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Un país poblado de curas fascistas (211-221)

Publicado el 23 de diciembre de 2021, 17:36

Yo era una maestra más destinada en Jaca. Era una chica joven. Me juntaba y me divertía con mi gente. A la «carcundia» no la conocía. Como dicen los jóvenes ahora: «Pasaba de ella». En la cárcel empecé  oír hablar bajito de ellos. Por allí solamente pasaban Hermenegildo de Fustiñana y el forense [Luis Armand]. Aunque no se lo crea yo les vi la cara por primera vez a los asesinos en misa, en Semana Santa. Recuerdo lo trajeados que iban; parecían gente honrada. El silencio era sepulcral, yo estaba aterrorizada. También comulgué… No existía la Justicia. Nuestras vidas dependían de ellos. Ellos eran la ley.

Testimonio de PILAR PONZÁN [83]

 

SIN TRATAR DE SER EXHAUSTIVO, este apartado pretende ofrecer unas
pinceladas en prueba de que la implicación de los curas en la represión no fue en modo alguno un hecho excepcional o aislado, sino norma que cabe extender hasta allí donde el golpe militar se impuso en poco tiempo. La investigación ha probado que la memoria de la gente no ha olvidado a aquellos curas que con el dedo, con la pluma o con la pistola señalaron a quienes debían desaparecer o a quienes, simplemente, debían ser depurados y alejados de sus profesiones.
Navarra 1936. De la esperanza al terror, obra colectiva realizada por la Asociación de Familiares de Asesinados Navarros (AFAN) y que vio la luz en 1986, fue uno de los trabajos pioneros en el estudio de la represión. La investigación en detalle localidad por localidad permitió ofrecer una muestra amplia de los curas navarros del 36, muchos de ellos militantes carlistas, en una región donde la represión franquista, la única existente, fue muy dura y acabó con más de tres mil personas. El libro está poblado de historias de curas y de su activa participación en aquella matanza. Javier Ugarte Tellería también describe minuciosamente en La nueva Covadonga insurgente la aportación de los párrocos rurales, movilizados en tareas de reclutamiento y represión. Por otra parte, en el caso navarro también contamos con las conocidas Memorias de la conspiración de Antonio de Lizarza, tan rica en detalles e incluso en nombres de sacerdotes implicados en la trama conspirativa, y con el impresionante testimonio del cura de Alsasua, Marino Ayerra Redín, Malditos seáis. No me avergoncé del evangelio, objeto de especial atención por parte de Julián Casanova en La Iglesia de Franco [84] . A estas obras hay que añadir el reciente trabajo, ya citado, de Javier Dronda Con Cristo o contra Cristo. Religión y movilización antirrepublicana en Navarra (1931-1936), en el que se nos dice que

 

En general, los casos de apoyo del clero a la represión se dan en las zonas más conflictivas de la Rivera y la Zona Media oriental, en pueblos que se habían destacado en los años anteriores por una conflictividad a menudo relacionada con la cuestión religiosa. Mientras que en las zonas más tranquilas del norte hubo frecuentes intervenciones del clero y las autoridades locales para impedir que grupos de fuera se llevasen a los escasos izquierdistas del lugar, muchos de los cuales consiguieron escapar a Gipuzkoa o a Francia.

 

Según nos cuenta Dronda, Antonio Ona, párroco de Olite y futuro obispo de Mondoñedo, se negó a interceder por aquellos de sus vecinos que iban a ser asesinados, alegando que eran preferible que murieran confesados a que volvieran a las andadas; Francisco Ancín, párroco de Sartaguda, llegó a participar en batidas antes de partir al frente; Santos Beguiristain, párroco de Azagra, proclamó que había el momento de apartar la paja del grano; Francisco Asenjo, párroco de Yesa, participó en la elaboración de listas de ejecutados y amenazaba con la muerte a los que no fueran a misa. Entre los curas que encabezaban el Tercio de Abárzuza se encontraba José Ulibarri, párroco de Úgar, y Mónico Azpilicueta, párroco de Lezáun. En sentido contrario se menciona a Eladio Celaya, párroco de Caseda, asesinado según parece en las Bardenas; Victoriano Aranguren, párroco de Milagro, muerto en octubre del 36 en circunstancias extrañas; Francisco Argaya, párroco de Carcastillo y futuro obispo de San Sebastián, e Isidoro Aoiz, coadjutor de Sangüesa, que visitó a las viudas hasta que se lo prohibieron [85] .

En esta misma línea, una obra igualmente muy rica en información sobre el papel del clero en aquellos días es Aquí nunca pasó nada. La Rioja 1936, de Jesús Vicente Aguirre González [86] . La relación de curas fascistas es extensa: Cesáreo Artigas y Antonio Latorre, curas de Alfaro, al último de los cuales se le recuerda con una pistola pequeña de cachas blancas; Efrén Merino, el párroco de Anguiano, de familia carlista, quien decía sobre los asesinados: «Ya no nos van a dar ninguna guerra, esos ya están a dos metros bajo tierra»; Germán Chicote Herce, el cura de Badarán, «la sotana encima de los hombros y por debajo la camisa de falange y pantalón de polainas de militar, con pistola y balas alrededor de la cintura…», de quien se comentaba que decía públicamente que «a los detenidos, primero había que sacarles el dinero»; Francisco Lajusticia Almau, párroco de Calahorra, con uniforme falangista y pistola al cinto, uno de los promotores de la represión en dicho pueblo; Florentino Rodríguez Escolar, cura de Haro, del que se recuerda que de noche usaba «uniforme con pistolón»; Enrique Calleja Teruel, de «actuación nefasta en contra de los ejecutados»; Francisco González Sánchez, cura de Préjano, quien dijo a alguien que solicitó su ayuda: «Si ha sido malo, que pague; y si ha sido bueno, Dios lo tomará en su conciencia»; Higinio Arpón «El Guindilla», párroco de Quel, que «hizo causa común con los falangistas»; otro cura con uniforme falangista y actividades nocturnas fue Jesús Zamora Mendoza, de Rincón de Soto; Luis Ciordia Soria, cura de San Asensio, volcado en la represión y partidario de apropiarse de los bienes de las víctimas; Salvador Navarro Uruñuela, párroco de San Vicente de la Sonsierra, que entregó a la Guardia Civil a un muchacho que solicitó su ayuda; Eugenio Ortúzar Tobías «El Bisojo», de Torrecilla de Cameros, que colaboró cuanto pudo con los represores; Jerónimo Cordón Palacios, de Villamediana de Iregua, al que vieron escopeta en mano…

[83] Recogido por Esteban C. Gómez en El eco de las descargas, El Autor, Barcelona, 2002, p. 336

[84] El libro de Ugarte vio la luz en Biblioteca Nueva en 1998. La última edición, que sepamos, del libro de Lizarza fue de Dyrsa (Madrid, 1986) y la de Ayerra de Mintzoa (Pamplona, 2002). En la vida de Ayerra se inspira el filme La buena nueva (2008), de la directora Helena Taberna, emparentada con el cura.

[85] Dronda, J., Con Cristo o contra Cristo. Religión y movilización antirrepublicana en Navarra (1931-1936), Txalaparta, Estella, 2013, pp. 384-389.

[86] Aguirre, J. V., Aquí nunca pasó nada. La Rioja, 1936, Ed. Ochoa, Logroño, 2007.


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