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201-210

Publicado el 19 de diciembre de 2021, 6:28

Finalmente, aunque se sabe de su participación en las juntas o consejillos que decidían quiénes debían morir, solo en contadas ocasiones disponemos de testimonios escritos sobre la implicación de los párrocos en estas tareas. Este es el caso de Tocina (Sevilla), donde el comandante militar Juan Herráiz recibía el entusiasta apoyo de una «junta»:

 

Este sacerdote [se refiere al párroco Manuel Vaquero] era el Presidente de una junta compuesta por varios caciques del pueblo que tenían la misión de reunirse cuando les parecía para acordar entre ellos quiénes serían las personas que había que detener y cuáles serían fusiladas. Esta gentuza tenía su punto de reunión en la casa de Daniel Naranjo, donde hacían la lista de las personas, que era entregada al jefe de la cuadrilla de asesinos y este criminal con su grupo terminaba este sucio y macabro trabajo. Esta Junta de asesinos de la que era Presidente el Cura del pueblo mató a mucha gente. Hacían su tarea a la sombra de una sotana y un crucifijo [79] .

 

En un pueblo como El Madroño (Sevilla), con poco más de mil habitantes, la represión se llevó por delante a más de cincuenta vecinos. En este caso sabemos por boca de su comandante militar Francisco Pérez García quiénes eran los cinco vecinos que componían la «comisión» auxiliadora que le pasaba los informes sobre los que deberían ser represaliados. Este selecto grupo estaba formado por el alcalde de la gestora Francisco Delgado Alonso, el cabo de la Guardia Civil Alfonso Fernández Fuentes, el jefe de Falange Francisco Rubiano, el cura Manuel Santos Román, natural de Salteras (Sevilla), y el padre de este. Otro guardia civil que también fue comandante militar, el cabo Luis Caballero, señaló que a él los informes también le llegaban del alcalde Delgado, del falangista Rubiano y del cura. Este no ocultó el odio que profesaba a José Román Esteban, líder socialista del pueblo, que había sido persona religiosa anteriormente y que, además, estaba casado con una sobrina suya. Román Esteban pudo huir en los primeros momentos y refugiarse en la sierra salvándose de una muerte segura, pero semanas después fue detenido y entonces llegó la ocasión para que el cura manifestara abiertamente su deseo de acabar con él. Cuando fue a declarar ante el juez militar en el consejo de guerra sumarísimo, el párroco dijo que los informes que poseía eran «dignos del mejor crédito por proceder de honrados vecinos de este pueblo», tras lo cual pidió abiertamente la cabeza del dirigente socialista:

 

… huelga manifestar los motivos en que se fundamenta la conveniencia, no sólo de su detención, sino también de la aplicación del Bando de Guerra, pues así lo reclama el bien de la Patria y de este pueblo que pide justicia inexorable.

 

Y aunque ya en esas fechas se había efectuado una gran matanza en el pueblo, el cura no cesaba en su fanatismo acusador, de hecho en su declaración ante el juez militar denunció a unos veinticinco vecinos más porque

 

todos los citados son sujetos peligrosísimos, por sus perversos instintos y conducta execrable en todos los órdenes.

 

José Román Esteban fue condenado a muerte y ejecutado a garrote vil el 9 de marzo de 1938, saciando así los deseos del cura Manuel Santos. Otros vecinos como Salvador Domínguez, Pablo Delgado y Juan López, fueron también asesinados aquel mismo día. Quince más fueron condenados a cadena perpetua. Todo eso en un pueblo donde los derechistas más destacados estuvieron detenidos una sola noche y donde el propio Román Esteban y otros dirigentes de los trabajadores impidieron que se atentase contra la vida de nadie [80] .

 

Manuel Santos Román, a la
izquierda, con el obispo García
Lahiguera.

 

En realidad estas actitudes no resultaban extrañas para casi nadie ni constituían sorpresa alguna para la izquierda, plenamente consciente de que la parte más recalcitrante de la reacción española estuvo casi siempre formada por la Iglesia, que en todo momento y de forma beligerante buscó la eliminación de sus adversarios. Recordemos, finalmente [81] , otro caso más, el del cura de La Campana (Sevilla), Juan de Dios Bazán, preso por orden del Comité y liberado al cabo de cinco días sano y salvo. Cuando llegó al pueblo la «fuerza libertadora» formada por la banda de Ramón de Carranza, en represalia por la muerte de catorce derechistas a manos de un grupo de fanáticos, llevaron a cabo en el centro del pueblo una de las matanzas más espantosas que se dieron en toda la provincia. Después del asesinato de más de cien personas y ya con «el enemigo» barrido, el cura, que no estaba para gestos cristianos, quiso exteriorizar su alegría y sacó de un zapato quinientas pesetas que llevaba escondidas y que entregó a la soldadesca diciéndole:

 

De todo corazón os lo ofrezco por valientes y por patriotas, para que os lo gastéis en lo que queráis [82] .

 

Una imagen final servirá para fijar la Nueva España zafia y cuartelera que el fascismo trajo:

 

 

Fuentes de Andalucía. Desfile y procesión de la Victoria. A la izquierda el cura Cipriano Vallejo y siguiendo la fila delantera Luis Conde Herce (tercero), presidente de la gestora, y el capitán Juan León (cuarto).

 

[79] Arias Godoy, Miguel, «La matanza de mi pueblo» (pudimos acceder a estas memorias inéditas gracias a la familia del autor y a la mediación de Ángel Navia Pajuelo).

[80] ATMTSS, sum. 65/1937, leg. 8-124 y Diligencias Previas 1161/38, leg. 173-7392. Este caso también aparece citado en García Márquez, J. M., La UGT de Sevilla, golpe militar, resistencia y represión, 1936-1950, Fudepa, Córdoba, pp. 43-44.

[81] Hay un libro curioso que debe ser mencionado. Su autor fue el practicante Antonio García Gallego, natural de El Arahal, quien recorrió varios pueblos de Sevilla y Cádiz escuchando directamente de muchos vecinos testimonios sobre los sucesos del terrible verano de 1936. De aquellos viajes nos dejó uno de los primeros libros que aparecieron tras la muerte de Franco dando cuenta de todo tipo de matanzas y crímenes. Por si acaso, el autor disimuló el contenido metiéndolo entre unas páginas iniciales y finales en las que contaba una especie de cuento. Casi siempre, a petición de los propios interlocutores, evitó los nombres de los protagonistas de las historias. Sirva de muestra la historia de Don Andrés, cura de una localidad de la sierra de Cádiz. Volvió al pueblo un sábado de septiembre de 1936 en una camioneta en la que por cierto le acompañaban cálices, cuadros y una imagen de la virgen, en definitiva lo que faltaba en la iglesia, quemada poco antes. Ordenó al alguacil que fuera por las casas de los vecinos a decirles que se presentaran en la iglesia para la misa de las diez de la mañana. Era su forma de contestar a la etapa anterior al golpe, cuando fue testigo de cómo la iglesia se vaciaba de practicantes año tras año hasta quedar reducida la feligresía a su más mínima expresión. Entonces, cuando por fin, los tuvo allí reunidos y arrodillados, lanzó su sermón como un trueno: «¡Rojos! ¡Canallas! ¡Ateos! ¡Camarilla de asesinos! ¡Ahí estáis, sobre las cenizas que vosotros mismos habéis hecho! ¡Ahí vais a pagar las culpas hasta que reventéis!». Observó, no obstante, que un tal Rubiales, conocido republicano y laico del pueblo, no había acudido a la misa, de modo que, concluida esta, se dirigió a su casa y allí, con el tono más autoritario que pudo, le espetó: «¡Ahora mismo me vas a decir por qué no has ido a misa esta mañana!». Lo que el cura no esperaba era que Rubiales se levantara de un salto, lo agarrara por el pecho y le dijera: «¡Porque no me dio la gana! ¿Qué pasa?», añadiendo que no le retorcía el cuello «porque me repugnan los cuervos asquerosos». Cuando el cura le dijo que si se atrevía a ponerle las manos encima a un ministro de Dios lo pagaría en el infierno, Rubiales le respondió: «¡Allí nos veremos, so farsante!», saliendo apresuradamente el cura para casa del alcalde. Cuando fueron a buscar a Rubiales para «hacerle una pregunta» había huido poco antes hacia Málaga (García Gallego, Antonio, El hombre del saco, edición del autor, Sevilla, 1978, pp. 111-117).

[82] La Unión, 8 de agosto de 1936.


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