas, comprometidos en la construcción de una sociedad más justa, se arman delincuentes y marginados sociales a los que sólo mueve el afán de venganza y la codicia de los bienes de los ricos. De pronto, miles de milicianos exaltados, sin formación militar, tienen a su disposición los medios para dirimir a lo vivo la lucha de clases.
Giral no sólo fía en el heroísmo del pueblo en armas. La misma noche del 19 de julio envía un telegrama a Léon Blum, presidente francés:

Hemos sido sorprendidos por un golpe militar peligroso. Os pedimos que nos ayudéis con armas y aviones.

Fraternalmente vuestro,

GIRAL

 

[5] En realidad, el primer puente aéreo lo habían iniciado los ingleses unos años antes en sus guerras coloniales.


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