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Publicado el 23 de diciembre de 2021, 0:24

En este sentido me gustaría debatir con ustedes los requisitos esenciales reprimidos de cambio cualitativo, digo «cambio cualitativo» y no digo «revolución» intencionalmente, pues conocemos un sin número de revoluciones en las cuales la continuidad de la represión fue mantenida, revoluciones que sustituían un sistema de dominación por otro. Debemos volvernos conscientes de las características esencialmente nuevas que distinguen a una sociedad libre de una negación definida de las sociedades constituidas, y debemos comenzar formulando tales características, por más metafísicas, por más utópicas que sean, e inclusive diría, por más ridículas que les puedan resultar a personas normales de todos los ámbitos, tanto de la derecha como de la izquierda.

¿Cuál es la dialéctica de la liberación que aquí nos interesa? Es la construcción de una sociedad libre, una construcción que en primer término depende del predominio de la necesidad vital de abolir los sistemas constituidos de servidumbre y, en segundo término, y esto es decisivo, depende del compromiso vital de la lucha tanto consciente como subconsciente e inconsciente por los valores cualitativamente diferentes de una existencia humana libre. Sin la aparición de estas nuevas necesidades y satisfacciones de hombres libres, todos los cambios en las instituciones sociales —por mayores que sean— apenas implicarán la sustitución de un sistema de servidumbre por otro. La aparición de estas nuevas necesidades y satisfacciones tampoco puede —y me gustaría destacarlo— ser considerada como un simple subproducto, el simple resultado de instituciones sociales modificadas. Lo vemos, se trata de un asunto de experiencia. El desarrollo de las nuevas instituciones debe ser realizado ya y llevado a cabo por hombres que tengan las nuevas necesidades. Ésta, de otro modo, es la idea básica subyacente en el propio concepto de Marx sobre el proletariado como agente histórico de la revolución. Vio al proletariado industrial como agente histórico de la revolución no sólo porque éste era la clase básica en el proceso material de producción, no sólo porque en esa época era la mayoría de la población, sino también porque esta clase estaba «libre» de las necesidades represoras y competitivas de la sociedad capitalista y, por ello, al menos era potencialmente portadora de necesidades, metas y satisfacciones esencialmente nuevas.
También podemos formular esta dialéctica de la liberación de un modo más tosco, como un círculo vicioso. La transición de la servidumbre voluntaria, tal como existe en grado elevado en la sociedad opulenta, hacia la libertad, presupone la abolición de las instituciones y mecanismos de represión. Y la abolición de las instituciones y mecanismos de represión ya dan por sobreentendida la liberación de la servidumbre, el predominio de la necesidad de liberación. En lo que se refiere a la necesidad, hallo que debemos establecer una diferencia entre la necesidad de cambiar las condiciones intolerables de existencia y la necesidad de cambiar la sociedad como un todo. Ambas no son, de modo alguno, idénticas. No se hallan, de manera alguna, en armonía. Si la necesidad es modificar las condiciones intolerables de existencia con por lo menos una probabilidad razonable de que eso pueda ser realizado dentro de la sociedad constituida, con el crecimiento y el progreso de esa sociedad, entonces ése es apenas un cambio cuantitativo y un mero cambio del propio sistema como un todo.
Me gustaría destacar que la diferencia entre cambio cuantitativo y cualitativo no es idéntica a la diferencia entre reforma y revolución. El cambio cuantitativo puede significar y puede conducir a la revolución. Quiero decir que la conjunción de ambos es revolución en el sentido esencial del salto desde la prehistoria hacia la historia del hombre. En otras palabras, el problema con el cual nos encaramos es el punto en que la cantidad puede transformarse en calidad, el punto en que el cambio cuantitativo en las condiciones y las instituciones puede llegar a ser un cambio cualitativo que afecte a toda la existencia humana.
Actualmente, los dos factores potenciales de revolución que acabo de mencionar están separados. El primero predomina en los países subdesarrollados donde el cambio cuantitativo —o sea, la creación de condiciones de existencia— es en sí un cambio cualitativo, pero aún no llega a ser libertad. El segundo factor potencial de revolución —los requisitos esenciales para la liberación— existe potencialmente en los países industriales avanzados, pero es frenado y pervertido por la organización capitalista de la sociedad.
Encuentro que nos enfrentamos con una situación en la cual esa sociedad capitalista avanzada ha alcanzado el punto donde el cambio cuantitativo puede ser, técnicamente, transformado en cambio cualitativo, en auténtica liberación. Y es precisamente contra esa posibilidad verdaderamente fatal para sí que la sociedad opulenta, el capitalismo avanzado, se moviliza y organiza en todos los frentes tanto dentro del país como en el exterior.

Antes de continuar, permítanme dar una definición escueta de lo que entiendo por sociedad opulenta. La sociedad norteamericana de hoy es, naturalmente, un modelo. Aunque en los Estados Unidos se trate sólo de una tendencia, todavía no convertida del todo en realidad. Es, en primer lugar, una sociedad capitalista. Parece ser necesario que recordemos esto porque existen algunas personas —incluso en la izquierda— que creen que la sociedad norteamericana ya no es más una sociedad de clases. Les aseguro que lo es. Se trata de una sociedad capitalista con elevada concentración de poder económico y político; dotada de un enorme sector de automatización y coordinación de la producción, distribución y comunicación en escala creciente: y con propiedad privada de los medios de producción que, todavía, dependen cada vez más de la intervención siempre más activa y amplia del Gobierno. Es una sociedad en la cual, como ya he dicho, tanto las necesidades materiales como culturales de la población subyacente son satisfechas en una escala mayor que nunca antes. Pero son satisfechas de acuerdo a las exigencias y a los intereses del aparato y de los poderes que lo controlan. Es una sociedad que crece con la condición del desperdicio acelerado, del envejecimiento y destrucción de fábricas, mientras el estrato inferior de la población sigue viviendo en la pobreza y la miseria.
Creo que estos factores se encuentran internamente interrelacionados, que constituyen un síntoma de capitalismo tardío; es decir, la unidad aparentemente inseparable — inseparable para el sistema— de productividad y destrucción, de satisfacción de las necesidades y represión de libertad dentro de un sistema de servidumbre. O sea, el sometimiento del hombre por el aparato y la unidad inseparable de lo racional y lo irracional. Podemos decir que la racionalidad de esa sociedad está en su propia insanía, y que la insanía de la sociedad es racional en la medida en que es eficiente, en la medida que distribuye las mercancías.

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