181-186

Publicado el 26 de diciembre de 2021, 1:39

Pero sobre todo, en aquella ciudad, una de las más antiguas del mundo — anterior en siete años, aseguraban las Escrituras, incluso a la egipcia Tanis, tradicional puente con Asia—, el adolescente Jesús sentía la fascinación del tiempo, que es el camino que al ser remontado lleva al lado de Dios. Él y Juan paseaban por las callejuelas de los cuatro barrios en los que estaba dividida Hebrón y discutían sobre los anaquitas, los gigantes que siglos antes la habían habitado; recordaban su destrucción por Josué, los siete años que David había pasado en ella antes de trasladarse a Jerusalén, o la muerte de Absalón, que se había rebelado contra su padre, David. Vagaban entre los olivos seculares que asomaban entre las ruinas de los edificios de los gigantes; bajo las murallas construidas por Juan Hircano, fundador de la dinastía de los asmodeos; por las catacumbas en las que se veneraba el sepulcro de un antiguo juez; a lo largo del sendero que llevaba a las tumbas de Rut y del padre de David; en torno al estanque en el que David había arrojado, tras haberles matado, a los dos asesinos del hijo de Saúl; al imponente santuario de piedra que Herodes había hecho construir sobre la cueva de Macpela, porque la Biblia afirma que Abraham había comprado aquel antro para hacer de él la tumba de su familia.
Luego María había decidido que ya podían dejar las colinas semidesérticas de Judea y volver a las de la verde y umbrosa Galilea, a las floridas de la Gaulanitide, a los guijarros de las aguas cristalinas del mar de Galilea, a las alondras y a los halcones, a la pesca copiosa. De nuevo en Gamala, que se iba reconstruyendo, Jesús, ya con quince años, había vuelto a frecuentar las clases del hazzan, el lector de la sinagoga que en las pequeñas ciudades desempeñaba la función de maestro, pero había tomado posesión asimismo de la carpintería que fuera de su padre, porque era costumbre de los pueblos de Israel que también el más culto de los maestros aprendiera un trabajo manual. Había provisto así al mantenimiento de hermanos y hermanas hasta que también ellos, con él, se habían hecho adultos.
Durante largos años, no había visto a Juan ni había sabido nada de él; luego, empezó a extenderse en toda Palestina la fama de un joven asceta judío que vivía en el desierto al norte del Mar Muerto, a uno y otro lado del Jordán, un joven que clamaba a las multitudes que se acercaran a él. Un nazareo que, vestido con burdas pieles de camello, se dejaba los cabellos sin cuidar y se alimentaba de miel y langostas, y ofrecía a todos los judíos, fueran de la clase social que fueran, la purificación en las aguas del río para estar seguros, en el ya inminente juicio Final, de obtener el perdón divino. Un esenio que enseñaba a sus
discípulos una doctrina severa, pero que se volvía incluso violento cuando predicaba contra los ricos sacerdotes saduceos, contra los escribas puntillosos, contra los fariseos hipócritas, pero sobre todo contra el vergonzoso Herodes Antipas, que había repudiado a su primera mujer para casarse con Herodíades, sobrina suya y por añadidura mujer divorciada de su hermanastro Herodes Filipo.

En el silencio del desierto y de la noche, le pareció a Jesús volver a oír la contundencia de aquellos anatemas, y entonces no le cupo ya ninguna duda: Juan el Bautista estaba cerca, y los guardias del tetrarca sabían dónde encontrarlo.

Añadir comentario

Comentarios

Todavía no hay comentarios

Crea tu propia página web con Webador