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CAPÍTULO VI (160-170)

Publicado el 19 de diciembre de 2021, 22:39

Las tres mujeres y Jesús iban sentadas en el carro. María delante, al lado de su hijo, y las dos jóvenes detrás, entre los bártulos amontonados que trataban de asegurar con los brazos en los momentos peores del trayecto. Judas, caminando al lado del vehículo, tiraba del freno para impedir que el descenso le imprimiera una excesiva velocidad. Detrás iba Simón, mientras que Santiago se había quedado en Gamala: se trasladaría con la familia, que estaba creciendo, a la casa de la madre, y dado que todos los hermanos habían aprendido el oficio de carpintero se ocuparía asimismo del taller. Vendería su casa y mandaría el dinero a José, que se encargaría de comprar una casa en Cafarnaún para la madre y las hermanas. Naturalmente, el dinero que se sacara de la venta en la aldea de la montaña no alcanzaría para comprar otra en aquella ciudad convertida en el centro administrativo de Galilea de las Gentes judíos, pero también fenicios, árabes, asirios e incluso griegos, con una gran guarnición romana al mando de un centurión, pero tampoco iban a necesitar tanto espacio, porque estaba ya claro para todos que Jesús se iría y que probablemente Simón y Judas le seguirían.

No sería, sin embargo, en esta ocasión. Llegaron cuando ya oscurecía, y, tras una noche de descanso en casa de José, fue únicamente Jesús quien se cubrió la cabeza con el pañuelo blanco, se echó la capa sobre el hombro izquierdo de la túnica sin mangas y se puso en camino, marcando el paso con el largo cayado de caminante. Tenía el andar acompasado de las personas acostumbradas a recorrer a pie largas distancias, de modo que a un observador inexperto le habría parecido lento, aunque era capaz de recorrer casi veinte estadios por hora durante muchas horas seguidas.
Bordeó así la orilla occidental del lago, a la que llegaban los campos bien cultivados por los campesinos de Galilea, y cuando comenzó a sentir hambre había pasado ya Betsaida y Magdala, y tenía a la vista la gran villa de Tiberíades. Los edificios aún novísimos de la ciudad que Herodes Antipas, siguiendo los pasos de su padre, había fundado pocos años antes y en la que le gustaba residir, brillaban bajo el sol en su cenit. Grupos de albañiles, charlando y riendo, se refugiaban en la sombra de las palmeras o de los edificios en construcción para tomar la comida de mediodía, pero la actividad y el tráfico de los carros colmados de materiales se veía tan solo demorada.

Jesús dejó a un lado los blancos edificios helenísticos y siguió la orilla hasta el puerto, que en esos momentos era solo un discreto muelle, se acercó a un grupo de pescadores y barqueros, y, tras sacar de la alforja un poco de pan y queso, se paró a comer y a charlar con ellos. Hablaron de la vida, que se hacía cada vez más cara, de los tributos de los romanos, que eran cada vez más exorbitantes, del precio cada vez más alto que los saduceos exigían por los corderos y las tórtolas que se vendían en el Templo. Uno de ellos cantó una cancioncilla que le había enseñado un primo suyo residente en Jerusalén, en la que se hacía burla de la mala vida de los poderosos:

 

¡Ah! ¡La casa de Anás!

¡Ah! ¡Sus denuncias!

¡Ellos son los sumos sacerdotes,

tesoreros son sus hijos,

y administradores sus yernos,

y sus siervos quienes apalean al pueblo!

 

Rieron todos, un tanto amargamente, luego se levantaron y se desearon paz. Uno de ellos, tras saber que Jesús se dirigía al sur, le ofreció llevarlo un trecho en su barca. Soltaron juntos las amarras y Jesús saltó al bote con cierta torpeza, de modo que se mojó la túnica hasta casi el vientre. Rieron e izaron la vela, y navegaron tranquilamente por las aguas claras y transparentes del lago comentando el estado de los campos a lo largo de las orillas y el tráfico de barcas y de personas, que iba en aumento cada día.
Recogieron la vela cuando apenas si habían pasado el punto en que el lago se cierra y renace el Jordán, y el barquero se quejó del dolor en el hombro que aquel movimiento siempre le producía; entonces Jesús le pidió que se sentara y con la yema de los dedos exploró la parte dolorida hasta encontrar una especie de nudo que formaban los músculos debajo de la piel. Cerró allí las manos, apretando ligeramente, y el hombre se quejó porque sentía un gran calor.
—No te muevas —le dijo Jesús—, será solo un instante —y en seguida se disolvió el nudo y el barquero soltó un grito más de sorpresa que de dolor, para quedarse a continuación inmóvil deleitándose en el masaje y en aquel calor que seguía emanando de las manos del otro.
—¿Dónde aprendiste a hacer eso? —preguntó finalmente tras haber dado las gracias a su curandero, y Jesús hizo un gesto que indicaba algún lugar aguas abajo del Jordán.
—Ah, sí, ya, los esenios —dijo el barquero, y el otro asintió.

Amarraron la barca y se desearon la paz, luego Jesús reanudó su peculiar forma de andar rápida y tranquila a la vez, siguiendo la orilla izquierda del río y adentrándose en la meseta ondulada de Perea. Cuando comenzó a hacerse oscuro, y estaba ya a la vista de las fortificaciones de las que Pompeyo Magno había dotado a Pella al reconstruirla sobre las ruinas dejadas por Alejandro Janneo, se alejó de la orilla y se dirigió hacia unos montículos a unos cinco o seis estadios de distancia, en los que su ojo experto había distinguido la abertura de una cueva que podría servirle de abrigo para pasar la noche.

La encontró habitada, como a menudo sucedía, por un grupo de rebeldes, que habían preferido la huida a una condena segura y eran probablemente perseguidos por una recompensa. El que estaba de centinela le permitió acercarse, le preguntó el nombre y lo llevó a la cueva donde una docena de personas estaban preparando una frugal colación. Le hicieron un par de preguntas y le invitaron a compartir la cena, a la que Jesús contribuyó con todo el queso que le quedaba. El que parecía el jefe comía en silencio, pero a la luz rojiza de la llama miraba con fijeza al recién llegado. Por fin, dijo:
—Se habla mucho de ti, Jesús el Nazareo.
El otro sonrió, porque había reconocido a su interlocutor:
—Y aún más de ti, Jesús Bar-Abba —repuso.
El jefe guerrillero no le dejó cambiar de conversación:
—Menajén, hijo de Judas, dice que te has hecho amigo de los romanos, nuestros enemigos.
Jesús hizo entonces un gesto de reprobación con la cabeza.
—Yo no quiero considerar enemigo ya a nadie, Bar-Abba, eso es todo. Si te parece bien, pasaré la noche en esta cueva y luego nos despediremos deseándonos la paz. En cambio, si crees que esto nos sitúa en bandos contrarios, me iré en busca de otro refugio o dormiré al raso.


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