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56-60

Publicado el 27 de diciembre de 2021, 0:39

Salí de la cabaña mientras el sol comenzaba a despuntar detrás del bosque sagrado.
Estaba quitando las últimas motas de polvo a los muebles de la salita redonda cuando, a lo lejos, se elevaron los gritos de Girolamo que pedía ayuda. Un poco después, otro grito. Bajé a la carrera de la torre mientras los monjes acudían corriendo a la salida del castillo: enfrente, unas llamas altísimas se alzaban por encima de una cabaña. El viejo había hecho un buen trabajo. Ayudé a los monjes y aproveché la confusión para escabullirme hasta el segundo piso de la torre sarracena. Me costó mover el enorme mueble lleno de libros, pero logré esconderme detrás. Había una entrada en la pared y, más allá, una estrecha grieta por la que pasaba una corriente de aire. Hube de sudar para colocar de nuevo el mueble en su lugar. Debía permanecer encogido. Parecía la estatua de un santo en una pequeña hornacina. En la parte alta del mueble faltaba el panel posterior y, a través de una rendija que quedaba entre los libros, pude contemplar casi toda la sala. Poco después, los gritos y el alboroto que venían de abajo se atenuaron hasta desaparecer.
De pronto, caí en la cuenta del peligro, pero lo desterré de inmediato. ¡Nada de pensar! Había llegado el momento de actuar. No recuerdo cuánto tiempo pasó. Probablemente estábamos entre la hora tercia y la sexta. Había adoptado una postura muy incómoda, pero al menos el bochorno podía soportarse. La toba con la que se había construido la torre sarracena conseguía menguar casi todo el calor de julio.
Reconocí la voz grave y profunda del abad Rainiero. Al poco, oí otras dos. Una, potente y cavernosa; la otra, menos fuerte, aunque sonora y aguda. Cuando se sentaron, quedaron casi de frente al mueble en el que me había escondido. La luz que entraba por la pequeña ventana era más que suficiente y no encendieron velas. La voz cavernosa pertenecía a un hombre alto, de complexión robusta y cabellos rojizos, que hablaba mientras gesticulaba continuamente. Movía los ojos con nerviosismo. Daba la impresión de ser un hombre apasionado, fuerte, sin incertidumbres. A la izquierda de su boca, había una cicatriz grande, casi una cruz. Era el ministro general de la orden cisterciense. El abad de Cîteaux, Arnauld Amaury.
La voz aguda pertenecía a Inocencio III. De pequeña estatura, todo su cuerpo irradiaba orden y limpieza. Las manos blancas, sobre las que destacaba el rojo de un anillo enorme; la nariz, afilada y larga; las orejas, grandes; los labios, encamados y muy finos. Y los ojos, claros. Los ojos que ya había visto en sueños. Sin emoción. Fríos.
Sobre la mesa ante la que se hallaban sentados había un cesto lleno de fruta.
Estaban hablando del viaje. Después Arnauld felicitó al abad Rainiero por el espléndido lugar y el buen aire que se respiraba en Nemi. Bromeó con la idea de que le cambiaría gustoso el puesto, pero el abad Rainiero, con una expresión de espanto en su rostro rollizo y los ojos lacrimosos, respondió que no habría sido ni digno ni capaz de dirigir seiscientas abadías. Entretanto, el papa comía una naranja. A continuación, inquirió a Arnauld por la reciente muerte del legado Raúl. Arnauld contó brevemente lo ocurrido. Luego éste preguntó al pontífice por la vida en Roma y, cuando éste comenzó a responder, pensé que me había arriesgado para nada.
—Mi fiel Arnauld —dijo el papa mientras tomaba otra naranja—, el pueblo romano es el más difícil de cuantos conocemos. Al cabo de tantos siglos, no se resigna a la pérdida del imperio. Sus gentes son tremendamente ociosas y vanidosas, cuando no orgullosas. No hacen más que pedir panem et circenses, sin embargo, el pan ya de por sí les tendría que bastar. Con todo, no son más que ocho mil almas desdichadas. Por desgracia, mientras toda la cristiandad comienza a arrodillarse ante nuestra humilde persona como vicario de Cristo en la tierra, ellos a menudo siguen a hombres a nosotros hostiles, como el pariente rebelde de nuestro abad Rainiero Capocci aquí presente, ¡el Giovanni Capocci que está dando un dedo de la mano por injuriar a nuestra persona y diciendo que nuestra boca es de Dios mientras que nuestras obras son del diablo! Pero todo esto nos lleva a pensar en el insondable designio del Creador, que ha hecho nacer en una misma planta un fruto bueno y otro malo. ¿No es cierto, hermano Rainiero? Y así, mientras uno es devorado por la soberbia y nos combate, el otro, acepta humildemente la mayor de las cargas: escuchar la confesión del vicario de aquel cuyo reino no conoce límites —acabó de pelar el fruto y comenzó a desgajarlo lentamente—. Mi fiel Arnauld, justo cuando el pueblo romano nos concede una breve tregua, nos vemos asaltados por una gran variedad y cantidad de asuntos. Debemos pensar en el remedio para que la religión no decaiga, desde Islandia hasta las orillas del Éufrates y de Palestina hasta el reino de Escandinavia. Debemos enviar emisarios para lograr la paz entre los contendientes, expresar nuestro parecer sobre mil y un problemas, hacer justicia con los oprimidos, satisfacer las necesidades de templos y monasterios, y todo ello sin olvidar nunca que Tierra Santa no ha sido liberada y que debemos contribuir a la ayuda para los ejércitos cruzados. Asimismo, debemos afrontar varios procesos y a veces estamos tan sumidos en tales asuntos, que creemos que no conseguiremos cumplir con nuestro cometido. Apenas tenemos tiempo para respirar y, aun así, disponemos de algún instante para pensar en los asuntos del cielo. El deber nos impele a vivir por los demás, a dar consejo, asistencia y juicio, hablar al vulgo y al rey, proteger, reconciliar, avisar y castigar, de ahí que nos hayamos convertido en unos extraños para nosotros mismos. En estos tiempos de corrupción soportamos una carga tal, que el mero hecho de tener a nuestro lado vuestra Orden nos consuela y nos hace esperar que podamos absolver nuestro apostólico ministerio para el triunfo de Dios y la conservación y el engrandecimiento de Su reino.
Terminó de comer la naranja y, tras volverse hacia el abad Rainiero, lo invitó a que refiriese sus impresiones sobre la herejía en Provenza y, sobre todo, en la región de Tolosa.
—Santo Padre, mucho os he contado ya en Viterbo, mas quiero completar ahora mi exposición con la esperanza de aportar también mi indigna contribución. Santidad, os lo aseguro: luchar contra el demonio es una tarea gravosa y no sólo para el alma, sino también para la carne. Hay que caminar siempre, detenerse, predicar, luchar, arrancar las almas condenadas a Satanás, resistir sus asechanzas y falsedades, proseguir… Deteniéndose para predicar una y otra vez. La herejía está tan difundida, Santidad, que a pesar de estar asistidos por la gracia de Dios, el recelo brota por doquier. Gran parte del pueblo se ha hundido en las nieblas de la herejía y se ha contagiado de la peste del alma, que sólo Dios puede curar. Las almas condenadas que, en el colmo de la soberbia, no hacen más que renovar los antiguos errores bajo mil diversas formas y osan llamarse cátaros, ¡o incluso puros!, no hacen más que afirmar que Deus non fecit visibilia, que el cuerpo y cuanto lo rodea no son más que obra del diablo y que, por lo tanto, no hacen más que maldecir todo, negar el bautismo diciendo que baptismus aquæ nihil valet así como la eucaristía, pues aseveran que hostia sacrata non est corpus Christi, y el matrimonio, del que afirman matrimonium est peccatum, in matrimonium non est salus, est meretricium, y que morti non resurgent porque la resurrección de la carne es mentira. Practican la usura, el robo y la rapiña, y el fruto de estos actos pecaminosos lo reparten con sus hijos. Nunca imploran el socorro de los santos o de la Virgen María. Rechazan la cruz. Jamás dan limosna a nadie. Son avarísimos y éstas y otras cosas poseen en común con los judíos —miró de reojo al hombre de cabellos rojos que lo observaba con socarronería—. Habiendo bebido de la boca de la antigua serpiente el veneno del error y siendo, para ellos, nuestro cuerpo una creación de Satanás y no de Dios, cualquier cosa les está permitida, practican todo tipo de comportamientos licenciosos, como tener relaciones carnales incluso con sus hermanas, madres, hijas o sobrinas. Se realizan siempre durante la noche para consagrar sus pecados a Satanás. Se asfixia a los enfermos con la sacrílega intención de convertirlos en mártires y, como muestra del rechazo a este mundo, practican la endura para morir desangrados. Su mundo está regido por la muerte y la crueldad. Y, junto a todo esto, cabe añadir otros hechos repugnantes: sus superiores, los boni homines, no van nunca solos, sino en pareja, y no se dejan nunca, manteniendo intercambios camales entre ellos. Incurren en otros errores como la bendición y la partición del pan, que practican cada día, repartiéndolo entre todos, incluso a los asesinos, ladrones y libertinos. Pero son tantos y tales los vicios y desviaciones que he pensado en recogerlos todos en un texto y, con vuestro permiso, Santo Padre, me he decidido a compilar esta obra. Nadie sabe si es posible devolverlos a la fe, pero el abad Arnauld es testigo de que el veneno que han bebido es demasiado fuerte y, salvo rarísimas excepciones, nuestra labor de predicadores ha sido vana. Con la amargura en el corazón por haber fracasado en una misión del vicario de Cristo sobre la tierra y con el dolor de no haber reconducido bajo Su atención tantas almas que han querido condenarse, he de poneros en guardia de otro peligro. Los cátaros no enseñan sólo muerte y crueldad. También predican vuestro fin, Santidad. Dicen que san Pedro nunca fue papa de Roma, predican que la misa es una invención nuestra y no una institución divina. Afirman, y es gran blasfemia, que el fundador de esta Iglesia no fue Nuestro Señor Jesucristo, sino el papa Silvestre. Perdonadme, Santo Padre, por cuanto voy a decir, pero ellos, las verdaderas criaturas de Satanás, dicen que Vos, Santidad, sois Lucifer y que nuestra Iglesia es indigna del nombre que lleva porque se abandona al lujo y la molicie, que es obra del diablo, cueva de ladrones y meretriz del Apocalipsis. Y quieren abatirla para convertirse en los únicos portadores de la verdad. Perdonadme, Santidad, pero esas almas condenadas no bromean y temo que sean los diablos que el Anticristo ha enviado a la tierra para preparar su camino. No los comparéis con los de Orvieto y de Viterbo: los cátaros de Provenza o del país de Tolosa, o albigenses, como les gusta llamarse, son mucho más peligrosos. Son de otra raza, Santidad. No llevan en la sangre las enseñanzas cristianas que derivan directamente de Pedro. Perdonadme, hermano Arnauld… No os ofendáis por ello. Vos ya no sois provenzal: pertenecéis a otro reino. El más glorioso: ¡la Santa Iglesia!
Mientras oía aquella jeremiada que parecía no terminar nunca, el rostro sombrío del abad Arnauld Amaury mudó su expresión socarrona por otra de fastidio. El papa, que había seguido la invectiva con atención, sin mover una ceja, miraba fijamente los ojos negros del abad Rainiero, como si quisiera leer en ellos. No respondió de inmediato. Al cabo de unos instantes, con voz débil, aunque muy clara, replicó:
—Rainiero, nada hemos de perdonaros: vuestra relación ha sido precisa y exhaustiva. Proseguid vuestra labor a nuestro lado, pues el mundo es grande y todos los pueblos necesitan de nuestra guía. Aunque el hermano Raoul nos ha dejado, que Dios lo tenga en Su gloria, en Provenza contamos aún con el hermano Pierre de Castelnau y el hermano Arnauld, aquí presente. Veréis cómo Dios nos iluminará para confundir al Mal. Por otra parte, debemos seguir sus designios. Así como el pájaro ha nacido para volar, el hombre lo ha hecho para sufrir y, al mismo tiempo, combatir el Mal y el poder de las tinieblas. Hermano Rainiero, ahora deseamos suplicarle tres cosas. Nadie tiene conocimiento de nuestra venida ni del fiel Arnauld aquí, en Nemi. Todos creen que me encuentro en Montefiascone. Y nadie sabe de la visita del hermano Arnauld en Viterbo ni en Orvieto. El apoyo de la orden cisterciense es indispensable para sostener el peso del ministerio pastoral y este encuentro debe permanecer en secreto. Por eso os rogamos, y a vos también, hermano Arnauld, de no tomar ninguna nota. Considerémonos afortunados por no tener entre nosotros a ningún abad de Andrés, ¡pues habría anotado cuántas naranjas habríamos engullido durante nuestro discurso! Finalmente, desearía rogaros que me dejaseis a solas con el hermano Arnauld.


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